Cómo la pandemia ha hecho que la clase creativa se sienta libre

People walk along Rockefeller Park in New York on March 26th, 2021, amid the coronavirus pandemic. Hardcore business travelers have no intention of going back to the old ways and workers who cater to their needs don’t have as many choices. (Benjamin Norman/The New York Times)
People walk along Rockefeller Park in New York on March 26th, 2021, amid the coronavirus pandemic. Hardcore business travelers have no intention of going back to the old ways and workers who cater to their needs don’t have as many choices. (Benjamin Norman/The New York Times)

Especial para Infobae de The New York Times.

(Big City)

Hace unos años, formé parte de la junta directiva de la cooperativa de mi edificio con una persona cuyas exigencias logísticas diarias me hicieron ver que yo prácticamente no hacía gran cosa.

Era un banquero de inversiones con una familia joven, viajaba todas las semanas, a menudo a varias ciudades en el transcurso de varios días. Podía asistir de manera virtual a una de nuestras reuniones mensuales desde Dallas, pero había estado en Tokio el día anterior y estaba de camino a Bruselas al día siguiente. Antes de la pandemia, su agenda lo llevaba a Asia cada tres meses y a Europa casi todas las semanas.

Cuando hablé con él recientemente, me pregunté cómo había sido este inusual año de inactividad para él, si se había sentido ansioso. ¿Con qué facilidad guardó en el cajón su pasaporte, se sometió a los dioses de los quehaceres del hogar y dijo: “Háganme suyo”? Solo había salido de Nueva York por negocios una vez en todo el año, cuando voló a San Luis y regresó el mismo día.

“Fue como si hubiera sufrido de trastorno de estrés postraumático debido a ese único viaje”, me dijo. Mencionó la mala comida, el trayecto agitado al aeropuerto, el avión desvencijado y la terrible infraestructura, como si todo volviera a su mente en un instante. “No he extrañado ni un segundo de los viajes nacionales o internacionales. ¿Qué ha sustituido todo eso? El ejercicio, estar con mis hijos y una mayor productividad”.

“Nadie que conozca ha dicho: ‘Caray, no puedo esperar a volver a hacer todo como lo hacíamos antes’”.

¿Qué conservaremos de la vida en la pandemia de COVID cuando sus tragedias y privaciones empiecen a remitir? Para las personas que han tenido la suerte de pasar el último año trabajando desde sus casas y departamentos, aunque sea en escritorios improvisados o en armarios, los profundos reajustes de la vida profesional, doméstica y social han cambiado, en muchos casos, las prioridades y han aportado un nuevo tipo de perspectiva.

Incluso aquellos que no tenían la costumbre de volar a Ginebra todos los lunes han aprovechado mejor el tiempo que de otro modo dedicaban a los desplazamientos: en trabajar, pasear al perro, correr, hacer las compras, abrazar a los niños que ya no tienes que apresurar enojado en la mañana, porque no hay adónde ir.

En otoño, un documento del Instituto Becker Friedman de la Universidad de Chicago reveló que los estadounidenses se desplazaban 60 millones de horas menos al día, y dedicaban dos tercios de ese tiempo a sí mismos: a mejoras en el hogar, quehaceres, familia, ocio, etcétera.

Los residentes del estado de Nueva York tenían los tiempos de desplazamiento más largos de los trabajadores de todo el país: una media de 66 minutos al día. A pesar de todas las nuevas ansiedades que nos invadieron, cierta calma y un renovado sentido de la conexión evolucionaron a la par; por lo menos, ahora disponíamos de una hora extra al día para meditar, tomar terapia por cámara web o buscar a nuestros exes en Google.

La serendipia de la vida social es algo que realmente he llegado a apreciar: enviar un mensaje de texto a una amiga a las ocho de la mañana y quedar de verla para dar un paseo, planes dictados únicamente por el clima. Cuando hay muy poco que hacer, hay muy poco que programar, lo que significa que es difícil recordar la última vez que te viste obligado a intercambiar catorce correos electrónicos durante tres días para quedar con otras dos personas —una de las cuales viene desde Cleveland— para cenar dentro de seis semanas.

La competencia por el estatus —social, profesional, intelectual, parental— que siempre ha animado a Nueva York parece haberse desvanecido, aunque solo sea porque es mucho más fácil de evitar. Una clara ventaja de la reducción del contacto humano es la notable disminución de los encuentros desagradables con la gente que siempre está presumiendo: los que se mueren por contarte que su hijo de 4 años está leyendo “El Decamerón” o lo genial que fue esquiar en Alta, Utah, durante las vacaciones de invierno. ¿Sabes lo que no tienes que hacer durante una pandemia? No tienes que ir a una comida organizada por alguien cuyo único propósito es mostrar la remodelación de su casa que le costó 2 millones de dólares. Con el desconocimiento llega la paz psíquica.

Las personas que no pueden aislarse de los odiosos ricos son, por supuesto, las que los atienden. Si la crisis actual ha profundizado la desigualdad económica, también ha amplificado la distinción entre las rutinas de una clase emergente de trabajo-ocio, en pleno control de la gestión de su tiempo, y una clase de guardia, formada por trabajadores que deben permanecer siempre en movimiento tanto para ganarse la vida como para satisfacer las necesidades de los ricos.

Muchas personas podrán llevar consigo lo mejor del estilo de vida pandémico: hacer ejercicio entre reuniones matutinas. Las empresas, en muchos casos, estarán encantadas de reducir sus huellas inmobiliarias y trasladar las cargas y los gastos de gestión de las oficinas a los empleados que trabajan en casa.

Sin embargo, otros millones de personas se verán atrapadas en trabajos que hacen que tomarse un descanso de cinco minutos para ir al baño sea un reto olímpico. Y en cierto sentido, será así si tienen la suerte de tener el tipo de empleos que no se verán afectados por el desalojo de los distritos comerciales centrales y el inevitable descenso a largo plazo de los viajes por trabajo.

“Mucha gente depende de ese estilo de vida previo”, dijo mi vecino banquero. Expresó su preocupación por todo el comercio de los empleados de servicio en los aeropuertos La Guardia y JFK. “Los conductores de Uber, los pilotos, los empleados de la cafetería del aeropuerto. Yo no necesito estar ahí, pero mucha gente de Queens sí lo necesita”.