El panorama del fútbol ya estaba cambiando, pero llegó una sacudida

Por Rory Smith

Foto: REUTERS
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El idioma alemán, como es de esperar, tiene un término para eso: “Grössenwahn”. No hay una traducción directa y precisa de su significado. “Megalomanía”, tal vez, aunque “arrogancia” quizá transmita mejor su significado. “Grössenwahn” implica sobrestimar nuestras habilidades y tener delirios de grandeza.

Es la palabra que Oliver Voigt usa cuando intenta describir el destino y la caída del Kaiserslautern, un club de la tercera división alemana que le ha encomendado la tarea de restaurarlo para que vuelva a ser algo similar a lo que fue en el pasado, en un momento difícil para el deporte en el que hay incluso menos margen de error.

Después de todo, este no es un equipo acostumbrado a circunstancias tan precarias. Tradicionalmente, el Kaiserslautern es uno de los clubes más grandes de Alemania. En 1998, una fecha relativamente reciente, fue campeón de la Bundesliga y un año después llegó a cuartos de final en la Liga de Campeones. Su estadio fue una de las sedes del Mundial de 2006. Tiene capacidad para 50.000 espectadores y lleva el nombre de Fritz Walter, el capitán del equipo de Alemania Occidental que ganó la Copa del Mundo de 1954.

El Kaiserslautern tenía cinco jugadores en esa selección, más que cualquier otro club. “Esa victoria le devolvió la dignidad a toda la nación después de la guerra”, dijo Voigt. “Ganar la Copa del Mundo construyó la identidad alemana, y cinco jugadores de ese equipo pertenecían a este club. El Kaiserslautern era un club que estaba en el centro de la emoción alemana”.

Mencionó que generaciones de alemanes lo consideraron un club a la par del Bayern Munich, el Borussia Dortmund y el resto de las grandes potencias futbolísticas del país. Sin embargo, ahora el Kaiserslautern está “de rodillas”. Ha pasado la mayor parte de la última década en la segunda división de Alemania. En 2018, por primera vez en su historia, se hundió en la tercera división (antes de que se suspendiera la temporada actual estaba en la mitad de la tabla de clasificación).

“Hay una respuesta fácil a lo que sucedió”, dijo Voigt, quien fue reclutado a fines del año pasado como director ejecutivo. “Si gastas más de lo que ganas, si actúas como si fueras más grande de lo que eres, acabarás mal”.

El Kaiserslautern podría ser un ejemplo extremo, pero está lejos de ser el único. En las últimas dos décadas, una tendencia ha barrido al fútbol europeo y ha cambiado drásticamente el panorama del juego. Las escuadras tradicionales de las grandes ciudades han perdido su dominio al ser superadas por una nueva clase de equipos insurgentes, alimentados por dinero en efectivo y ambición, que no llevan sobre sus hombros el peso de la historia.

Eso ha sucedido en el Reino Unido con clubes como Leeds United, Nottingham Forest y Aston Villa. También ha pasado en España con el Deportivo de La Coruña, el Racing de Santander y el Real Zaragoza. Lo mismo sucede en Italia con el Torino, la Sampdoria y el Genoa, y en Francia con el Marsella y el Burdeos.

También había otros equipos que parecían a punto de caer en el abismo, grandes nombres que estuvieron en riesgo durante demasiado tiempo: tal vez el West Ham y el Newcastle o la Fiorentina o incluso el A. C. Milán.

Todos se encontraron con la misma trampa: primero fueron superados financieramente por las superpotencias del juego y luego se vieron desestabilizados por la corriente de los jóvenes, inteligentes y ágiles; no solo por equipos como el RB Leipzig, el Manchester City y, a nivel europeo, el Paris Saint-Germain, que son productos y embajadores de conglomerados corporativos o Estados nación, sino también por equipos como los Wolves, el Atalanta, el Sassuolo y el Eibar.

El Etihad stadium, casa del Manchester City. Foto: REUTERS/Carl Recine
El Etihad stadium, casa del Manchester City. Foto: REUTERS/Carl Recine

Sin embargo, en Alemania es donde ese patrón se ha mostrado más claramente. El 1860 Munich ahora acompaña al Kaiserslautern en la tercera división; en la próxima temporada, el Karlsruhe también podría unírseles. La segunda Bundesliga tiene tanto al Stuttgart como al Hamburgo, emisarios de dos de las ciudades más grandes de Alemania y excampeones. Werder Bremen, el campeón alemán de 2004, podría caer en esa división la próxima temporada.

La pandemia de coronavirus representa una amenaza existencial incluso para los equipos más grandes de Europa, los que se consideran demasiado grandes para fracasar. Como dijo Karl-Heinz Rummenigge, presidente del Bayern Munich, ya es una crisis. No jugar la temporada, que se reanudó el 16 de mayo, implicaría la devolución del dinero a las cadenas que transmiten los partidos, lo cual sería un desastre.

La posibilidad de jugar a puertas cerradas durante el resto del año, dijo Rummenigge, “tendría un gran impacto” para todos: la pérdida de ingresos por la emisión de boletos, el entretenimiento corporativo y la mercancía es “algo por lo que todos deben preocuparse, y tal vez los grandes clubes mucho más”.

El riesgo, por supuesto, es que los clubes no se adapten adecuadamente a esa nueva realidad, que continúen gastando más de lo que ganan, pensando que son más grandes de lo que son, y sucumban a la tentación del “Grössenwahn”. Como los gigantes caídos pueden dar fe, cuando las circunstancias disminuyen, la presión para tener éxito no siempre se reduce. No de manera inmediata, y a veces simplemente no sucede.

“Si ganamos un juego, la gente supone que seremos promovidos”, dijo Voigt sobre el Kaiserslautern. “Si ganamos algunos, la gente comienza a hablar de la Bundesliga. Hay una inmensa presión sobre el club. Es natural porque, a excepción de nuestros seguidores más jóvenes, todos los que van al estadio vieron a este equipo ganar un título. Para ellos, la liga en la que jugamos se siente irreal”.

Esa presión genera una espiral de soluciones rápidas y reacciones bruscas. Los entrenadores, los directores y las ideas van y vienen, pero ninguna estrategia se mantiene hasta su conclusión, a ninguna se le da una oportunidad real de tener éxito.

“El personal ha visto muchos cambios”, dijo Thomas Hitzlsperger, quien jugó en el Stuttgart y ahora, a los 38 años, es el director ejecutivo de ese club. “No hay constancia. Es el único club de una gran ciudad. Los fanáticos se frustran rápidamente. Aquí tenemos a Bosch, Porsche y Daimler. Esperan ver lo mejor. El club no ha tenido paciencia para crear un plan y ejecutarlo”.

Al mismo tiempo, hay una resistencia hacia las nuevas formas de pensar, una tendencia a dormirse en los laureles de la tradición. Hitzlsperger señaló, incluso antes de convertirse en director ejecutivo, lo lento que era el Stuttgart; persuadió a la directiva del club para que le diera el control prometiendo que lo ayudaría a ser más moderno. En una entrevista, habló de que el Stuttgart todavía podía estar “orgulloso de su historia”, pero necesitaba aprender a ser un “club del siglo XXI”.

El contraste obvio, por supuesto, es con el Leipzig y el Hoffenheim: dos clubes fundados en las últimas dos décadas. Se trata de equipos cuya identidad está ligada a la modernidad. Pero esos no son los únicos puntos de referencia para la afectada clase media alta de Alemania.

“El Mainz y el Friburgo no son clubes de gran estatus, pero son asiduos en la Bundesliga”, dijo Jonas Boldt, director deportivo del Hamburgo, un club que puede ser considerado como el mayor ejemplo de una potencia caída en el fútbol europeo.

El Hamburgo, el legendario “dinosaurio” del fútbol alemán —llamado así porque nunca había descendido— que también fue campeón de Europa, finalmente salió de la máxima categoría alemana en 2018. Su descenso podría verse como el momento en que el nuevo orden finalmente derrocó al viejo, cuando la clase media tradicional del fútbol europeo dio paso a una generación más joven, no solo de equipos, sino de ideas.

Su decadencia, a ojos de Boldt, fue la conclusión no solo de un “círculo vicioso” de malas decisiones, sino una señal de que el club se había vuelto demasiado autocomplaciente, demasiado conforme con recordar con nostalgia lo que alguna vez fue. “La tradición y el romance son importantes”, dijo. “Pero hay que trabajar con profesionalidad para tratar de desarrollar algo”.

c.2020 The New York Times Company



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