Una mirada al Brexit desde el campo de fútbol

Por Allison McCann

Integrantes del equipo de fútbol femenino Leyton Orient conversan en el autobús mientras viajan a un juego en Londres el 13 de enero de 2020. (Mary Turner/The New York Times)
Integrantes del equipo de fútbol femenino Leyton Orient conversan en el autobús mientras viajan a un juego en Londres el 13 de enero de 2020. (Mary Turner/The New York Times)

PORTSMOUTH, Inglaterra — El autobús del equipo de fútbol femenino Leyton Orient puede llegar a ser sofocante. Más de una docena de jugadoras permanecen sentadas por horas, hombro con hombro, aburridas bajo luces azul fluorescente, y con temor de tener que usar el único baño disponible. Al menos hay té gratis.

La goleadora del equipo, Otesha Charles, ciudadana con doble nacionalidad de Guyana y el Reino Unido, es dueña de un salón de belleza en el sur de Londres y suele comer sándwiches de salmón de Sainsbury’s antes de los juegos. Cheryl Anderson, contadora y defensa de Escocia, es tan dulce y tiene una voz tan suave que puede ser impactante verla realizar una dura barrida. Las otras son profesoras, trabajadoras del servicio postal, abogadas y una conductora del metro de Londres.

Y luego estoy yo, una exatleta universitaria de Estados Unidos que aterrizó en Londres en enero pasado en un momento en que cada día se generaba otro vociferante titular sobre cómo el brexit había hecho pedazos el país.

“Tuvimos que seguir adelante antes de que el daño causado se volviera irreparable”, se lamentó un británico.

A primera vista, nuestro equipo es una fotografía instantánea del Reino Unido, con muchas de sus divisiones. Hay gente a favor y en contra del brexit. Hay inmigrantes de diferentes lugares del mundo, europeas trasplantadas y jugadoras de todas partes del país.

Durante los largos viajes en autobús hacia estadios sombríos, y gracias a las historias personales de mis compañeras de equipo, empecé a entender un poco mejor este país que escuchando a algún legislador gritón o a alguna cabeza parlante en la televisión.

Dos jugadoras conversaban sobre el deficiente financiamiento del gobierno a las escuelas estatales en donde enseñaban. Otra, que se había sometido a varias cirugías en la rodilla, enfatizaba la importancia del Servicio Nacional de Salud. Todas se quejaban de los retrasos en los trenes.

Algunas de las jugadoras europeas que quieren continuar viviendo y trabajando en el Reino Unido están haciendo todo lo necesario para asegurar su estatus permanente antes de que el brexit entre completamente en vigor a finales de este año.

El temor de que el brexit haya dividido al Reino Unido de forma irreparable es discutido con frecuencia por los analistas. Sin embargo, actividades como los deportes o ir a clubes de música y jardines comunitarios —los espacios “micropúblicos” de la vida cotidiana— pueden modificar la manera en que personas de diferentes procedencias o inclinaciones políticas piensan e interactúan unas con otras.

“La proximidad física, por sí sola, no aporta mucho”, dice Ash Amin, profesor de geografía de la Universidad de Cambridge. “Pero si las actividades compartidas perduran, entonces puede surgir la discusión política. Y los desacuerdos que existan tal vez no puedan quebrar el diálogo debido a la civilidad que surge al compartir una actividad y un espacio”.

Nuestras dos volantes centrales titulares son ejemplo de eso. Juegan juntas con fluidez, compartiendo pases de uno a dos toques con facilidad, pero fuera de la cancha son dos personas muy diferentes.

Fran Ali, una centrocampista de 26 años del este de Londres, trabaja como especialista en planificación para la red ferroviaria del Reino Unido. Dice haber votado por el brexit porque quería que su país tuviera más control sobre su futuro.

“No me meto mucho en política, no me malinterpretes”, dijo Ali más tarde en un pub repleto, de vuelta en Londres. “Pero mi razón principal para votar a favor de que nos saliéramos fue para que pudiéramos controlar nuestras leyes, nuestras fronteras y nuestro dinero”.

Su compañera en el mediocampo es Egle Trezzi, una fotógrafa de 31 años de las afueras de Milán que se mudó al Reino Unido hace más de una década y da clases en la Universidad Goldsmiths en Londres.

“Personalmente, creo que es una idea estúpida”, me dijo sobre el brexit mientras regresábamos a casa luego de un juego en enero, bajo uno de esos cielos que parecen que ocultarán el sol para siempre. “No lo apoyo, y pase lo que pase, será negativo”.

Fran dice recordar haberse burlado alguna vez de Egle por “ser una izquierdista”, pero asegura que nunca han peleado por política. “Respeto sus puntos de vista, y ella los míos”.

En un juego de enero contra Cambridge City, una ciudad universitaria que apoyó masivamente la opción de permanecer en la Unión Europea, el vestidor estaba cubierto de una fina capa de polvo. Un letrero pegado a la pared decía: “Por favor, no limpien sus botas en las duchas”. Las duchas solo tenían agua fría.

No teníamos entrenador ese día, por lo que las jugadoras empezamos a ayudarnos unas a otras a prepararnos para el juego: nos vendamos los tobillos, estiramos los músculos isquiotibiales, compartimos cualquier analgésico que tuviéramos.

“El fútbol es su propia forma de comunicación, y por lo general esa forma de comunicación no es verbal”, dijo Becca Hirst, de 23 años, quien creció jugando en Liverpool y votó contra el brexit.

Sin embargo, Hirst se pregunta si el fútbol por sí solo es suficiente para superar las diferencias reales. “¿Qué influencia tienen las personas que conoces jugando fútbol en tu política y tus acciones cotidianas, en tus sentimientos hacia otras personas?”.

La salida oficial del Reino Unido de la Unión Europea este 31 de enero fue mayormente simbólica. El periodo de transición durará hasta finales del año para dar tiempo a las negociaciones sobre comercio y otras relaciones.

Pero quizás una vez que el vínculo se rompa formalmente, las personas en ambos lados del brexit puedan reconciliarse.

“Hay personas en este equipo que votaron a favor y en contra del brexit, y eso no tuvo impacto en el espíritu de nuestro equipo ni en nuestras salidas fuera del fútbol”, dijo Sophie Le Marchand, jugadora de 31 años de Worcester que se desempeña como profesora. “No tuvo ningún impacto”.

*Copyright: 2020 The New York Times Company