Mientras China lidia con un misterioso brote de coronavirus que ha cobrado la vida de más de 490 personas y enfermado a miles, los 1400 millones de habitantes del país se preguntan cuál fue el error. (Jialun Deng/The New York Times)
Mientras China lidia con un misterioso brote de coronavirus que ha cobrado la vida de más de 490 personas y enfermado a miles, los 1400 millones de habitantes del país se preguntan cuál fue el error. (Jialun Deng/The New York Times)

El alcalde de Wuhan culpó a sus superiores. Un alto funcionario encargado de control sanitario les echó la culpa a las trabas de la burocracia. Un prestigioso experto gubernamental culpó a la sociedad: la gente, dijo, simplemente no entendió lo que él explicó.

Mientras China lidia con un misterioso brote de coronavirus que hasta el momento ha cobrado la vida de 490 personas y enfermado a miles, los 1400 millones de habitantes del país se preguntan cuál fue el error. Por su parte, los altos funcionarios están participando en una dinámica insólitamente franca de atribución de culpas.

Han sido tantos los funcionarios que han negado su responsabilidad que algunos usuarios de internet han bromeado que sienten que están viendo un juego de la papa caliente.

Esta ha sido una oportunidad excepcional para que la ciudadanía china observe el funcionamiento del sistema burocrático gigantesco e ininteligible de China o, más bien, cómo no funciona. Demasiados funcionarios se han vuelto sirvientes políticos del Partido Comunista, temerosos de tomar decisiones que puedan enfurecer a sus superiores, y demasiado desapegados y altaneros ante el público como para admitir sus errores y aprender de ellos.

“El problema más importante que este virus ha puesto de manifiesto es la inacción y el miedo a actuar por parte del gobierno local”, dijo Xu Kaizhen, autor de novelas éxitos de ventas que exploran el funcionamiento intrincado de la política burocrática de China.

“Bajo el yugo de la campaña anticorrupción, a la mayoría de la gente, incluidos los altos funcionarios del gobierno, solo le interesa proteger su propia reputación”, declaró Xu. “Nadie quiere ser el primero en alzar la voz. Esperan a que sus superiores tomen las decisiones y así solo les rinden cuentas a sus superiores y no al pueblo”.

El gobierno chino parece estar al tanto del problema. El 3 de febrero, la alta dirigencia del Partido Comunista reconoció en una reunión que la epidemia era “una prueba importante para el sistema y la capacidad de gobernanza de China”.

Cada vez más personas cuestionan las decisiones del gobierno a medida que China entra a un periodo de bloqueo para todo fin práctico. Mientras el virus se propagaba, los funcionarios de Wuhan y de otras partes del país ocultaron información crucial, le restaron importancia a la amenaza y reprendieron a los médicos que trataron de dar la señal de alarma. La reconstrucción de la ruta de contagio de la enfermedad que realizó The New York Times reveló que, al aplazar las advertencias, el gobierno chino perdió la ventana de tiempo que habría evitado que la enfermedad se convirtiera en una epidemia.

El brote ha socavado el mito de que las élites políticas chinas se ganan sus nombramientos y ascensos solo con base en el mérito. China ha publicitado este sistema como una innovación única y propia. Los países en desarrollo han enviado a miles de sus funcionarios de gobierno a China para estudiar su modelo de gobierno, un sistema político que ofrece seguridad y crecimiento a cambio de sumisión ante un poder autoritario.

Ahora la gente en China está cuestionando esa premisa. Y está enfocando mucha de su ira en Xi Jinping, el líder supremo de la nación y la persona a quien muchos culpan de crear una cultura de miedo y servilismo dentro del gobierno chino.

FOTO DE ARCHIVO: Vista de la calle después de que el gobierno de Wuhan anunciara la prohibición de vehículos no esenciales en el centro de la ciudad para contener el brote de coronavirus, en el segundo día del Año Nuevo Lunar chino, en Wuhan, provincia de Hubei, China, 26 de enero de 2020. (Cnsphoto vía REUTERS)
FOTO DE ARCHIVO: Vista de la calle después de que el gobierno de Wuhan anunciara la prohibición de vehículos no esenciales en el centro de la ciudad para contener el brote de coronavirus, en el segundo día del Año Nuevo Lunar chino, en Wuhan, provincia de Hubei, China, 26 de enero de 2020. (Cnsphoto vía REUTERS)

Pocas personas se atreven a desafiar abiertamente a Xi, por miedo a provocar a los censores o a la policía. Sin embargo, a raíz de que Xi ha desaparecido del ojo público a últimas fechas, algunos usuarios de redes sociales han comenzado a preguntar de manera eufemística: “¿Dónde está esa persona?”. También están haciendo publicaciones en línea y compartiendo fotografías de exdirigentes en los sitios de crisis pasadas.

En privado, los detractores dicen que, bajo el mando de Xi, el partido empezó a promover a cuadros políticos leales por encima de los tecnócratas: los expertos y administradores calificados que eran la columna vertebral de la burocracia china en las décadas de 1990 y 2000, que fue el periodo de crecimiento más rápido del país.

Esos funcionarios a menudo eran corruptos, pero incluso los críticos más férreos del partido en ocasiones admitían que sí hacían su trabajo. Liu Zhijun, exministro de Ferrocarriles, está cumpliendo una condena a perpetuidad en prisión por aceptar sobornos y por abuso de poder. También supervisó la creación del sistema ferroviario de alta velocidad de China, el cual mejoró enormemente la vida en el país.

El juego de las culpas en China nace, en parte, de la tensión entre los tecnócratas, quienes ocupan una gran cantidad de cargos en los centros para el control de enfermedades a nivel provincial y nacional, y las camarillas políticas: los alcaldes, los gobernadores, y los secretarios del partido en las provincias. El brote y la falta de transparencia indican que las camarillas políticas están ganando. De hecho, hasta los tecnócratas se están volviendo una camarilla porque ninguno de ellos tuvo el valor de decirle a la sociedad lo que sabía sobre el virus.

Zhou Xianwang, el alcalde de Wuhan, dijo que no reveló la magnitud y el peligro que implicaba la epidemia antes porque requería la autorización de sus superiores. Sin embargo, pudo haber hecho algo sin divulgar demasiada información, como decirles a los residentes que usaran cubrebocas, se lavaran las manos con frecuencia y evitaran las reuniones concurridas como el banquete de cena compartida al que asistieron más de 40.000 familias pocos días antes de que la ciudad de once millones de habitantes fuera puesta en cuarentena.

Cuando se empezaron a compartir fragmentos de información, estos eran ambiguos y confusos. En una serie de avisos publicados en línea entre el 31 de diciembre y el 17 de enero, los funcionarios locales revelaron que estaban atendiendo a pacientes con neumonía, pero no dijeron cuándo ni cuántos eran.

La Comisión Nacional de Salud, el organismo que tiene la autoridad de declarar una emergencia epidémica, no publicó su propio aviso sobre el brote sino hasta el 19 de enero. No obstante, el aviso prácticamente les regresaba la culpa a las autoridades locales. La primera frase citaba una regla que dicta que la comisión debe trabajar en conjunto con los funcionarios locales en labores de prevención de epidemias.

Un asesor superior del gobierno en materia de salud, Wang Guangfa, que le había asegurado al público que la enfermedad podía controlarse para luego contraerla él mismo, dijo en una entrevista tras su recuperación que en ese momento solo tenía acceso a información limitada. También defendió sus palabras y afirmó que el público en general las había “malinterpretado”, además de asegurar que la mayoría de los brotes de enfermedades infecciosas terminan por contenerse.

Un guardia verifica la temperatura de una mujer que ingresa a un centro comercial en Beijing el 3 de febrero de 2020. La capital china, como otras ciudades alejadas del centro de la epidemia, ha impuesto restricciones y ha cerrado los espacios públicos, tensando los lazos que unen a la sociedad. (Giulia Marchi / The New York Times)
Un guardia verifica la temperatura de una mujer que ingresa a un centro comercial en Beijing el 3 de febrero de 2020. La capital china, como otras ciudades alejadas del centro de la epidemia, ha impuesto restricciones y ha cerrado los espacios públicos, tensando los lazos que unen a la sociedad. (Giulia Marchi / The New York Times)

Los funcionarios locales no parecen contemplar a los lugareños en su lista de prioridades. En una entrevista en un programa de televisión del Estado, Ma Guoqiang, secretario del Partido Comunista en Wuhan, reconoció que los residentes de la ciudad “están un poco ansiosos y algo nerviosos” y dijo que movilizaría a todas las células del partido para tranquilizarlos.

“Pero la tranquilidad más importante”, agregó, “fue la otorgada por el secretario general del partido, Xi Jinping”.

En sus esfuerzos para contener la propagación, los gobiernos locales están demostrando ser más hábiles para aparentar que están trabajando que para encontrar una solución. Muchos de ellos ahora están encontrando maneras de rastrear e incluso expulsar a residentes de la provincia de Hubei a fin de evitar el contagio del coronavirus. Rastrear a individuos infectados que podrían propagar la enfermedad es una medida sensata, pero al castigarlos y perseguirlos se corre el riesgo de provocar que se oculten, lo cual dificultaría aún más la lucha contra el brote.

Tras la epidemia, la dirigencia china tendrá que castigar a unos cuantos funcionarios, a algunos de manera severa, para guardar las apariencias y recuperar algo de credibilidad. Sin embargo, quizá sea complicado para el Partido Comunista recuperar la confianza de las personas que están sufriendo las consecuencias de la epidemia y de la gobernanza deficiente.

“Sé que este país pronto volverá a ser una sociedad pacífica y próspera. Escucharemos a muchos gritar sobre lo orgullosos que están de su prosperidad y poder”, escribió un residente de Wuhan en el sitio de redes sociales Weibo. “Pero después de lo que he presenciado, me rehúso a ver los aplausos y los elogios”.

©2020 The New York Times Company