Conocí a mi esposo en la sala de maternidad

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ÉL NECESITABA A ALGUIEN QUE LO ABRAZARA.

La historia de mi nacimiento, que también es mi historia de amor, comenzó hace 40 años en la ciudad montañosa de Spalding, Jamaica. Me la han contado una y otra vez las dos mujeres que estuvieron ahí ese día de abril: mi madre, Lorna, y una desconocida, Lurline, que iba a dar a luz en la misma sala de maternidad.

Mi madre y Lurline vivían en ciudades diferentes muy lejanas entre sí y habían viajado por separado al hospital de Spalding. En aquel entonces, los hombres no tenían permitido entrar a la sala de maternidad, así que mi padre, Vivian, un agricultor, y el esposo de Lurline, Jeral, un pastor, no estuvieron presentes en los alumbramientos. Se esperaba que Lorna y Lurline llevaran el trabajo de parto por su cuenta, con ayuda de enfermeros y médicos, por supuesto.

Estas jóvenes mujeres fueron la primera generación que siquiera tuvo la opción de dar a luz en un hospital; ambas habían nacido en sus casas en condiciones precarias. El Hospital Percy Junor en Spalding no ofrecía servicios modernos. No te traían comida en bandejas desinfectadas. Los pacientes debían traer sus propios alimentos, o pedir que algún conocido se los trajera, de preferencia en termos si querían que se mantuvieran calientes. Las futuras madres también debían traer sus propias batas, sábanas, e incluso pañales de tela para sus recién nacidos.

Muy pocos médicos habían estudiado en el país. Cuba tenía las facultades de medicina más cercanas. Estos médicos formados en Cuba trabajaban con enfermeros jamaiquinos que dominaban la sala de maternidad, y se movían con rapidez entre las cortinas transparentes que separaban las camas. No había nada de privacidad.

Lorna y Lurline estaban recostadas, nerviosas, en sus camas adyacentes. Aunque las cortinas las separaban, las conectaba su miedo al alumbramiento, ese temor fue lo que las llevó a iniciar su conversación.

Mi madre fue la primera en entrar en trabajo de parto, el cual comenzó con un dolor desgarrador que solo se hacía más fuerte. Según cuenta Lurline, mi madre empezó a gemir y a quejarse, y pronto empeoró al grado de articular palabras incomprensibles mientras se retorcía del dolor.

La fecha de parto de Lurline ya había pasado, por lo que creía que ella debía ser la que estuviera en labor de parto. Se movió con torpeza en su cama, maniobró con sus pies hinchados y tambaleante hasta levantarse y, sosteniendo su abdomen prominente, caminó hacia la cama de Lorna. Al igual que su esposo, el pastor, Lurline era una mujer religiosa, una mujer de oración. Jeral y ella dirigían una pequeña iglesia en la cordillera de las Cascadas, así que rezó por mi madre al lado de su cama.

Después me dijo que haber sido testigo de la agonía de mi madre fue como ver un cuerpo que se partía en dos; mi madre gritaba y se sacudía como si estuviera poseída. Lurline estaba viendo un alumbramiento por primera vez y de verdad le aterró. No solo rezaba por su nueva amiga sino también por ella misma, por lo que pronto tendría que padecer, mientras sostenía la mano de mi madre en cada contracción y respiraba junto con ella.

Estas mujeres habían crecido en una época en la que no se hablaba de temas como la sexualidad y el parto, ni siquiera entre madres e hijas, así que en ese momento descubrió que no estaba preparada ni mental ni emocionalmente. Los enfermeros no se compadecían de las madres primerizas y no les ofrecían ningún consuelo.

Sin embargo, lo que los enfermeros no notaron es que mi madre estaba en grave peligro. Se estaba desangrando y cada vez tenía menos energía, sus piernas temblaban. Lurline me dijo que los iris color café de mi madre incluso rodaron hasta que sus ojos se quedaron en blanco, y su mente parecía ir y venir entre un estado de conciencia y de olvido.

Cuando el cuerpo de mi madre se quedó quieto, los enfermeros, que al fin se percataron del peligro, se apuraron a atenderla mientras caía la noche. Pasarían muchas horas antes de que mi madre escuchara el llanto de su bebé —mi llanto— por primera vez.

El lunes, 13 de abril de 1981, mi madre despertó y vio que alguien me ponía en sus brazos, pero estaba demasiado débil, así que los enfermeros decidieron que tendría que quedarse en observación en el hospital cuatro noches más. La felicidad de mi madre fue inmensa; ver que yo había llegado al mundo sana y salva fue suficiente para calmar el miedo que la había llevado al borde de la muerte.

Ahora era el turno de Lurline, y el peso de su embarazo empezaba a agotarla. Antes pensó que estaba emocionalmente lista para dar a luz a su bebé, pero ver lo que había sufrido mi madre le hizo temer a la idea de traer al mundo la vida que llevaba dentro.

Luego llegó el médico con malas noticias: su bebé venía de nalgas y se le tendría que practicar una cesárea. Lurline no esperaba esto, pero el médico le explicó que su vida y la de su bebé estaban en riesgo; la madre incluso quizá tendría que decidir cuál de las dos salvar. La idea de tener que elegir entre su vida y la de su bebé la aterró.

Lurline analizó esta posibilidad mientras la advertencia del médico se repetía en su mente. Pensó en los tumultuosos pero tiernos días de su matrimonio, la vida que crecía en su interior, y el momento en el que ella esperaba poder sostener al fin a la manifestación física del amor entre ella y Jeral. ¿Eso aún sucedería? Mientras su mente cambiaba con brusquedad entre visiones de vida y muerte, recurrió a su única fuente de consuelo, la oración, y al hacerlo tomó una decisión: debían salvar la vida de su bebé.

Lurline sintió en soledad la gravedad de la decisión. A pesar de que su esposo no estaba en el hospital, tomaban las decisiones importantes juntos y habían empezado a construir un hogar para la familia que iban a crear. Administraban una granja y una iglesia. Jeral había ido hasta el hospital cuando llegó la hora de que su esposa diera a luz a su bebé, pero no se le permitió quedarse, así que tuvo que regresar a casa.

Mientras Lurline yacía en la cama, pensaba preocupada en la reacción que Jeral tendría cuando llegara a recoger a su familia y se enterara de que solo había sobrevivido su bebé. Imaginó su rostro, desconcertado por las palabras del médico. Vio cómo movía sus manos para tocarla con desesperación y negación, solo para confirmar que, en efecto, el alma de su esposa había dejado su cuerpo.

Lurline inhaló el presente: su iglesia, su esposo y la vida que llevaba dentro. Luego exhaló, como si soltara todo lo que pudo haber sido: un largo matrimonio, la paternidad, su merecido futuro. Puso la mano sobre su Biblia, vio de reojo su anillo nupcial. No se lo había quitado desde que Jeral lo había puesto en su dedo años atrás, pero decidió quitárselo ahora, lo cual le costó bastante trabajo, ya que sus dedos se habían hinchado.

Una vez que logró sacárselo, sollozó en silencio al ver su Biblia y su anillo de casada. En la vida representaban su identidad, pero en la muerte serían un recuerdo.

Si iba a morir, Lurline necesitaba que Jeral supiera cómo habían sido sus últimos momentos. Cuando se acercó a mi madre, con su Biblia y su anillo nupcial en mano, se sintió culpable de invadir tanta felicidad, pero no tenía otra opción. No quería llorar, pero al ver a mi madre cargándome, los ojos de Lurline se llenaron de lágrimas. Colocó el anillo y la Biblia en las manos de mi madre y le pidió que se los diera a Jeral en caso de que ella no sobreviviera a la operación.

Estos símbolos de amor y compromiso se sintieron como cemento en las manos de mi madre. Respiró hondo y asintió. Aunque mi madre no comprendía la magnitud del problema que atravesaba Lurline, sabía cuánto había llegado a apreciar su reciente amistad.

Lurline le pidió una cosa más a mi madre: que le leyera su escritura favorita, el salmo 35. Mientras la anestesia viajaba por el cuerpo de Lurline, las palabras de mi madre se filtraban hasta su conciencia: “Defiéndeme, señor — ”.

El miércoles, 15 de abril, dos días después de que mi madre me dio a luz, una nueva vida nació vía cesárea, un niño llamado Ontonio.

Con sus 5,8 kilogramos, Ontonio estaba en boca de todos en la sala de maternidad, nadie había visto jamás a un bebé de tanto peso. Con costuras y puntadas, adolorida por la operación e incapaz de sentarse o moverse mucho, Lurline descansaba al lado de su nueva amiga, Lorna. El parto de Lurline había sido tan traumático y físicamente extenuante que necesitaría tiempo para sanar.

Por tanto, la enfermera tomó a Ontonio de los brazos de su madre y lo colocó en los de la mía, quien nos meció, abrazó y cantó a los dos: a mí, Kadine, y al hijo de Lurline, quien más tarde se convertiría en mi compañero ocasional de juegos en la infancia, a pesar de que vivíamos a varias horas de distancia, luego en mi novio en la adolescencia y ahora mi esposo desde hace 15 años.

Ontonio y yo llegamos juntos a este mundo, y juntos, cuatro décadas después, con tres hijos propios, seguiremos gozando de sus misterios y milagros.