Un primer espectáculo en vivo sorprendente, en la ciudad natal de la que alguna vez hui

De regreso a Honduras por primera vez en una década, un crítico encuentra esperanzas en el fermento cultural de una ciudad, incluida una enérgica compañía de teatro

Jean Navarro, izquierda, y María Antonia Pacheco en la producción de la Casa del Teatro Memorias de “La ciudad oscura”, una obra en español adaptada para una audiencia de Honduras.
(Ezequiel Sánchez)
Jean Navarro, izquierda, y María Antonia Pacheco en la producción de la Casa del Teatro Memorias de “La ciudad oscura”, una obra en español adaptada para una audiencia de Honduras. (Ezequiel Sánchez)

El 12 de marzo de 2020, fui a ver una película por la tarde. Me impresionó la sensación de pesar que había en el centro de la ciudad; la gente se veía menos determinada, más asustada. Había filas interminables dentro de las farmacias, y en la sala IMAX con capacidad para más de 4000 personas, solo estaba yo y otro desconocido que entró durante los cortos antes de la función.

Estaba haciendo tiempo para ir más tarde a ver una obra fuera del circuito de Broadway. Aún debía hacer mi trabajo, como crítico, y tenía la esperanza ilusoria de que la ciudad de Nueva York de alguna manera se salvaría de la llegada del virus. Como a la mitad de “Unidos”, vibró mi Apple Watch, y leí el anuncio de que Broadway había cerrado. Salí de la sala, me abastecí de suficiente jarabe para la tos y papas como para un siglo y no salí de mi apartamento en Brooklyn ni una sola vez durante las siguientes seis semanas.

Hasta la fecha no sé cómo acaba “Unidos”.

Unos 3200 kilómetros al sur de Nueva York, en mi ciudad natal, Tegucigalpa, Honduras, la realidad de la pandemia también se materializó para los miembros de la Casa del Teatro Memorias. La compañía de teatro local abrió sus puertas en 2013 para saciar a una audiencia ávida de cultura que habita una ciudad donde, debido a la delincuencia, se te advierte que no puedes salir cuando se mete el sol.

Esa noche, estaban celebrando el estreno de “Sueño de una noche de verano”, su producción más ambiciosa hasta el momento. Con el repentino anuncio del cierre de emergencia, las festividades se tornaron fúnebres.

”Estuvimos de luto durante semanas”, me dijo hace poco el actor Gabriel Ochoa, quien interpretaba a Puck. Su sonrisa traviesa se volvió un ceño fruncido cuando me mostró dos fotografías que se tomaron en esa única función, fue todo lo que quedó de su producción de ensueño.

De izquierda a derecha: los actores Gabriel Ochoa, Inma López y Jean Navarro frente a la Casa de Teatro Memorias en Tegucigalpa, Honduras.
(Jose Solís)
De izquierda a derecha: los actores Gabriel Ochoa, Inma López y Jean Navarro frente a la Casa de Teatro Memorias en Tegucigalpa, Honduras. (Jose Solís)

Sin embargo, mi charla con Ochoa tuvo tintes de optimismo. Nos reunimos en un ensayo para la próxima producción de la compañía, la segunda que se montará en persona desde que el teatro reanudó sus actividades en marzo.

El teatro donde, con muchos grados de asombro, vi mi primer espectáculo en vivo después de 409 días.

<u><b>Solitario y temeroso</b></u>

Durante el confinamiento, aprendí a adaptarme a las puestas en escena digitales, a las llamadas continuas de Zoom y a la soledad. Había pasado de ver obras en horario nocturno y de matiné a inventar voces diferentes para todas las plantas que había comprado. El repartidor de UPS que entregaba mis paquetes (¡hola, José!) se convirtió en la presencia física más constante de mi vida, mi mejor amigo en la cuarentena.

Cuando la soledad se volvió demasiado intolerable, me di cuenta de que debía regresar a casa. No había visto a mis padres en nueve años, mis hermanos pequeños ya eran más altos que yo, y no conocía a los perros de mi mamá. Solo necesitaba que me cuidaran.

Las ventajas de regresar a la ciudad de donde me había ido siendo un adolescente “queer”, y a donde había temido volver como un adulto abiertamente gay, superaban las desventajas. La vida en cuarentena no sería tan distinta, salvo que allá estaría rodeado de personas que amo.

Después de que me pusieron la segunda vacuna a finales de marzo, empecé un proceso de migración al reverso: me había ido de casa para sobrevivir, y la necesidad de mantenerme con vida me había traído de vuelta.

Una tarde poco después de mi cumpleaños, mi mamá me preguntó si quería ir al teatro. ¿Cómo supo qué había deseado cuando apagué las velitas de mi pastel?

Pero más importante que eso: ¿hay teatro en mi ciudad natal?

”Muchas cosas han cambiado desde que te fuiste”, dijo Inma López, productora y miembro de la compañía de Memorias. Ella y su esposo, el director artístico Tito Ochoa (el tío de Gabriel), se conocieron en Colombia y se mudaron a Tegucigalpa, la tierra de Ochoa, en 2007, donde trabajaron para montar lo que se ha convertido en el teatro más dinámico de la ciudad capitalina.

Al encontrarse con un panorama carente de un suministro fijo de eventos culturales, se establecieron en el histórico barrio La Plazuela, en un espacio que antes había albergado un gimnasio, una iglesia evangélica y un dojo.

A un ritmo continuo, la Casa del Teatro Memorias fue adquiriendo relevancia entre grupos diversos de la ciudad. El teatro en Tegucigalpa pasó del didacticismo de las obras políticas que hacían giras por las universidades y preparatorias en los años ochenta a convertirse en una parte esencial de la vida urbana. “Jamás pensé que esto podía existir en mi ciudad natal”, explicó el actor Jean Navarro.

Como muchas otras empresas que enfrentaron dificultades en todo el mundo, Memorias se convirtió en una plataforma de emisión en continuo durante la pandemia y en marzo logró reanudar sus presentaciones en persona. Con estrictos protocolos de seguridad por la COVID-19 y una capacidad reducida de 150 a 30 asientos con distanciamiento social, la compañía estrenó la adaptación de Tito Ochoa de “La ciudad oscura”, del dramaturgo español Antonio Rojano.

La obra, inspirada en la película de 1998 de Alex Proyas “Ciudad en tinieblas”, explora la amnesia colectiva como secuela del régimen de Franco. Para la adaptación hondureña, Ochoa tuvo mucho material de donde inspirarse: tres golpes de Estado y dictaduras militares desde 1963, la más reciente en 2009.Las violaciones a los derechos humanos y los asesinatos de personas LGBTQI en el país hicieron que mis padres me pidieran que no regresara a casa tras terminar la universidad en Costa Rica, pues temían por mi vida.

<u><b>Fascinado y agradecido</b></u>

El 25 de abril, emprendí el trayecto de 15 minutos a pie de la casa de mi mamá al teatro. Pasé por las iglesias de la época colonial que habían despertado mi imaginación de niño. Varias tiendas emblemáticas que me encantaban habían desaparecido, remplazadas por restaurantes de comida rápida y estacionamientos.

Sin embargo, una pequeña fila se estaba formando afuera del teatro. Avanzamos con paciencia mientras nos tomaban la temperatura y nos ponían desinfectante en las manos. Media hora después, la provocadora producción de “La Ciudad Oscura” comenzó.

De izquierda a derecha, Marey Álvarez, Jean Navarro y Gabriel Ochoa en “La Ciudad Oscura”, adaptación de una obra de teatro de Antonio Rojano, inspirada en la película de 1998 “Ciudad Oscura”.
(Ezequiel Sánchez)
De izquierda a derecha, Marey Álvarez, Jean Navarro y Gabriel Ochoa en “La Ciudad Oscura”, adaptación de una obra de teatro de Antonio Rojano, inspirada en la película de 1998 “Ciudad Oscura”. (Ezequiel Sánchez)

El elenco de la Casa del Teatro Memorias me cautivó durante casi tres horas. Los actores manejaron los cambios de tono de la obra, de lo absurdo a lo aterrador, con una pericia absoluta, pues nos hicieron reír, gritar y contener el aliento al unísono. Como amante de los musicales clásicos, me sentí tan agradecido como Judy Garland en “La rueda de la fortuna”, y fascinado por la belleza que existía en el lugar donde crecí.

”Es un recordatorio de la resiliencia del teatro”, dijo Tito Ochoa cuando me reuní con él unos días después. “Es una forma de arte que no se puede censurar ni destruir. Siempre será un espejo de su tiempo”.

Esta vez fue un reflejo de dónde estaba yo: en mi hogar.

(c) The New York Times

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