(Adriana Loureiro Fernandez/The New York Times)
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EL TUKUKO, Venezuela — Los choques constantes del reverendo Nelson Sandoval con los funcionarios socialistas, los rebeldes marxistas y los jefes tribales le han conseguido seguidores leales y enemigos resentidos en un pueblo indígena remoto y abandonado que se encuentra en la selva occidental de Venezuela.

Para algunos de los 3.500 residentes de la comunidad, es “el diablo”. En cambio, sus seguidores lo conocen como un “segundo padre”.

Los últimos quince años, Sandoval ha trabajado para llevar educación y atención médica al pueblo, El Tukuko.

Sus aliados aseguran que esto lo ha vuelto el principal salvavidas que mantiene a flote El Tukuko en medio de una crisis económica sin precedentes que azota Venezuela, lo cual enfatiza cómo en un país en desintegración la fortuna de comunidades enteras puede depender de individuos particulares.

Sin embargo, sus detractores “me dicen que iré al infierno”, comentó Sandoval, un jovial fraile capuchino de 49 años de edad con una afición por decir groserías. “Les digo que ya estoy viviendo en el infierno”.

Como la mayoría de la Venezuela rural, los siete años de crisis económica han devastado El Tukuko. La electricidad y las conexiones telefónicas son esporádicas. Abunda la desnutrición y la clínica estatal local no tiene medicamentos.

Debido a la ausencia de policías y militares, la circundante Serranía del Perijá, la cual se extiende hasta el país cercano de Colombia, ha quedado a cargo de los ladrones de ganado, los narcotraficantes y los rebeldes transfronterizos.

Sandoval culpa directamente al gobierno socialista de Venezuela (que lleva muchos años en el poder) de las condiciones nefastas del pueblo.

“Son una maldición que ha caído sobre nosotros”, opinó sobre el gobierno del presidente Nicolás Maduro. “Ellos viven como reyes mientras el pueblo come basura. Como cristiano, no puedo aceptar esa incongruencia”.

(Adriana Loureiro Fernandez/The New York Times)
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Durante el auge petrolero de la década de 2000, el gobierno central de Venezuela intentó debilitar el control que tenía la Iglesia católica romana sobre comunidades indígenas como esta, ofreciendo viviendas gratuitas y donativos en efectivo.

No obstante, a medida que el gobierno se ha retirado tras el colapso económico del país, la misión de Los Ángeles del Tukuko que supervisa Sandoval de nueva cuenta está asumiendo algunas de las funciones básicas del Estado.

Su inmenso papel recuerda el poder secular —y un legado contradictorio, sin duda— de la Iglesia en la época colonial latinoamericana, cuando el proselitismo propagó gérmenes mortales junto con la educación. Además, aunque la Iglesia evitó que los colonizadores españoles esclavizaran formalmente a las poblaciones indígenas, a menudo participó en su brutal explotación.

“Hay quienes dicen que la Iglesia es un parásito que se alimenta de las tierras indígenas”, comentó Sandoval en una entrevista que otorgó en la misión. “No tienen ni idea de todo lo que hemos hecho por estas personas”.

(Adriana Loureiro Fernandez/The New York Times)
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En diciembre, durante la visita de un reportero al pueblo, cuando Sandoval se paseaba por las calles sin pavimentar de El Tukuko, decoradas con varios nacimientos de paja y arcilla hechos en casa, lo detenía cualquier persona con la que se cruzara. Sin dinero para comprar decoraciones en una tienda, la mayoría de las familias fabrica árboles de Navidad improvisados con palos y tiras de envolturas de caramelos y de bolsas de plástico.

Cuando Sandoval se paseaba por el pueblo, con su grueso hábito color café, su abundante cabellera cana, la coronilla calva y un morral mediano, parecía un fraile Tuck de alguna adaptación de “Robin Hood”.

“¡Capuchino patume!”, le dijo al monje Luisa Pique, una jubilada, cuando pasó por ahí: “los capuchinos son buenos” en la lengua local yukpa. Como la mayoría de la gente del pueblo, Pique había estudiado y trabajado en la misión.

Aunque la mayoría del pueblo lo admira, las denuncias incesantes y apocalípticas de Sandoval en contra de Maduro —“Quienes se dedican a hacer daño son malos”, mencionó— han generado algunas duras críticas entre las eminencias locales.

Algunos jefes yukpa resienten su interferencia en asuntos que según ellos solo atañen a los indígenas; otros creen que su politización de los problemas del pueblo perjudica sus oportunidades para obtener recursos públicos.

(Adriana Loureiro Fernandez/The New York Times)
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Sandoval ha denunciado que el plan de los jefes yukpa locales para nombrar un líder general de la tribu es una conspiración del gobierno. También acusó a algunos jefes de robar suministros de alimentos subsidiados y ganado, por eso ha obtenido el apodo de “el diablo” entre la gente que los apoya.

“Se involucra en todas las discusiones”, mencionó Lusbi Portillo, un antropólogo venezolano y veterano activista indígena. “El trabajo de este hombre es ideológico, político”.

Sandoval nació en el pueblo ganadero y conservador de San José, ubicado más o menos a una hora de El Tukuko. Su madre fue maestra de escuela, su padre un milusos alcohólico.

Sandoval se pasó su juventud cuidando a su abuelo mientras su padre se embriagaba, una experiencia que le dio a conocer la dicha de la humildad, señaló. La violencia que provocaba el consumo de alcohol de su padre motivó a Sandoval a ingresar en el club juvenil católico que organizaban los frailes locales.

Durante los viajes de campo a la Serranía del Perijá, Sandoval descubrió la misión del Tukuko, un imponente edificio neocolonial de color azul ubicado en medio de profundas colinas verdes, y decidió dedicar su vida a trabajar ahí.

En la actualidad, la misión administra una escuela para 716 niños indígenas, donde a diario les brinda almuerzos nutritivos, una singularidad en el sistema educativo empobrecido de Venezuela. La escuela estatal cercana apenas tiene algunas decenas de estudiantes.

En la misión, viven unos 30 estudiantes de comunidades remotas o de hogares turbulentos, entre ellos varios huérfanos.

“Es como un segundo padre para mí”, mencionó Marvillo Sevogira, un miembro de 23 años de edad del grupo indígena bari, quien está en camino de convertirse en un ingeniero gracias a la beca universitaria que le consiguió Sandoval.

La misión del Tukuko y sus campos son por mucho la principal fuente de empleo en el pueblo, pues les da un ingreso a decenas de maestros, ayudantes de escuela y peones.

(Adriana Loureiro Fernandez/The New York Times)
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La misión tiene una reserva de medicinas que recibió de Naciones Unidas y de Caritas, una organización católica de beneficencia: un duro contraste con los estantes vacíos de la clínica local.

Este año, un programa nutricional que organizó Caritas con el apoyo de Sandoval ayudó a 105 niños y mujeres embarazadas a recuperarse de la desnutrición, de acuerdo con la organizadora de Caritas en el pueblo, Berta Moreno.

“Ha sido de gran ayuda para todo el mundo aquí”, comentó la enfermera del pueblo, Audio Morran.

Para Sandoval, el retiro del gobierno socialista de Maduro ha creado una nueva y más radical competencia por los corazones y las mentes de los yukpa. El colapso de la ley y el orden en Venezuela ha dado lugar a la expansión del Ejército de Liberación Nacional en la región, un grupo de guerrillas marxistas con base en Colombia.

Para obtener la venia indígena, las guerrillas, también conocidas como ELN, prometieron redistribuir las tierras privadas y expulsar a los “parásitos” que forman parte de la Iglesia.

Después de varios enfrentamientos verbales, ahora hay una tregua tensa entre la misión y los rebeldes, mencionó Sandoval.

“Soy un inconveniente para ellos y ellos no son mis amigos”, admitió Sandoval. “Pero no me tocan porque saben que tengo el apoyo de los indígenas”.

Sheyla Urdaneta colaboró con el reportaje desde Maracaibo, Venezuela.

*Copyright: 2020 The New York Times Company