Una semana de venganza kármica en las eliminatorias europeas para la Copa del Mundo

Especial para Infobae de The New York Times.

(On Soccer)

Hace algunos días, cuando Inglaterra amenazaba con subir su puntuación contra San Marino en un partido clasificatorio para la Copa del Mundo, el gran delantero convertido en experto comentarista Gary Lineker sugirió que llegó el momento de admitir que estas asimetrías —que caracterizan a un sector importante del fútbol internacional— no beneficiaban ni interesaban a nadie.

En cambio, aseguró, quizás sería mejor para algunas de las naciones pequeñas de Europa participar en un torneo preclasificatorio, en el que tengan que jugar entre ellos para ganarse el derecho a enfrentar a la élite del continente, y a Inglaterra. La reacción —¿de verdad necesito decir esto? Tú sabes cuál fue la reacción, porque siempre es la misma— fue feroz.

Para los detractores de Lineker, aquellos que lo acusaron de tratar de marginar a los no favoritos del fútbol, lo que vino después fue una venganza kármica. Luxemburgo ganó en Irlanda. España necesitó un gol en el último minuto para evitar un empate con Georgia. Letonia empató con Turquía. Y, el mejor de todos, Macedonia del Norte venció a Alemania, la primera derrota de ese país en unas eliminatorias al Mundial de Fútbol en 20 años.

No hace falta decir que todos estos resultados fueron bien recibidos, impresionantes e hilarantes. Pero eso no significa que la idea con la que comulga Lineker —una que ha estado presente por años— deba ser ignorada.

Primero que todo: así es como funciona la clasificación en África, Asia, Norteamérica y Centroamérica. Ayuda a reducir un poco el calendario, algo que es importante en un momento en el que los jugadores se desgastan por todos los compromisos con los equipos que representan. Segundo: el éxito de la Liga de Naciones de la UEFA ha demostrado que los partidos entre equipos de naciones más pequeñas son más competitivos, y por lo tanto, más educativos y entretenidos, que ver a los mismos equipos ser aplastados por los gigantes.

Y tercero: al mismo tiempo que todas estas sorpresas retumbaban por Europa, Inglaterra anotaba cinco goles contra San Marino, los checos marcaron seis goles frente a Estonia y tanto Bélgica como Dinamarca hicieron ocho goles contra Bielorrusia y Moldavia, respectivamente. Peor aún, un equipo dirigido por Frank de Boer anotó siete veces contra Gibraltar. Algunos de los equipos menos vistosos del fútbol son competitivos. Otros no. Si tan solo existiera una forma de seleccionar qué equipos caen en qué categorías.

Rechazando una mala idea

Como suele pasar, había un último obstáculo que superar. La mayoría de los ejecutivos del fútbol europeo esperaban que esta semana se anunciara la aprobación de un plan para una nueva concepción de la Liga de Campeones, tanto de la UEFA, el organizador del evento, como de la Asociación de Clubes Europeos, la fábrica de malas ideas de Andrea Agnelli.

Sin embargo, eso tuvo que ser suspendido cuando varios de los equipos más importantes del continente destrozaron el acuerdo en el último minuto: resulta que en realidad estos también quieren tener la última palabra sobre los derechos comerciales de la competencia. De repente, parece que esta nueva Liga de Campeones podría terminar siendo el menor de los males.

Por primera vez es posible decir, sin temor a haber pasado algo por alto, que la nueva iteración de la Liga de Campeones hará que el torneo sea inconmensurablemente peor.

Sin embargo, no será por las razones que frecuentemente se mencionan. Sí, habrá más encuentros entre las superpotencias del juego y por menor riesgo. Sí, todo está sobredimensionado. Sí, les quitará el oxígeno a las competiciones nacionales. Y sí, aún podría servir para afianzar la desigualdad financiera que es el verdadero enemigo de la salud permanente del juego.

Pero el principal problema es mucho más simple: el rediseño reduce la integridad competitiva de la Liga de Campeones. Básicamente, es inválido elaborar una tabla de clasificación en la que todos los equipos jueguen contra diferentes oponentes. No tiene sentido. Y es muy probable que los fanáticos, que no son tan estúpidos como se piensa, se den cuenta.

La sacudida de Haaland

Ya hemos pasado por esto. El jueves, se supo que Mino Raiola y Alfie Haaland —respectivamente el agente y el padre de Erling Haaland, el cíborg del gol— estaban en Cataluña para reunirse con Joan Laporta, el presidente recién nombrado del Barcelona. Al parecer, la carrera por el jugador más popular del fútbol europeo está en marcha.

Es una jugada sacada directamente del libro de tácticas que a fin de cuentas, hace unos 15 meses, llevó al joven Haaland al Borussia Dortmund, su actual hogar. Es de suponer que en poco tiempo Raiola y el padre de Haaland también aparezcan en Madrid. Es casi seguro que después de eso hagan escala en Londres: Chelsea tiene esperanzas de fichar a Haaland, que ahora tiene 20 años. Quizás necesiten dos días en Manchester; no querrán apresurar a ninguno de los dos clubes de esa ciudad.

El hecho de que estén haciendo sus diligencias para el próximo hogar de su cliente e hijo no es ninguna sorpresa. Más llamativo es el hecho de que sienten que las esperanzas del Barcelona de fichar a Haaland son válidas, dado que Dortmund ha dejado claro que no lo venderá por menos de 150 millones de dólares, y porque Barcelona tiene actualmente una deuda aproximada de mil millones de dólares.

Evidentemente, Laporta siente que puede concretar un acuerdo. Quizás haya alguna manera de mover el dinero lo suficiente como para que Barcelona siga siendo un candidato viable. El atractivo es obvio: fichar a Haaland convertiría, casi de golpe, al Barcelona en un equipo importante de nuevo. Pero esto también es un problema: después de todo lo que ha pasado ese club, ¿realmente sería una buena idea?