Por qué la mascarilla quirúrgica se convirtió en símbolo de protesta en Estados Unidos

Por Amanda Hess

Manifestantes en Minneapolis el sábado 30 de mayo de 2020. (Victor J. Blue/The New York Times)
Manifestantes en Minneapolis el sábado 30 de mayo de 2020. (Victor J. Blue/The New York Times)

Es el símbolo definitorio de la pandemia, una representación visual del coronavirus. En Estados Unidos, la mascarilla quirúrgica solía ser parte únicamente de las series sobre hospitales y las salas de operaciones, pero ahora el rostro descubierto resulta ser la elección alternativa. El cubrebocas es un dispositivo de salud pública, pero también se ha revelado como una máscara tal cual: una herramienta en un ritual social, un objeto fetiche que representa la política, la expresión de género y la relación de la persona que lo usa con la verdad.

Para quienes deciden portarla, usar cubrebocas es una expresión visual del deber cívico, una afirmación de la autoridad científica y una muestra de respeto. Para sus detractores, es una señal de debilidad, emasculación y engaño. La mayoría de los estadounidenses acepta los beneficios médicos de los cubrebocas, pero quienes no lo hacen en su mayor parte son hombres y republicanos. Su retórica roza ideas racistas sobre las culturas asiáticas, donde se ha vuelto normal usar cubrebocas en público. Además, contribuye a décadas de esfuerzos por parte de la derecha para fusionar las palabras “decadente” y “liberal”, con el fin de representar todo un tramo del espectro político como una afectación femenina.

Entre sus filas se encuentran R. R. Reno, editor de la revista religiosa conservadora First Things (“Cubrebocas = cobardía impuesta”, escribió en una diatriba de Twitter acerca del “régimen” del cubrebocas) y Donald Trump (“No siento que sea para mí”, dijo, incluso mientras anunciaba el lineamiento de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades con el que se animaba a la gente a usar cubrebocas en público). El mes pasado, mientras Trump recorría una fábrica de cubrebocas en Arizona sin portar uno, sus simpatizantes interrumpieron afuera del edificio a la reportera BrieAnna J. Frank, que sí estaba usando cubrebocas. “Es una sumisión. Es igual a ponerte un bozal. Te hace lucir débil… sobre todo a los hombres”, le dijo uno de ellos.

Para estos hombres, ponerse cubrebocas es señal no solo de cobardía, sino de hipocresía. Quienes usan cubrebocas son acusados de ser cobardes temerosos, pero también de exagerar cínicamente la amenaza del virus. El cubrebocas se representa como un escudo ofensivo y como un accesorio en una mascarada de corrección política. Un correo electrónico reciente de la campaña de Trump decía que Joe Biden “vivía en un sótano y era un exhibicionista de virtudes” y lo acusó de coludir con “las personas en los medios que tratan de avergonzar a la gente por no usar cubrebocas” y de engañar a los ciudadanos poniéndoselo solo cuando las cámaras lo graban.

La implicación es que las personas que eligen usar cubrebocas no solo se están protegiendo, sino que también están atacando al presidente y a sus simpatizantes. Hace poco apareció un letrero en la puerta de un restaurante en Texas donde se prohibían los cubrebocas: “Debido a nuestra preocupación por nuestros clientes, si SIENTEN (no piensan), que necesitan usar un cubrebocas, entonces deben quedarse en casa hasta que SIENTAN que es seguro estar en público sin usar uno”, decía.

Incluso para quienes creen en sus beneficios sanitarios, el cubrebocas tiene un papel simbólico, y esas dos funciones están relacionadas. Los hechos de la transmisión —los cubrebocas son más efectivos cuando los usan las personas infectadas, muchas de las cuales tienen pocos síntomas o son asintomáticas— han requerido la creación de una justificación moral para que las personas que de otra manera están sanas los usen. El cubrebocas “significa fuerza y compasión por los demás”, tuiteó hace poco Roy Cooper, el gobernador demócrata de Carolina del Norte. Mientras tanto, los defensores de los cubrebocas sugieren que quienes se rehúsan a usar cubrebocas solo se están engañando a sí mismos. Un estudio de las actitudes de los estadounidenses respecto de los cubrebocas halló que es menos probable que los hombres crean que serán “gravemente afectados por el coronavirus”, aunque la realidad es que los varones son los que se enferman más. “Esa actitud de macho le ha costado la vida a la gente”, dijo Biden después de que Trump retuiteó una crítica dirigida al candidato por usar cubrebocas.

Estas líneas de batalla se establecieron mucho antes de que la medicina moderna articulara una justificación para el cubrebocas. El antropólogo médico Christos Lynteris, que ha rastreado el papel cultural de los “cubrebocas de pestes” en pandemias anteriores, señala que los primeros equipos de protección también estuvieron vinculados con el miedo y la cobardía. El uniforme del médico de la peste, que tenía un pico grotesco relleno de hierbas aromáticas, diseñado como una barrera para evitar el “aire malo” de quienes sufrían de la peste, fue acusado de provocar terror. “La imaginación aterrada por la peste es suficiente para traer la enfermedad”, escribió Geronimo Gastaldi, funcionario italiano de salud durante el brote de Roma en 1656.

Después, Napoleón -cuyos soldados se vieron afectados por la peste mientras invadían Siria- promovió la idea de que la valentía podía curar la enfermedad. En “Bonaparte visitando a los apestados de plaga de Jaffa” (1804), la pintura de Antoine-Jean Gros sobre el suceso, Napoleón aparece en medio de una pila de soldados agonizantes. Detrás de él, un oficial militar sostiene un pañuelo sobre su boca, pero Napoleón, con el rostro descubierto y casi como Jesucristo, estira la mano para tocar la herida abierta de un soldado. “La sede principal de la peste estaba en la imaginación” es una frase atribuida a Napoleón. “La protección más segura, el remedio más eficaz, era la valentía moral”.

Aunque Napoleón afirmó haber visitado a los soldados para aliviar los temores de ellos sobre la enfermedad, en realidad había llegado para pulir su propia reputación. Su gobierno había mentido a los soldados sobre la amenaza de la peste y, de acuerdo con el profesor de Historia del Arte Darcy Grimaldo Grigsby, sabía que los soldados fusionarían su temor de la enfermedad con su “desconfianza en el ejército y los comandantes de gobierno que los volvían indefensos”. Disipar el “miedo” de la peste, que era realmente horrible, fue una herramienta para consolidar el control de Napoleón.

También Trump parece menos que dispuesto a combatir el coronavirus de manera racional, y en cambio ha afirmado que la afección desaparecerá “como un milagro”. Es como si tomarse en serio el COVID-19 fuera una acusación a su presidencia. Al rechazar la amenaza y desterrar sus pistas visuales, Trump también protege su propia reputación y su vanidad personal. Dentro de la fábrica de cubrebocas, cuando Trump usó antiparras protectoras, pero no portó tapabocas, recurrió a la lógica de la máscara de los superhéroes, quienes cubren sus ojos pero revelan la boca, una manera de ocultar la identidad pero acentuar el poder retórico. Además, pocos líderes usan la boca de manera tan acrobática como Trump, cuyas expresiones cambian entre el grito a boca abierta, la quijada sarcásticamente proyectada y el puchero saliente y exagerado.

En días recientes, mientras los manifestantes salían a las calles para protestar por el asesinato de George Floyd, el cubrebocas ha adoptado una nueva asociación. Cubrirse la boca en una manifestación solía indicar que se era un antifascista o un policía equipado con su armadura antidisturbios. Sin embargo, en estas manifestaciones, los cubrebocas están por todas partes, simbolizan la acción cívica en más de una manera: mientras protegen a la comunidad del virus, sirven para manifestarse en contra de la vigilancia de la policía.

No, Trump no usa cubrebocas. Pero conforme los manifestantes se han reunido en frente de la Casa Blanca en días recientes, ha bajado a un búnker subterráneo y apagado las luces. Ha tuiteado sobre el Servicio Secreto que lo protege de los ciudadanos estadounidenses con “los perros más agresivos, las armas más poderosas, que haya visto”. La policía ha tratado de asustar a los manifestantes de Washington D. C. con helicópteros y les ha lanzado balas de hule. La idea de que estos manifestantes enmascarados podrían representar la cobardía y Trump, la fuerza es absurda. “Estamos aquí para demostrar que, sin importar qué ocurra con nuestra salud, nos rehusamos a escapar”, le dijo un manifestante a The Cut. “Nos rehusamos a vivir temerosos”.

*Copyright: 2020 The New York Times Company

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