Javier tiene 8 años. Su mamá se fue a Perú. Su papá, a Argentina. Él se quedó al cuidado de su abuela en Caracas.
Javier tiene 8 años. Su mamá se fue a Perú. Su papá, a Argentina. Él se quedó al cuidado de su abuela en Caracas.

Natalia tiene 7 años, vive en Caracas y estudia primer grado. Cuando sea grande quiere ser doctora, quiere curar a los niños que se enferman de hambre en su barrio. "Mi hermanito se enfermó porque no tenía tetero, mi mamá trabaja, pero no le alcanza para comprar leche", dice con mucha madurez, por eso quiere estudiar medicina, para curar el hambre que pasan los más chiquitos que no van a la escuela.

La mamá de Natalia es secretaria en un ministerio. Se levanta a las cuatro de la madrugada para cocinar -lo que tiene- y dejar todo listo para sus hijos. Ella sale de casa a las cinco y treinta de la mañana y camina más de dos kilómetros cerro abajo para tomar un transporte que la lleve a su trabajo. Desde que ella sale, la pequeña niña queda a cargo de su hermano de un año, hasta que a las siete una vecina llega para cuidarlo el resto del día.

En la escuela, Natalia desayuna, merienda y almuerza. El colegio consigue alimentos para los alumnos y profesores gracias a las donaciones que hacen algunas empresas privadas y algunos representantes que se fueron del país y envían dólares. "La comida es la mayor motivación, es la única forma que encontramos para detener la deserción escolar", dice la directora del plantel, una mujer bajita, de unos cincuenta años. "Te pido, por favor, que no pongas nuestros nombres ni el del colegio, no quiero que por contar esta realidad nos vayan a acusar de conspiradores". Me advierte y se ríe.

La comida es la mayor motivación, es la única forma que encontramos para detener la deserción escolar

En la escuela, el 60% de los alumnos ya no viven con papá y mamá, alguno se fue. "Mi mami está en Perú", dice un niño a quién le pregunté por sus papás. Ahora me cuida mi abuelita. Otros niños señalan el mapa que las maestras pegaron en la pared y le pusieron un corazón a Colombia, a Chile, a Ecuador, a la Argentina, a España, a Perú, a Panamá y a otros lugares en los que están algunos representantes de los chamos.

Según el Centro Comunitario de Aprendizaje (Cecodap), más de 800 mil infantes vieron a sus padres partir -al menos a uno-. Son niños y niñas que ahora viven al cuidado de un tercero. Se trata de una de las consecuencias más dramáticas de la Crisis Humanitaria Compleja por la que atraviesa Venezuela.

El Coordinador de Cecodap, Carlos Trapani aseguró esta última semana que, según los datos recabados, solo en la red Fe y Alegría, hasta marzo más de ocho mil niños o adolescentes de sus escuelas habían sido dejados. La cifra nacional supera los 800 mil en otros colegios consultados.

Niños dejados atrás

Esta categoría salió a la luz en 2018, después que la organización Fe y Alegría revelara datos recabados en sus 170 escuelas a nivel nacional. Para entonces, 4.444 fue el dato más replicado en los medios libres de Venezuela y el mundo. Era la evidencia de lo innegable. Eran cifras con rostro, con historias. Era el drama de las familias que se separan. Padres que huyen del hambre con la aspiración de conseguir trabajos que les permitan -al menos- alimentar a sus familias con el poco dinero que envían.

En la escuela de Natalia las maestras hacen énfasis en el acompañamiento emocional a los pequeños y sus familias. "La migración no es un abandono", recalca Carlos Trapani. Desde Cecodap crearon un método para abordar la decisión de migrar sin los hijos. La técnica se basa en conversar siempre con la verdad por delante. "Aunque sea durísimo, hay que hablar. Los niños tienen derecho a saber que mamá o papá se van". También se recomienda a los mayores no generar falsas expectativas con el regreso.

Papá: ¿Cuándo vuelves?

Esta es la pregunta más recurrente de Natalia.

Siempre hablo con él, me llama por WhatsApp y lo veo en su trabajo. Él vende franelas de fútbol en una tienda.

Cuando habla de su papi se le ilumina el rostro. Es su héroe.

Una abuela camina por las calles de Caracas tras recoger en la escuela a sus nietos que quedaron a su cuidado tras el exilio de sus padres
Una abuela camina por las calles de Caracas tras recoger en la escuela a sus nietos que quedaron a su cuidado tras el exilio de sus padres

Natalia tiene claro que Óscar -su papá-, todavía no va a regresar. Hace 11 meses se fue. Primero a Colombia, luego a Ecuador y recién, por fin consiguió un trabajo en Lima. Cada semana envía dinero para los gastos de su esposa y los niños.

La situación estaba muy difícil, cuando nació el bebé tomó la decisión de irse. Aquí se hubiesen muerto de hambre.

Gloria, la maestra de Natalia, sabe muy bien la historia porque además es su tía. Es la cuñada de Óscar. Sigue de maestra porque -aunque no le alcanza el sueldo-, "es la forma que tengo de ayudar en la comunidad", casi todas las maestras se fueron del país, quedamos 11 y éramos más de 20.

A Gloria la ayudan sus hijos. Tiene dos y también se fueron del país, uno es ingeniero y el otro aprendió a arreglar electrodomésticos. Los dos se fueron hace más de un año y trabajan en Medellín, Colombia. Con la plata que le mandan compra comida y ayuda a sus vecinos que están pasando penurias.

Inhumano

En Venezuela la crisis se mide de múltiples formas: la caída de los precios petroleros, la baja de la explotación de crudo a menos de la mitad el último año, los asesinatos en las manifestaciones políticas, las denuncias de tortura o la hiperinflación que devora los salarios. Pero también se puede medir en niños dejados atrás. Esta categoría desnuda la negación de la diáspora, deja en evidencia a los que aseguran que los venezolanos no huyen en masas por la frontera.

Según Naciones Unidas, más de 4 millones de venezolanos se fueron desde 2015. De esa cantidad, al menos 800 mil niños se quedaron bajo la custodia de otros (familiares o amigos). Cada hombre que cruza la frontera se enfrenta a la angustia por los que se quedaron y la incertidumbre por el futuro inminente. Las mujeres que se atreven a migrar sin los hijos, además, se enfrentan al señalamiento colectivo de "inhumana" por "abandonar" a sus hijos.

Muchas escuelas se quedan sin maestros y los padres tiene que remplazarlos (Lihue Althabe)
Muchas escuelas se quedan sin maestros y los padres tiene que remplazarlos (Lihue Althabe)

En las últimas semanas, las organizaciones que trabajan con la niñez han hecho esfuerzos sobre humanos por cuantificar los datos que deja el año escolar recién finalizado. El calendario escolar se redujo a menos de 60% por todas las paralizaciones ordenadas por el gobierno de Nicolás Maduro. Los apagones causaron el caos en los últimos cincos meses. La diáspora aumentó y solo en las escuelas del municipio Libertador, en Caracas, más de 800 niños fueron dejados por sus padres. La directora del programa Escuela de Fe y Alegría, Yameli Martínez, declaró que todavía están cerrando las estadísticas, pero el incremento de familias separadas es considerable.

Unicef, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, desarrolló un plan de orientación para las familias que migran. Intentan ofrecer información y acompañar el proceso de los que se quedan y los que se van, para hacer lo más seguro posible el fenómeno para los niños y las niñas.

Los más vulnerables

En medio del fuego cruzado de la política, los más indefensos son los infantes. Todos deciden por ellos y al final deben cargar con la cruz de las consecuencias. Según Cáritas de Venezuela, el drama de la desnutrición aumenta conforme pasan los meses. El 30% de los niños menores de cinco años sufre desnutrición grave. Según el informe de la organización, la niñez venezolana está condenada a no crecer. El informe del mes de junio revela que más de 30 niños evaluados están entrando a la etapa escolar "con retardo de su crecimiento físico y el rezago cognitivo". La desnutrición crónica aumentó 100% en 14 estados del país durante el último año.

La desnutrición está asociada a la migración y a los niños que quedaron si sus padres, porque el mayor impulso de un padre o una madre a irse no es otro que el bienestar de sus hijos. Los testimonios de quienes se van apuntan a la necesidad de garantizar el pan a los más pequeños de la casa.

El salario que este mes ganó la mamá de Natalia en la administración pública fue de 78 mil bolívares soberanos, el equivalente a 6,5 dólares americanos. Según las Naciones Unidas, su nivel de ingreso es inferior al umbral de la miseria.

Despedidas

En el colegio de Natalia hoy hay fiesta, los niños están ansiosos, quieren torta y refresco. También hay un payaso que canta y los hace reír a carcajadas.

Esta fiesta es por los cumpleañeros del mes. Me aclara la maestra.

También es la fiesta para despedir a Natalia, su papá ya les mandó los pasajes y ahora en agosto se van todos a Perú. Dice entre lágrimas.

Nos vamos a quedar solos, todos se van. Y rompe a llorar.

En la fiesta hay abrazos, y lamentos. Natalia sonríe sin sospechar que no volverá a su escuela. No sabe que su sueño de ser doctora -por ahora- no lo va a cumplir en su país, Venezuela. Le esperan emociones fuertes, le espera un nuevo mundo por descubrir.

Niños que quedan sin sus padres son más que una categoría estadística. Son sueños rotos, familias desmembradas por el colapso de un modelo político y económico que sigue exterminando la ilusión de los más débiles. Hoy son los niños, pero también pudiéramos hablar de los viejos, los abuelos dejados atrás. Se los cuento luego. Por ahora, me quedo con las cifras y la carita inocente de los niños que tienen que convivir con la esperanza de volver a abrazar a sus papás con la certeza de que nada los volverá a separar.