El confinamiento fue nuestro punto de quiebre

BC-MODERN-LOVE-LOCKDOWN-PARIS-ART-NYTSF — Lockdown Was Our Breaking Point (Brian Rea/The New York Times) — FOR USE ONLY WITH MODERN LOVE STORY SLUGGED BC-MODERN-LOVE-LOCKDOWN-PARIS-ART-NYTSF FOR JANUARY 15, 2021. ALL OTHER USE PROHIBITED.
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DEBÍAMOS CASARNOS PARA QUE SOBREVIVIERA NUESTRA RELACIÓN, PERO “LE CONFINEMENT” FUE DEMASIADO.

Nuestro matrimonio de dos años ya tenía problemas antes de que la pandemia provocara la imposición de confinamiento en Francia. Ahora aquí estábamos, atrapados en nuestro apartamento de París con mis dos hijos adolescentes: “le confinement”, como lo llaman líricamente los franceses.

Mi marido, dos décadas más joven que yo, buscó refugio de toda la convivencia forzada atrincherándose en la habitación de invitados y puso frente a la puerta el pesado sofá cama, que normalmente usaba mi exmarido cuando venía a visitar a sus hijos.

Odiaba dormir separada, pero justificaba nuestra creciente distancia con la idea de que sus ronquidos y mis movimientos por la noche nos dificultaban el descanso. (Aunque antes esas cosas no habían sido un problema).

Además, ¿qué pareja no necesita espacio de vez en cuando? Especialmente cuando el gobierno francés solo permite una hora de ejercicio exterior al día, a menos de un kilómetro del hogar. Para salir de la casa, teníamos que llenar un formulario y llevar una identificación. La policía revisaba documentos y emitía multas.

Esta era la otra cara de haberme enamorado locamente de un hombre nacido el año en que terminé la universidad. En los primeros días de nuestro noviazgo, en El Cairo, estaba tan atrapada en la emoción posdivorcio, llena de riesgos, de robar besos ilícitos en esquinas mal iluminadas (las muestras públicas de afecto pueden llevarte a la cárcel en Egipto) que apenas noté la diferencia de edad.

El amor puede ser ciego, pero la lujuria es ciega e idiota.

Como madre, a menudo había sentido la necesidad de elegir entre las exigencias de la paternidad y mis deseos sexuales. Esa dualidad se hizo aún más evidente cuando conocí a mi segundo marido, que me ayudó a redescubrir la sensualidad latente durante los veinte años que estuve casada con el padre de mis hijos.

Cuando empecé a dejarle pasar la noche en la villa de El Cairo que compartía con mis hijos, elegí la versión erótica de mí misma en lugar de la maternal. Los chicos debieron pensar que alguien se había apoderado de mi cuerpo.

Habrían tenido razón. La sublimación sexual me reanimó. Cuando mi nuevo amante y yo nos conocimos, él tenía exactamente la misma edad que yo tenía cuando me casé. Escogerlo me pareció un nuevo comienzo y un escape de la invisibilidad de la mediana edad. No solo me veía como deseable, sino que el hecho de estar juntos me convirtió en una fuente de envidia. Las mujeres de su edad que admiraban su buena apariencia trataban de entender nuestra relación. Era precisamente el tipo de validación que anhelaba después de un matrimonio en el que la llama erótica se había apagado mucho antes de que nos divorciáramos.

Me gustaba que nuestro romance de mayo a septiembre fuera poco convencional. Romper las normas que había establecido por un sentido del deber me pareció desafiante y también me dio validación.

Mi marido tuvo que enfrentarse a la alienación de su familia tunecina, que se negó a reconocer mi existencia, incluso después de nuestra boda. Sí, nos habíamos enamorado profundamente, pero decidir que nos casábamos también fue un acto de rebeldía para nosotros, un rechazo a lo que esperaba la sociedad, los amigos y la familia. Resultó ser un territorio inexplorado. Fue estimulante.

Sin embargo, el matrimonio también era una necesidad para la supervivencia de nuestra relación. Cuando me mudé a París con mis hijos, el pasaporte tunecino de mi amante le hizo casi imposible pasar tiempo conmigo aquí. Solucionamos nuestro problema volando a California y casándonos.

Por desgracia, la búsqueda de emociones y la pasión ofrecen un impulso limitado para cualquier matrimonio y, ahora que vivíamos como una familia, la realidad se había asentado. Se había acabado el telón de fondo del Medio Oriente, aquella casa barata de cuatro dormitorios con un jardín verde. La Ciudad de las Luces es tan romántica como siempre, pero París, para mí, representaba un retorno a las responsabilidades de la vida adulta con sus interminables cargas de ropa y la monótona tarea de poner la cena en la mesa todas las noches.

Desde la llegada de mi marido, me he topado con la incómoda comprensión de que la manera en que quería vivir como mujer de 50 años era muy diferente de como él pensaba que debía ser la vida a finales de sus veinte. Mis amigos de mediana edad lo aburrían. Mi insistencia en vivir en una casa limpia y ordenada no tenía sentido para él. Y las horas que perdía en Facebook y viendo fútbol europeo, me parecían inútiles.

Buscamos terapia de pareja, dos veces, pero no fuimos más capaces que antes de comunicarnos más allá de nuestras barreras lingüísticas y culturales. Todavía no teníamos las herramientas para abordar el desequilibrio de poder que resultaba de su dependencia de mí para el apoyo financiero y de visado. Le molestaba depender de mí y, sinceramente, a mí también me molestaba. Quería una pareja equitativa, alguien de quien pudiera depender, alguien que compartiera la carga.

Por maravillosa que hubiera sido la distracción de nuestro amor, no podía volver atrás y ser una esposa adecuada para alguien tan joven como mi marido. No podía fingir que no había madurado en los 22 años anteriores. No podía desaprender lo que la experiencia me había enseñado, ni quería hacerlo. Me encanta tener 54 años. Enamorarme de un hombre más joven me había rejuvenecido. Me veía y me sentía mejor que nunca. Pero la superficie no sustituye la profundidad.

A medida que pasaban los días, el autoaislamiento de mi marido se volvió menos benigno. Al poco tiempo, ya ni siquiera nos comunicábamos con monosílabos. Su principal manera de comunicarse eran los mensajes que dejaba estratégicamente colocados en notas adhesivas. Podría despertarme por la mañana y encontrar un mensaje que decía “Fregué esto” en una olla que no estaba limpia o volver a casa después de correr y descubrir otra que decía “Por favor, llénala después de usarla” en una jarra de agua con filtro.

Podía oír el golpe de las pesas que levantaba durante horas, pero casi nunca lo veía. Nunca sabía cuándo podría salir de la habitación de invitados para prepararse una comida o ir al supermercado.

Más que nada, quería proteger a mis hijos de ver mi dolor. Me sentía suficientemente culpable por dejarlos verme caer en pedazos cuando mi matrimonio con su padre se derrumbó y aquí estaba yo, obligándolos a sentarse en primera fila para presenciar el fracaso de otra relación.

Un día, al buscar en la alacena y tratar de encontrar algo que pudiera comer que no tuviera las iniciales de mi marido en una nota adhesiva, mi hijo de 19 años se volvió hacia mí exasperado. “No puedo soportarlo más”, dijo.

Rompí la barricada del sofá hasta la habitación de invitados y le dije a mi marido que teníamos que hablar. Esto se había terminado, dije. No podíamos seguir así. Todos estábamos sufriendo demasiado. Y entonces, sin nada que perder, nos permitimos decir todas las cosas que no habíamos sido capaces de expresar.

Me contó sobre lo abrumadores que habían sido los años anteriores. Entre el distanciamiento de su familia, la búsqueda infructuosa de trabajo, la vida en la nación de los antiguos colonizadores de su país, las presiones de compartir una casa conmigo y mis hijos adolescentes, así como el no hablar nunca su lengua tunecina nativa, no había sido capaz de sentirse en casa ni un minuto. Me amaba, pero nunca había querido ser padrastro.

Para él, “le confinement” le había permitido recuperar el aliento. No había estado hirviendo de ira en la habitación de invitados, como yo había pensado. La soledad había sido un respiro para él.

Escuché su angustia. Sentí su sufrimiento. Me las arreglé para superar mi ira y decepción por mis sentimientos de fracaso y de que me hubieran fallado. Durante un hermoso momento, nos vimos el uno al otro. El amor que compartimos en esa habitación eclipsó brevemente el dolor que nos habíamos infligido. Juramos hacer mejor las cosas.

Creo que, incluso entonces, conocíamos la inutilidad de nuestras promesas. El encierro nos había enclaustrado y había dado a luz una verdad inevitable: nos amábamos, pero el amor no era suficiente.

Al elegir un hombre de casi la mitad de mi edad, no había elegido la versión sexualmente poderosa de mí misma, sino a mí misma como figura materna. Mientras lo veía desahogarse, vi a un hombre hermoso que era demasiado joven, demasiado inexperto para ser mi pareja. Si quería encarnar plenamente la mujer en que me había convertido, tenía que liberarlo a él y a mi yo de 25 años que estaba intentando revivir.

Cuando finalmente se levantó el confinamiento y se nos permitió una vez más movernos libremente por la ciudad, mi marido firmó el contrato de arrendamiento de un estudio soleado encima del canal Saint Martin, donde los jóvenes hípsteres pasan el rato bebiendo cervezas artesanales.

Con una maleta negra llena de ropa, salió de su autoexilio y entró en su nueva vida. Mientras lo veía salir, lloré. Por supuesto que lloré. Pero una vez acabado el encierro, podía sentir los primeros aleteos de mi propio renacimiento.