Todo lo que hemos perdido

Parte de la perdurable atracción de Diego Maradona es el testimonio de su genio. Pero también, es la nostalgia por lo que representó

Maradona en el estadio Krestovsky en San Petersburgo.
Maradona en el estadio Krestovsky en San Petersburgo.

Hubo una conmoción en la esquina del estadio Krestovsky en San Petersburgo. Pareció que toda una sección de aficionados alejó la mirada del campo y la apuntó hacia una suite con el frente de cristal. Se pararon en sus asientos y estiraron los cuellos y curiosearon por encima de los hombros para tener una mejor vista.

El partido mismo era un deporte cautivador: Lionel Messi y el resto de sus compañeros de la selección argentina estaban pasando penurias frente a Nigeria, cuando cualquier resultado distinto a una victoria habría bastado para enviarlos a casa envueltos en ignominia, eliminados del Mundial de 2018 en la fase de grupos. No obstante, incluso eso no podía competir con el espectáculo que se estaba desarrollando en la suite.

Diego Maradona siempre tuvo esa capacidad: atraer las miradas y captar la atención. Hubo veces en las que lo resintió, cuando su magnetismo parecía más una carga que un encanto, cuando todo lo que soñaba era que lo dejaran en paz, ser libre de la adulación que lo acosó desde que tenía 16 años.

Esta no fue una de esas ocasiones. Vestido con una camiseta azul celeste, Maradona le estaba alardeando a la multitud, jugando con ella, disfrutando su reflector fuera del escenario. Cada una de sus emociones, cada una de sus sensaciones, parecía intensificada, exagerada, actuada. Fue de la agonía al éxtasis y de regreso. Levantó los brazos al cielo y se hundió en el asiento. Desplegó una manta gigantesca con su imagen. En cierto momento, se quedó dormido. Vitoreó, chilló y, luego, colapsó.

En su vuelo de regreso a Moscú más tarde esa misma noche, Maradona envió una nota de voz por WhatsApp a un puñado de periodistas argentinos, en la que le atribuyó su estado —y su alarde— a un exceso en el consumo de vino.

Sin embargo, para ese entonces, estaban circulando teorías más oscuras. Hubo sospechas de que unas manchas en el frente de cristal del palco eran evidencia de cocaína. En redes sociales, se examinó cuántas veces se había limpiado la nariz. En línea, circuló una imagen tomada unos cuantos días antes, de Maradona sentado en un jet privado, con la que parecía ser una bolsa de polvo blanco a su lado.

Pocos comentarios expresaron solidaridad con un hombre que había luchado con su adicción a las drogas durante buena parte de su vida adulta. Si acaso, la reacción pertinaz fue de admiración: ahí estaba Maradona viviendo a la altura de su imagen de estrella de rock, un chico malo impenitente, el hombre que nos dio la Mano de Dios demostraba que tan solo al diablo le podía importar.

Después de todo, eso fue Maradona para un gran sector del público. Al momento de ese partido —y al momento de su muerte—, la mayor parte de dos generaciones no tenía un recuerdo verdadero de haberlo visto jugar; según un estimado aproximado, no mucha gente menor de 40 años, fuera de Sudamérica, podría recordar cómo fue en su cúspide.

Esto no quiere decir que ignoren el significado de Maradona. Habrán escuchado las historias y habrán visto los videos de sus goles, las fotos de su genialidad. Después de todo, así funcionan las leyendas: se vuelven sabiduría popular, que pasa de una generación a la otra.

En Boca, en 1981
En Boca, en 1981

No obstante, siguen siendo recuerdos de otras personas. Millones llegaron a la historia de Maradona en sus caóticos años de retiro. Para ellos, su genialidad en el campo fue el telón de fondo. Experimentaron, de primera mano, las drogas y los escándalos. En efecto, se convirtió en la estrella de su propio programa de telerrealidad, una celebridad más que un atleta: Maradona, en vez de Diego. De la misma manera en que en la actualidad lo primero que viene a la mente de Keith Richards es su hedonismo y no su música, para muchos, Maradona fue antes que nada un forajido, no un futbolista.

Y, en vez de que esto obstaculizara su leyenda, la expandió. Entre los grandes del fútbol, están los que casi por sí solos transformaron el juego, quienes proclamaron un cambio entre eras, quienes dejaron un deporte distinto del que encontraron. Las ideas y los ideales de Johan Cruyff en esencia alteraron nuestra percepción de la manera en que se debía jugar el fútbol, nuestra estimación de la belleza. Lionel Messi y Cristiano Ronaldo han cambiado los parámetros de la grandeza, el rango de lo posible, nuestras definiciones de las posiciones.

No está reñido con la grandeza de Maradona sugerir que su impacto fue diferente. No insinuó el siguiente paso que debía dar el deporte. Torció juegos particulares a su voluntad. Se encargó de darles forma a equipos enteros y a torneos completos, al elevar a grandeza lo que de otra forma habría sido ordinario. Cambió la historia, pero no fue ningún heraldo del futuro.

Más bien, fue todo lo contrario. Maradona fue la apoteosis del juego como solía ser. Casi cualquier cosa en su historia evoca una época perdida, y casi nada de ella habría sido posible tan solo unos pocos años después de su retiro. Se quedó con su primer club, Argentinos Juniors, durante cinco años. A pesar de un par de intentos, a diferencia de cualquier adolescente sensación de Argentina de los últimos 20 años, no fue secuestrado para llegar a Europa a la primera de cambio.

Cuando salió por fin, fue a Boca Juniors, porque en ese momento los clubes sudamericanos todavía podían atraer al talento de alto calibre. Cuando Maradona por fin llegó a Europa, primero al Barcelona y luego al Nápoles, ninguno de los clubes hizo todo lo posible por proteger a su preciado activo, para ayudarle a sobrellevar todo lo que lo confrontaba. Los mejores años de su carrera fueron en Nápoles, no en algunas de las superpotencias consolidadas del mundo, sino en el club de bajo rendimiento de una ciudad caótica y pisoteada.

El primer título con el Napoli
El primer título con el Napoli

Sin embargo, más que nada, la manera en que jugaba pronto se volvería prácticamente extinta. Maradona fue la personificación del ideal del pibe de Argentina —como Jonathan Wilson lo describió en The Guardian, fue la consumación de una profecía escrita tres décadas antes—: un espíritu libre, una criatura hecha de imaginación.

Fue autodidacta, en vez del producto de un entrenamiento intenso. Se le permitió interpretar el juego a su antojo —aunque frente a un nivel de brutalidad que ya tampoco es factible—, en vez de restringirlo con un papel definido en un esquema táctico reglamentado. En ese sentido, fue el último de los grandes individuos. Eso solo magnifica su estatus. Maradona no fue un puente entre eras. Fue el zenit, el clímax, el fin.

En el sur de Italia el Diez se transformó en D10S (Shutterstock)
En el sur de Italia el Diez se transformó en D10S (Shutterstock)

Todo eso está envuelto en la manera en que se le percibió mucho tiempo después de su retiro, cuando las remembranzas de lo que podía hacer en el campo comenzaron a desvanecer, cuando las generaciones sucesivas llegaron a él por medio de historias trilladas y videos granulosos de YouTube.

En todo caso, el interés en Maradona tan solo ha crecido a medida que ha pasado el tiempo. Emir Kusturica estrenó un documental sobre él en 2008 y Asif Kapadia, una década más tarde. Manu Chao y Calle 13 lo nombran en canciones. Los archivos de libros que cuentan su historia tan solo seguirán creciendo. Como Cruyff y George Best, otros rebeldes geniales del fútbol, Maradona deja una impresión mucho más cautivadora para quienes nunca lo vieron que las que producen Pelé, Franz Beckenbauer o Eusebio.

Claro está, parte de eso es un testimonio de su genio. No obstante, parte de eso, también, evoca un sentido de nostalgia de lo que representaba. La figura forajida en la que se convirtió Maradona lo volvió una personificación de esa época perdida, una en la que el fútbol era menos militarizado, menos predecible, menos corporativo y menos pulcro, una en la que no era necesario que el individuo se incorporara en el colectivo, una en la que los héroes podían ser imperfectos, atribulados y humanos de una manera en la que ya no pueden serlo. Su recuerdo está entrelazado con una nostalgia de todo eso, todo lo que se ha perdido.

Aunque no lo sabía, Maradona sirvió de partera de ese cambio. En 1987, en la cúspide de su fama, su equipo del Nápoles fue sorteado para enfrentar al Real Madrid en la primera ronda de la Copa de Europa. Era un duelo que hacía agua la boca: el campeón de Italia en contra del campeón de España, la línea ofensiva napolitana de Maradona, Bruno Giordano y Careca —la Ma-Gi-Ca— en contra del Real de Emilio Butragueño y su Quinta del Buitre.

El sorteo produjo horror en Silvio Berlusconi, el dueño del A. C. Milán. Por qué diablos el fútbol permitía esto, pensó: el juego del año tirado a la basura en la primera ronda de una competencia, cuando podía ser una final a modo, una joya alrededor de la cual se podía construir la temporada.

Berlusconi le dio la tarea a Alex Fynn, quien en aquel entonces trabajaba con la agencia de publicidad Saatchi & Saatchi, de idear un concepto para la que llamó la Liga Europea de Televisión, en la cual los juegos como este no solo serían más comunes, sino que se apartarían para las rondas finales. Cinco años después, fue la idea que dio como resultado la formación de la Liga de Campeones, y el amanecer del nuevo fútbol.

Resultó que ese fútbol no solo no tendría espacio para Maradona, el jugador, sino que tampoco sería capaz de acomodar a Maradona, la idea. La concentración de poder en manos de unos pocos superclubes y la avalancha de dinero que se invirtió en el deporte iban a desatar una carrera armamentística en la táctica, el entrenamiento y el reclutamiento. Unos pocos años después, se acabaría el salvajismo, la improvisación y la cualidad renegada del juego.

Maradona, y todo lo que representaba, iba a quedar relegado al pasado. En sus últimos años, se convirtió en un avatar de lo que alguna vez fue el fútbol, inspiró una nostalgia de todo lo que hemos perdido. Significó tanto para tantos —incluso para quienes no lo recuerden— porque fue un símbolo de la culminación, la cima, de lo que todo solía ser.

Diego Maradona durante el partido de Argentina - Brasil en el Mundial de España de 1982
Diego Maradona durante el partido de Argentina - Brasil en el Mundial de España de 1982

La procesión

Da la casualidad de que esta temporada va por muy buen camino a consumar la imagen que tenía Berlusconi de una Liga Europea de Televisión. Después de cuatro partidos en la fase de grupos de la Liga de Campeones, el dominio de las principales ligas y las superpotencias casi le ha arrancado el drama a la competencia.

Las etapas de grupo a menudo —de manera injusta, en la mayoría de los casos— funcionan como advertencia en contra de la idea de la Superliga Europea. La teoría dice que demuestran qué tan aburrido y procesional se volvería este torneo si fuera la base de la temporada, en vez de una adición al ritmo regular de la campaña doméstica.

Este año es lo opuesto. Si hay algo que pueda persuadir a la élite del continente de buscar su independencia, es el desinterés que infectará las dos rondas restantes de juegos antes de la Navidad. Seis equipos —el Bayern Munich, el Manchester City, el Chelsea, el Sevilla, el Barcelona y la Juventus— ya están dentro de las rondas eliminatorias, y los partidos de la próxima semana confirmarán los boletos de otros pocos pesos pesados.

De hecho, tan solo un puñado de grupos ofrece algo del suspenso que queda y en la mayoría de los casos es un poco exagerado. Para garantizar su pase, el Liverpool necesita una victoria frente al Ajax o el FC Midtjylland. El Manchester United necesita un punto en contra del Paris Saint-Germain o el RB Leipzig. El Grupo B —donde el Inter de Milán casi seguro quedará eliminado y el Real Madrid sigue corriendo un peligro ligero— es la honorable excepción. Esto quería Berlusconi. Es un tema diferente que nos guste o no a los demás.

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