Personal militar australiano entregaba dísel en la ciudad de Mallacoota, el sábado 11 de enero de 2020. (Asanka Brendon Ratnayake / The New York Times)
Personal militar australiano entregaba dísel en la ciudad de Mallacoota, el sábado 11 de enero de 2020. (Asanka Brendon Ratnayake / The New York Times)

MALLACOOTA, Australia — El avión militar volaba con fuerza sobre kilómetros de bosques carbonizados. Llevaba una carga vital: unos 2200 litros de combustible, para ayudar a restaurar la electricidad en una ciudad que quedó aislada del mundo.

En la superficie, los residentes se habían desesperado por ese recurso que repentinamente comenzó a escasear, y algunos estaban desahogando su frustración con los empleados de las estaciones de servicio que estaban obligados a racionarlo. Como su único camino de entrada estuvo bloqueado durante dos semanas por los árboles caídos y humeantes, Mallacoota, una ciudad playera que generalmente es tranquila, se había vuelto tensa debido a las dificultades que conlleva el aislamiento.

“La gente está comenzando a enojarse y se frustra por la falta de suministros, estamos atrapados aquí y todavía no tenemos electricidad”, dijo Tracey Hargreaves, propietaria de un café ubicado en la calle principal. Para mantener su negocio, ha tenido que servir leche de larga duración y preservar cuidadosamente sus pasteles. “Es surrealista”, dijo.

Las autoridades afirman que, desde que los incendios forestales comenzaron a devastar grandes extensiones de Australia a fines del año pasado, alrededor de una decena de comunidades se han aislado hasta cierto punto. Algunas lo están por completo y solo son accesibles por medio de aviones o helicópteros que han arrojado agua, comida, teléfonos satelitales e incluso zanahorias para los animales silvestres. En los caminos hacia otras poblaciones, arbolistas e ingenieros están trabajando en turnos de hasta catorce horas para eliminar los “árboles asesinos” que corren el riesgo de caerse.

La crisis, que ha dejado varados a miles de australianos, ejemplifica el creciente peligro de habitar en los bosques a medida que el cambio climático hace que los incendios forestales sean más frecuentes e intensos.

“Ahora que más personas viven en zonas de alto riesgo de incendios forestales, los servicios de emergencia han disminuido y el clima está cambiando rápidamente”, dijo Andrew Gissing, un experto en gestión de emergencias del Centro de Investigación Cooperativa de Incendios y Riesgos Naturales, una organización sin fines de lucro apoyada por el gobierno australiano.

“Las crisis futuras son inevitables”, afirmó. “Debemos considerar la posibilidad de tener una monstruosa temporada de incendios forestales, algo que nunca hemos visto”.

Una visión de ese futuro distópico ya llegó a Mallacoota donde las imágenes de miles de personas evacuando hacia una playa y un niño que llevaba a su familia hacia un lugar seguro, bajo los cielos color ámbar, centraron la atención mundial en los catastróficos incendios forestales de Australia que ya llevaban varios meses.

En tiempos normales, la ciudad, rodeada de exuberantes eucaliptos, es un paraíso para la vida silvestre, incluidos los canguros y los koalas. Tiene una cualidad mágica: muchas personas regresan año tras año para sus vacaciones de verano y, en la víspera de Año Nuevo, la gente suele darse un chapuzón en el lago, que se ilumina con microorganismos bioluminiscentes.

Pero este año, cuando se inició una nueva década, un infierno feroz se extendió por la comunidad, lo que destruyó hogares y cortó las líneas eléctricas. Cuatro días después, más de 1000 personas y sus mascotas abordaron barcos navales que los trasladaron hacia un lugar seguro en la costa. Muchos otros, residentes y turistas por igual, decidieron quedarse.

La ayuda ha llegado lentamente por aire y mar, en forma de agua, frutas y verduras frescas y, quizás lo más importante, combustible.

El fin de semana pasado, después de que el avión militar C-27J aterrizó en un pequeño aeropuerto, el personal de la fuerza aérea se reunió y llenó un recipiente gigantesco de dísel que trasladaron por la pista. Esta es la primera vez en la historia de Australia que los reservistas militares han sido convocados para responder a los incendios.

Por ahora, los suministros en Mallacoota siguen siendo limitados. El 12 de enero, la estación de servicio todavía restringía las ventas a unos 8 litros por persona, y solo para generadores, no para automóviles. Los vecinos sospechan que otros extraen combustible o lo desperdician en sus barcos. Se rumoraba que un camión había intentado atravesar la peligrosa carretera para entregar algunos, pero las autoridades lo obligaron a regresar.

En los últimos días, varios sectores de la comunidad se han conectado a grandes generadores. Pero muchas personas aún racionan la electricidad. Dicen que no han estado viendo mucha televisión, ocasionalmente se ponen al día con las noticias cuando leen los diarios o revisan sus teléfonos.

La mayoría no puede creer que su pequeño pueblo haya aparecido en los titulares de todo el mundo y se haya convertido en un símbolo de las esperanzas que muchos australianos tienen de una nueva política gubernamental ante el cambio climático.

“Después de que sucedió todo esto, escuchamos que estábamos en las noticias”, dijo Amy Preston, de 23 años, cuya familia dirige el Beachcomber Caravan Park, instalaciones que protegieron durante los incendios. Según Preston, ahora “Mallacoota está en el mapa”.

Aunque ya hay avances en la reconexión de las comunidades aisladas, quedan muchos desafíos por resolver. El mayor es despejar un tramo de carretera de unos 144 kilómetros desde Mallacoota hasta la ciudad de Orbost, en el sureste de Australia.

Darren McQuaid, un funcionario de Orbost, dijo que, entre los miles de kilómetros de carreteras de la zona, su equipo había logrado que solo una fracción de ellos estuvieran a salvo.

En las últimas semanas, las autoridades han advertido a los residentes sobre los peligros de tratar de salir de sus comunidades. Muchas personas que evacuaron antes de los incendios no pudieron regresar, algunas tratan de evaluar la devastación de sus hogares quemados.

Para el 12 de enero, el ejército había despejado las carreteras al norte de Mallacoota lo suficiente como para que algunos turistas y residentes salieran en un convoy de más de 60 automóviles, escoltados por camiones de bomberos y vehículos policiales.

Tanto los que se fueron, como los que se quedaron, dijeron sentirse seguros de que una nueva vida eventualmente brotaría del paisaje abrasado. Pero reconocieron que, algún día, los incendios podrían volver a causar destrozos y aislar a su comunidad.

*Copyright:c.2020 The New York Times Company