Él era mi repartidor

BC-MODERN-LOVE-UPS-MAN-ART-NYTSF — No caption. (Brian Rea/The New York Times) — FOR USE ONLY WITH MODERN LOVE STORY BC-MODERN-LOVE-UPS-MAN-ART-NYTSF  FOR APRIL 30, 2021. ALL OTHER USE PROHIBITED.
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Especial para Infobae de The New York Times.

CÓMO MI REPARTIDOR DE UPS PASÓ DE SER UNA MOLESTIA A UN SALVAVIDAS EMOCIONAL.

Durante el primer año de nuestra relación, no sabía cómo se llamaba y no me gustaban sus interrupciones. Me molestaban los golpes inesperados en mi ventana, que eran necesarios para llamar mi atención porque en mi departamento no había timbre.

A pesar de mi fastidio, en secreto lo llamé Kris, por Kris Kringle, porque era una especie de Papá Noel moderno. Con su pelo blanco y su aire de abuelo, me traía regalos y trataba de difundir alegría. Solo que su uniforme era marrón de UPS, no rojo de Papá Noel, y yo misma había encargado y pagado los regalos.

Nuestra relación comenzó hace casi dos años y medio, cuando me mudé a un pequeño departamento de planta baja al norte de Boston. Mi novio y yo aún no estábamos preparados para irnos a vivir juntos, así que era un paso intermedio, un lugar para dormir cuando yo no estaba en la oficina o socializando. Y casi siempre estaba en la oficina o socializando.

Los pocos días que estaba en casa, el hombre de UPS, al ver mi coche en la entrada, llamaba a la puerta hasta que me acercaba de mala gana a recoger mi paquete. Odiaba las conversaciones triviales, pero con él me esforzaba, con charlas del clima o de Tom Brady, temas infalibles para crear camaradería en Boston.

Le pregunté a mi novio, algo misántropo, si era raro que pasara tanto tiempo con el mensajero de UPS. Dijo que era raro, posiblemente peligroso, y me instó a ignorarlo si volvía a tocar, lo que debía ser un consejo fácil de seguir. Kris me recordaba a mi padre, que también había pasado sus días de trabajo solo en un camión (en su caso, repartiendo aceite para calefacción a domicilio) y a quien le encantaba charlar con sus clientes, así que seguí abriendo la puerta.

Sin embargo, todo eso era antes. Antes de que mi novio y yo rompiéramos. Antes de que Tom Brady se mudara a Florida. Y antes de que la COVID lo cambiara todo, incluido lo que sentía por Kris, el empleado de UPS.

Atrapada en mi estudio, ansiaba conversación y compañía. Los días pasaban sin ningún contacto humano. Mi vecino de arriba se enfermó y fue al hospital. Veía cómo la gente que estaba fuera de mi ventana se colaba en la iglesia cerrada para rezar. Todo mi mundo se había vuelto pequeño, solitario y apocalíptico. Y lejos de temer la llegada de Kris, me convertí en una versión pandémica del perro de Pavlov, que salivaba cuando lo oía.

Bueno, no salivaba exactamente. Pero sí esperaba con ansias sus visitas y entregas, que eran abundantes. Desde equipos para hacer ejercicio hasta monos de estampado desteñido y material de repostería, él traía el sinfín de cosas que yo había pedido, y luego se quedaba a interactuar conmigo un rato.

Mientras él estaba de pie en el borde del porche, con cubrebocas, y yo me encontraba en mi puerta, hablábamos de la actualidad (la volatilidad del mercado del papel higiénico), de la cultura pop (a los dos nos encantaba Baby Yoda) y de los detalles de nuestros pasatiempos de confinamiento (él se había dedicado a la jardinería mientras yo aprendía a tocar la flauta dulce).

Una tarde gris, se entretuvo durante una charla especialmente larga, en la que compartió detalles sobre sus nuevos limoneros. Después de guiarme por todo el proceso de trasplante, dijo: “Bueno, espero que esto haya servido de algo”.

Fue entonces cuando me di cuenta de que nuestras conversaciones de cinco minutos eran un salvavidas, y que posiblemente estaba haciendo lo mismo por los demás, a pesar de estar más ocupado que nunca.

En los días que no había entregas, trabajaba sin interrupción en el pequeño escritorio que había montado frente a la ventana de mi casa. Entre las sesiones de planificación estratégica en Zoom, observaba el tráfico exterior, buscando su camión marrón que entraba en mi estrecha calle de un solo sentido.

A pesar de las advertencias de mi ex, no había nada de espeluznante ni de coqueto en sus insinuaciones. Kris me hablaba de sus rutas y barrios favoritos, de cómo le gustaban las calles arboladas pero odiaba las colinas y estaba obsesionado con “La guerra de las galaxias”.

Incluso supe su verdadero nombre de pila: Dave. Tenía esposa y dos hijos, por los que se preocupaba siempre. En parte terapeuta y en parte ángel de la guarda, también se ocupaba de mi salud mental (“¿Ya estás perdiendo la cabeza?”), de mi trabajo (“¿Cuántas reuniones por Zoom tienes hoy?”) y de mis distracciones (“¿Alguna afición nueva?”).

Un día soleado de principios de junio, señaló el paquete que había colocado en el porche y dijo: “Eso parece pesado. ¿Nuevo equipo de entrenamiento?”.

“No”, dije. “Es solo un estúpido sartén”.

Para entonces, me conocía lo suficiente como para no encogerse de hombros. “¿Por qué siento que tienes algo que contar?”.

No le había contado a nadie la vergonzosa verdad de los sartenes, pero a él le confesé todo. “Hace más de una década, mi madre encontró una magnífica batería de cocina nueva en oferta en Macy’s”, relaté. “La guardaba para regalármela cuando fuera a casarme. La guardaba para mí o para cuando se casara mi hermana, lo que ocurriera primero. Como eso no le pasaba aún a ninguna de las dos, los sartenes estaban en el sótano de mi madre, burlándose de mí cada vez que bajaba allí. Así que el mes pasado, finalmente me los llevé”.

Mi madre no me había dicho que los tomara, no porque pensara que no me lo merecía, sino porque al hacerlo sentía que estaba tirando la toalla tanto conmigo como con mi hermana.

“Sinceramente, no estoy segura de por qué los tomé”, dije. “Pensé que me sentiría empoderada, pero solo me siento triste”. Miré al suelo mientras mis ojos se llenaban de lágrimas. Parpadeando, dije: “De todos modos, para usar en su lugar, compré un sartén no tóxico y excesivamente caro que vi en Instagram, y tú acabas de entregármelo”.

Dave se quedó callado un momento, como si estuviera resolviendo un complicado problema matemático. “La otra noche soñé que se acababa el mundo, pero sobreviví. Sé que es una barbaridad teniendo en cuenta lo que está pasando, pero no fue triste, porque mi familia también sobrevivió”, relató. Se encogió de hombros detrás de su cubrebocas. “Me pregunto: Si todo desapareciera, excepto tú, tu familia, tu casa, ¿tendrían esos sartenes el mismo significado?”.

Sacudí la cabeza. “Probablemente no”.

“Estás exactamente donde debes estar”, dijo. “Yo lo creo. Y espero que algún día tú también lo hagas”.

Un caluroso día de julio, Dave llamó a la puerta con un paquete y, cuando contesté, me dijo que UPS iba a cambiar su ruta. Se me encogió el corazón cuando nos pusimos en nuestros lugares habituales, él apoyado en la barandilla y yo en el umbral de la puerta.

Me daba vergüenza admitir lo mucho que había llegado a depender de sus visitas. Aparte de algunas reuniones al aire libre con amigos y familiares, había estado completamente sola. A veces incluso terminaba de manera abrupta las reuniones de Zoom cuando él llegaba, para cambiar con gusto las pantallas y los mensajes de Slack por el contacto humano real.

“Me emociona el cambio, pero voy a echar de menos a mis conocidos”, dijo.

“Felicidades”. No sabía qué más decir. ¿Cómo se le agradece a una persona que te haya salvado de la locura?

Rompió el silencio con una pregunta típica de Dave: “Cuando viajar sea seguro, ¿a dónde irás primero?”

“A Italia”, dije. Siempre era Italia. Como no sabía cómo despedirme de Dave, en su lugar balbuceé algo sobre el pequeño pueblo de Puglia donde había nacido mi madre.

“Debe ser bonito saber de dónde vienes”, agregó.

“Lo es. Ojalá me ayudara a saber a dónde voy”.

Asintió con la cabeza, pero entre su cubrebocas y sus lentes de sol, era difícil saber lo que estaba pensando. “Solía preguntarme qué estaba haciendo con mi vida”, me dijo. “Mi trabajo, este trabajo, me parecía tan... pequeño”.

“¿Qué ha cambiado?”.

“Nada, aparte de mi actitud”, dijo. “Me di cuenta de que estaba entregando a la gente cosas que necesitaban, cosas que les daban alegría. Incluso antes de la pandemia, decidí que era importante”.

No pude ver su sonrisa a través de su cubrebocas, pero la percibí. “Qué sabio eres, padawan”, dije. “Y tan importante”.

Al oír eso, Dave se quitó el cubrebocas y esbozó una sonrisa, y me ofreció el codo antes de darse la vuelta para marcharse: toda mi gratitud y mi afecto se redujeron a una despedida con el codo. Le debía mucho más.

Eso fue hace muchos meses. Todavía no he hablado con el nuevo; va y viene como fantasma, entregando mis paquetes sin llamar a la puerta.

Sigo echando de menos a mi amigo. Si viera a Dave mañana, le diría que me estoy aprendiendo el tema de “Titanic” con mi flauta dulce, que estoy planeando un viaje a Italia con mi hermana y que me acaban de poner mi primera dosis de la vacuna. Le preguntaría cómo les va a él y a su familia, y si el limonero dio frutos. Más que nada, le pediría su dirección para poder entregarle algo esta vez, un regalo de mi agradecimiento.