Un guardia revisa la temperatura de una mujer que ingresa a un centro comercial en Pekín, el 3 de febrero de 2020. (Giulia Marchi / The New York Times)
Un guardia revisa la temperatura de una mujer que ingresa a un centro comercial en Pekín, el 3 de febrero de 2020. (Giulia Marchi / The New York Times)

Las tiendas de Apple eran de los lugares más concurridos que seguían abiertos en Beijing después del brote del coronavirus, aunque los empleados les prohibían a los clientes probarse los relojes o AirPods.

Como siempre pasa, algunas personas se aventuraban a salir a las calles por necesidad. “Mi computadora portátil está dañada”, dijo una mujer. Para otros, estas tiendas eran un raro espacio de reunión comunal, un descanso del aislamiento, la ansiedad y el miedo que se han apoderado de la ciudad de 23 millones de habitantes desde que la epidemia surgió en China central.

Ahora las tiendas están cerradas, junto con los teatros, los museos, los cines, los templos, las barberías, las peluquerías, los bares de karaoke y casi todas las demáss tiendas y restaurantes. La Ciudad Prohibida ha cerrado “hasta nuevo aviso”, al igual que una sección popular de la Gran Muralla ubicada en las colinas ventosas e invernales del noreste, lejos de la congestión urbana.

Beijing no está sometida a un estricto bloqueo como el que las autoridades gubernamentales han instaurado en Wuhan y otras ciudades que se encuentran en el epicentro de la epidemia. Sin embargo, ha impuesto restricciones a prácticamente todos los aspectos cotidianos desde que el 24 de enero se declaró “el nivel más alto para una emergencia de salud pública”.

Esta suspensión en la práctica, aunque no haya sido declarada como tal, está ocurriendo en una ciudad tras otra en China, interrumpiendo la vida y creando imágenes distópicas de un país que, repentinamente, se ve despoblado.

Se han pegado volantes del gobierno de Beijing en tiendas y edificios de apartamentos, instando a que todas las personas tomen las precauciones necesarias. Se alentó a los residentes a evitar “lugares concurridos o reuniones públicas”, aunque la mayoría de ellos, incluidos los festivales que celebran el Año Nuevo Lunar, fueron cancelados de todos modos.

Muchas tiendas y centros comerciales han implementado revisiones de temperatura a todas las personas que ingresan. Algunos, incluido el local de Yves Saint Laurent en el exclusivo distrito comercial de Sanlitun, han puesto letreros que le niegan la entrada a cualquiera que no use tapabocas.

La sospecha se ha convertido en su propia forma de contagio. “Quédate allí”, advirtió un hombre que jugaba bádminton con su hija en el parque Chaoyang, ambos con tapabocas. “No te nos acerques”.

Al igual que la mayoría de las ciudades importantes, Beijing es un lugar donde los inmigrantes buscan una mejor forma de vida, pero ahora cualquier persona que no sea de la capital se ha enfrentado a una hostilidad abierta, en particular los que vienen de la provincia de Hubei, el epicentro del brote.

Algunos vecindarios han establecido por su cuenta puntos de control y puestos de guardia, con personal preparado para rechazar a quienes regresaran de las zonas infectadas después de las vacaciones del Año Nuevo Lunar.

Eso sucedió en Xifuheyuan, un complejo de apartamentos en el este de Beijing. Se colocaron carteles anunciando que cualquier persona que viniera de Hubei sería enviada a un hotel por 14 días de cuarentena. No estaba claro exactamente cómo los guardias del complejo pensaban garantizar el cumplimiento de esa medida, pero uno aseguró que las autoridades pagarían la factura.

“El partido es solidario”, dijo el guardia, que se negó a dar su nombre.

Cuando se corrió la voz de los puntos de control, el subsecretario general adjunto de Beijing, Chen Bei, se apresuró a anunciar el 1 de febrero que las autoridades no tolerarían a vigilantes clandestinos del virus.

Al mismo tiempo, los anuncios oficiales de la ciudad han alentado a cualquiera que haya visitado Hubei recientemente o que haya estado en contacto con alguna persona que estuvo allí a que “informe a las autoridades de su comunidad”.

Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades incluso enviaron mensajes de texto a los residentes que viajaban a la región infectada —aparentemente usando información de proveedores de servicios celulares— para que cumplieran con el confinamiento de Wuhan y no regresaran a Beijing. “¡Hemos estado preocupados por ti todo este tiempo!”, decía el texto.

Los residentes de Beijing que son originarios de Hubei (la ciudad natal de todos los ciudadanos aparece en su tarjeta de identificación nacional), se han enfrentado a preguntas incómodas sobre sus viajes o las visitas de familiares, con el pretexto de la salud pública.

Según el último recuento, la ciudad tenía 212 casos de coronavirus y una muerte, aunque esas cifras podrían aumentar. Un funcionario de la ciudad anunció el 3 de febrero que cinco trabajadores médicos del Hospital Fuxing habían sido infectados.

Todo parece indicar que la mayoría de los residentes de Beijing han aceptado el consejo oficial y simplemente se han quedado en casa.

La estrategia ha sido frenar el ajetreo de la enorme capital, la segunda ciudad más grande de China después de Shanghái y el corazón del Partido Comunista, y permanecer en un letargo extraño y poco característico. Los autobuses y trenes subterráneos siguen funcionando, pero están casi vacíos. El tráfico, que suele estar crónicamente congestionado, ha desaparecido.

Incluso los célebres repartidores de China, los frenéticos ciclistas y motociclistas que transportan alimentos y paquetes que han acelerado el auge del comercio electrónico en el país, han visto cómo su trabajo ha disminuido. Algunas compañías de entrega han ofrecido un servicio “sin contacto físico” para las entregas de alimentos, mientras que otras han enviado conductores con certificados donde se registran sus temperaturas.

Un conductor, Liu Chaohui, se quejó de que el trabajo había disminuido un 90 por ciento desde que comenzó el brote, desafiando la sabiduría convencional de que las personas atrapadas en sus hogares estarían ordenando alimentos.

“Voy a renunciar después de este mes si esto sigue así”, dijo.

En el Templo de la Tierra, un parque al norte de la Plaza Tiananmén, ya no se reúne el coro público que cantaba todas las mañanas. Tampoco se ven los grupos regulares de personas que hacen malabarismos con los pies, y los robustos jubilados que suelen ejercitarse con el equipo que está en la esquina noreste del parque.

En un día reciente, el único sonido que se escuchaba en el parque era un anuncio de altavoz que repetía los consejos publicados en los volantes sobre evitar lugares concurridos, abstenerse de escupir y lavarse las manos con frecuencia. Cualquier persona que ingrese a un parque debe, por decreto del gobierno, usar un tapabocas y dejar que le tomen la temperatura.

No muy lejos del Templo de la Tierra está el Templo Lama, el centro budista más importante de la ciudad, que está cerrado durante la que suele ser su temporada más concurrida.

Wang Haixia, una jubilada de 62 años, estuvo de guardia el 3 de febrero en una calle cercana. Ella era una de cientos de voluntarios —los cuales lucían brazaletes rojos que son considerados un símbolo de autoridad— que han respondido al llamado del Partido Comunista a colaborar en este momento de emergencia.

“Solo estamos supervisando el vecindario”, explicó, y agregó que ella y sus colegas llamarían a las autoridades locales cuando fuese necesario.

Nadie sabe cuándo todo volverá a la normalidad.

“Por supuesto que todos queremos que esto termine lo antes posible”, dijo Wang. “Nadie quiere vivir así”.

c.2020 The New York Times Company