Cómo fue que Joe Biden se mantuvo firme en medio de tanto caos

De niño, Joseph Robinette Biden Jr. batallaba con las palabras, ya que tartamudeaba en la infancia. Años más tarde, como joven político, no podía dejar de decirlas y pronto se hizo famoso por sus largos discursos.

Fueron las palabras las que perjudicaron sus dos primeras campañas para llegar a la Casa Blanca, con acusaciones de plagio que pusieron fin a su candidatura de 1988 y tropiezos verbales que obstaculizaron su salida en 2008 desde casi los primeros momentos.

A lo largo de una carrera política de casi medio siglo marcada por la tragedia personal y forjada en la agitación nacional, la lucha de Biden con sus propias palabras ha permanecido como un hecho central de su vida profesional y de la ambición que albergó durante casi el mismo tiempo: la Casa Blanca.

Sin embargo, Biden, el 46.° presidente de Estados Unidos, se ha transformado en una mano firme que elige las palabras con extraordinaria moderación.

El hombre que se describe a sí mismo como “el chico pobre de Scranton”, Pensilvania, que llamó “payaso” al expresidente Donald Trump, se negó a morder el anzuelo político que Trump le puso durante semanas después de las elecciones con sus intentos de anular los resultados. En lugar de dejarse arrastrar por el caos trumpiano, Biden se concentró en anunciar su gabinete y en ayudar a su partido a ganar dos contiendas de segunda vuelta en Georgia. Y con un segundo juicio político que se avecina en el Senado, Biden, de 78 años, se ha mantenido firme en su fe en el centro político, ya que se posicionó como el defensor de todos los estadounidenses y un negociador entre la izquierda y la derecha.

Su habilidad para dirigir y mantener el rumbo con calma en tiempos tan turbulentos es un testimonio, dicen amigos y familiares, tanto de su optimismo infranqueable como de su profunda creencia en la importancia de las normas y tradiciones políticas estadounidenses. El hombre que llegó a Washington a los 30 años como uno de los senadores más jóvenes de la historia llega ahora a la Casa Blanca como el presidente de mayor edad en la historia, con más experiencia en el gobierno y en la legislación para guiar su camino que cualquier otro gobernante en décadas.

El hecho de que Biden se encuentre en este lugar es un giro improbable de acontecimientos para un hombre cuya carrera política pareció haberse estancado o terminado tantas veces. Sin embargo, después de 36 años en la cámara y ocho años como vicepresidente, se convirtió en una figura familiar en la conciencia política del país.

Para los amigos y la familia de Biden, su éxito al ganar la Casa Blanca es la prueba de que hay algo fundamentalmente tranquilizador en su carácter —su lealtad, su empatía y su experiencia— que los estadounidenses quieren después de cuatro años de un gobierno impredecible y caótico. Incluso cuando se tropieza al hablar, argumentan, subraya su autenticidad, el trayecto de un hombre que salió de la oscuridad de las pérdidas de su joven esposa, su hija pequeña y su hijo adulto para seguir siendo optimista sobre la política, el país y su propio destino.

A lo largo de una larga campaña, una pandemia mundial, un ajuste de cuentas racial y un motín en el Capitolio, Biden nunca vaciló en el mensaje central de restauración moral y política: renovar la decencia estadounidense. Regresar al buen gobierno. Y sanar a una nación dividida.

Aunque Biden ha virado a la izquierda con su partido, sigue siendo un centrista de corazón, determinado a unir un maltrecho cuerpo político y convencer a algunos republicanos de apoyar su agenda. Durante gran parte del último medio siglo, Biden se ha encontrado en el centro literal de la política estadounidense: en el asiento central de la Comisión Judicial, en el centro de los debates políticos en el gobierno de Obama, en el centro de los debates presidenciales y ahora en la Casa Blanca. Al mismo tiempo pertenece y no a Washington, aunque está profundamente inmerso en las costumbres, los modales y las maniobras del Capitolio, incluso cuando pasó décadas yendo y viniendo a su casa en Delaware en el Amtrak.

Los rasgos políticos que definirían a Biden estuvieron presentes desde el principio. Como hijo católico de Scranton y Wilmington, Delaware, ha mitificado durante mucho tiempo su niñez en los relatos de discursos que dejan sin palabras sobre el “abuelo Finnegan” y en los virtuosos dichos de su padre, un vendedor de autos que luchaba por encontrar trabajo.

Incluso en los años sesenta, Biden era una especie de institucionalista en una generación de arrebatos. Recorrió la Universidad de Delaware y la Facultad de Derecho de la Universidad de Siracusa con poca conexión con el movimiento por los derechos civiles y el otro activismo social de la época. Biden dijo a los periodistas en 1987: “Otros marcharon. Yo me postulé para un cargo público”.

Después de casarse, graduarse y trabajar durante un breve periodo en un despacho de abogados de Wilmington, Biden obtuvo un puesto en el Consejo del Condado de New Castle. Entró en el Senado en 1972, apenas semanas después de la muerte de su esposa Neilia y su hija Naomi en un accidente con un tractocamión. Abrumado por la tragedia, Biden solo se comprometió a seis meses en el Senado, y tomó el juramento del cargo al lado de la cama de hospital de sus dos jóvenes hijos. Al final, se dejó absorber por los asuntos del organismo con un muy buen trabajo en la Comisión de Relaciones Exteriores, un paso temprano que más tarde cimentaría su reputación como experto en la política exterior de Estados Unidos.

Su vida personal se estabilizó después de su matrimonio con su segunda esposa, Jill, y el nacimiento de un cuarto hijo, su hija Ashley. Sin embargo, su carrera política continuó por un camino desigual.

El mayor fracaso inicial y el mayor éxito de Biden se entrelazaron en 1987: la humillación de una candidatura presidencial fallida y su victoria como nuevo presidente de la Comisión Judicial del Senado al detener la nominación de Robert Bork a la Corte Suprema. Durante un receso de la audiencia, en la cual su estrategia se centró en convencer a los republicanos de que bloquearan al candidato del presidente Ronald Reagan, Biden anunció que pondría fin a su campaña presidencial.

A medida que avanzaba en los que acabarían siendo seis periodos en el Senado, Biden se dio a conocer por su disposición a acercarse a sus opositores para legislar, con ejemplos como la Ley sobre la Violencia contra las Mujeres y el proyecto de ley sobre la delincuencia de 1994, y por ser una voz crucial en los conflictos de Estados Unidos en el extranjero.

Otra candidatura presidencial en 2008 terminó en fracaso. Sin embargo, sus años en el Capitolio y en la política exterior, así como su conexión con los electores blancos de la clase trabajadora, le valieron más tarde un lugar en la lista de candidatos a la vicepresidencia del expresidente Barack Obama.

En 2015, Biden consideró la posibilidad de contender una vez más por la Casa Blanca, pero la muerte de su hijo, Beau, a causa de un cáncer cerebral en mayo fue un golpe devastador que, según Biden, lo dejó emocionalmente incapacitado para organizar una campaña eficaz.

Cuando Obama le otorgó la Medalla Presidencial de la Libertad en una ceremonia sorpresa al final de su segundo mandato, en la que elogió a su vicepresidente por ser un “león de la historia estadounidense”, el evento pareció marcar un final conmovedor para las ambiciones políticas de Biden.

Fue esa fe en su propio carácter y experiencia la que convenció a Biden de contender a la presidencia por tercera ocasión. Cinco meses antes de anunciar su candidatura con un video de tres minutos y medio en el que decía que las elecciones eran una emergencia nacional, Biden se describió a sí mismo como la “persona más calificada” para el trabajo. Cuando un moderador lo cuestionó con una lista de sus posibles responsabilidades políticas, las descartó todas como cuestiones menores en comparación con los enormes problemas que enfrenta el país.

“Soy buenísimo para meter la pata, pero por Dios, qué cosa tan maravillosa comparada con un tipo que no puede decir la verdad”, dijo durante una escala en su gira para promocionar su libro en 2018. “La pregunta es, ¿en qué clase de nación nos estamos convirtiendo?”.