La inminente tormenta del fútbol

Por Rory Smith

Las puertas cerradas podría ser el menor de los problemas que le esperan a la Premier League (Craig Brough/Action Images, via Reuters)
Las puertas cerradas podría ser el menor de los problemas que le esperan a la Premier League (Craig Brough/Action Images, via Reuters)

A primera vista, el problema es evidente, y es el dinero. El fútbol, en sus niveles de élite, está inundado de dinero: contratos para transmisiones de partidos, acuerdos de patrocinio y entretenimiento corporativo, todo filtrándose por las ligas y los clubes hasta llegar a las manos de los jugadores, directivos y agentes.

Particularmente en la Premier League, muchos han engordado con ese dinero, y ahora que se ha cortado el suministro, nadie quiere pasar hambre. Semanas después de que los juegos fueron cancelados y la temporada fue suspendida por la pandemia del coronavirus, mucho después de que la plantilla del Barcelona aceptara renunciar al 70 por ciento de su salario, de que los jugadores de la Juventus aplazaran sus pagos varios meses, los jugadores en Inglaterra todavía no han acordado diferir o renunciar a sus sueldos.

Hasta el 2 de abril, su sindicato —Professional Footballers’ Association— seguía en intensas negociaciones con la Premier League, la Football League y la Football Association, intentando llegar a un acuerdo. La Premier League les había informado a sus clubes que quería que actuaran al unísono; no quería que nadie tomara decisiones unilateralmente.

Al mismo tiempo, así como en Estados Unidos y otros países, cientos de miles de personas en el resto de la economía del Reino Unido llenaban solicitudes para obtener subsidios por desempleo. Esta fue apenas la primera oleada de la crisis económica causada por el coronavirus y la clausura de pueblos y ciudades alrededor del mundo.

Mientras tanto, al menos cuatro clubes de la Premier League han decidido colocar a gran parte de su personal (no jugadores) bajo el plan gubernamental actual de licencia: Norwich City, Newcastle United, Bournemouth y Tottenham Hotspur. Otros seguirán el ejemplo, entre ellos quizás algunos de los equipos más ricos. Esos equipos, que tienen planeado gastar cientos de millones de dólares en el mercado de fichajes de este verano, están hoy aprovechándose de los programas gubernamentales de apoyo para pagarles a sus empleados.

Dos semanas después de anunciar que el Tottenham alcanzó un récord de recaudación, su presidente David Levy comunicó la licencia de cientos de empleados del club (Eddie Keogh/Reuters)
Dos semanas después de anunciar que el Tottenham alcanzó un récord de recaudación, su presidente David Levy comunicó la licencia de cientos de empleados del club (Eddie Keogh/Reuters)

No ha pasado ni un mes desde que la Premier League todavía realizaba sus actividades con normalidad. No ha pasado ni un mes desde la última vez que estos equipos, respaldados por multimillonarios, jugaron un encuentro. Las compañías que transmiten fútbol inglés todavía no se han negado —como sí lo han hecho dos cadenas en Francia— a pagar la parte más reciente de sus acuerdos sobre los derechos de transmisión. Al parecer, aquellos que actúan en nombre de los jugadores están sorprendidos de que la liga más rica del mundo haya alegado estar en la pobreza tan rápido.

Desde afuera, es una situación ligeramente obscena. El fútbol, por supuesto, se convierte en un saco de boxeo conveniente en momentos como este, en un espejo oculto en el armario de una sociedad reacia a enfrentar sus desigualdades. Los políticos, que nunca pierden la oportunidad para emitir juicios morales sobre los futbolistas, no han parado de criticar lo desconectados de la realidad que están, lo mimados, lo voraces y lo abominablemente obsesionados con el dinero que están.

Sin embargo, la raíz del problema no es la plétora de dinero. El dinero es meramente una función del verdadero problema: la falta de confianza. Los jugadores no confían en los clubes porque creen que podrían intentar poner toda la carga en sus espaldas. Los clubes no confían en que los agentes de los jugadores —y por extensión, los jugadores— actúen honorablemente, por el bien común.

Además, e igual de importante, los clubes no se tienen confianza entre ellos. Esa es la razón por la que la Premier League decretó que, cualquiera que sea la medida a tomar, debe ser asumida por todos. Incluso en tiempos normales, estas instituciones se miran unas a otras con recelo. Creen que sus rivales intentarán, de alguna manera, usar cualquier situación para obtener una ventaja competitiva. No están capacitados para la acción colectiva.

Esa falta de confianza impregna el juego. La FIFA, como reportó mi colega Tariq Panja esta semana, tiene planes de usar parte de sus vastas reservas monetarias como un fondo de emergencias al que los clubes puedan recurrir cuando más lo necesiten. Sin embargo, en privado, las autoridades temen que gran parte del dinero simplemente se esfume, pues temen que se diluya conforme pasa por las asociaciones nacionales o los agentes.

La FIFA, con Gianni Infantino, tiene planes de usar parte de sus vastas reservas monetarias como un fondo de emergencias al que los clubes puedan recurrir cuando más lo necesiten. (REUTERS/Yves Herman)
La FIFA, con Gianni Infantino, tiene planes de usar parte de sus vastas reservas monetarias como un fondo de emergencias al que los clubes puedan recurrir cuando más lo necesiten. (REUTERS/Yves Herman)

Lo mismo sucede con la UEFA. No confía plenamente en las ligas. Las ligas no se tienen confianza entre ellas. Algunas ni siquiera confían en sus clubes. Esta es la consecuencia final del razonamiento neoliberal puro que ha penetrado al fútbol: la idea de que cada uno vela nada más por sus intereses.

Esa convicción está tan arraigada en el deporte —especialmente en Inglaterra, donde la Premier League ha sido diseñada siguiendo el thatcherismo más puro conocido por el hombre— que no puede dejarse a un lado fácilmente, ni siquiera en momentos como este. (El contraste con Alemania, donde se considera que los clubes son activos de la comunidad, es marcado. Allí, los jugadores han sacrificado sueldos y dinero de los equipos sin dar la impresión de que se los tuvieron que arrancar de las manos).

Pocos clubes, incluso los de élite, tienen enorme rentabilidad (ha sorprendido lo frágil que puede llegar a ser este ecosistema tan lucrativo). La pérdida de las ganancias de los días de los partidos —que empeora al tener que regresar una porción de los ingresos de la televisión— será suficiente para dejar a unos cuantos de esos clubes en números rojos. Unos cuantos niveles más abajo de los aristócratas del juego, los efectos serán mucho más graves.

Eso se traducirá en una contracción del mercado: no solo en los costos de las transferencias, sino también en los salarios de los jugadores y en las comisiones de los agentes. Los clubes podrán gastar menos y serán propensos a vender más, lo que bajará los precios. Los jugadores no podrán pedir el tipo de sueldos que podrían haber tenido antes. En algunos clubes, es posible que los jugadores tengan que asumir recortes en su salario solo para ayudar al equipo a absorber el golpe.

Pero recuerden que este es un mundo en el que los jugadores no confían en los clubes, los clubes no confían en los jugadores y los clubes no confían en otros clubes. Este es un mundo donde todos creen que el “sálvese quien pueda” es lo que manda, por lo que todos sienten que deben actuar de esa manera. Los jugadores no estarán dispuestos a sacrificarse si sienten que los clubes les están pasando la factura total. Los clubes estarán tentados a pagar por encima de sus posibilidades para poder seguir el ritmo a sus rivales. Para el fútbol, hay una segunda crisis acechando justo después de esta.

Se ha llegado a pensar en los últimos días que tal vez marzo de 2020 marcó el fin de la era dorada del fútbol, un periodo de 25 años durante el cual fue el mayor espectáculo del mundo, un fenómeno cultural con una escala sin precedentes, una cantera aparentemente sin fondo de dinero y glamour. No hubo confianza ni unidad ni espíritu colectivo en tiempos de abundancia. Podríamos estar a punto de descubrir qué sucederá en tiempos de necesidad.

(c) The New York Times 2020

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