Una foto que proporcionó la Oficina del líder supremo iraní donde aparece el general Qasem Soleimani en Teherán, Irán, en 2016. “Estamos cerca de ti, donde ni siquiera te lo puedes imaginar”, alguna vez le advirtió Soleimani a Estados Unidos. El jueves, 2 de enero de 2020, se informó sobre la muerte de Soleimani en un operativo aéreo en Bagdad (Oficina del líder supremo iraní vía The New York Times)
Una foto que proporcionó la Oficina del líder supremo iraní donde aparece el general Qasem Soleimani en Teherán, Irán, en 2016. “Estamos cerca de ti, donde ni siquiera te lo puedes imaginar”, alguna vez le advirtió Soleimani a Estados Unidos. El jueves, 2 de enero de 2020, se informó sobre la muerte de Soleimani en un operativo aéreo en Bagdad (Oficina del líder supremo iraní vía The New York Times)

EL ASESINATO DE QASEM SOLEIMANI ES UN SUCESO SÍSMICO EN EL MEDIO ORIENTE.

Más que cualquier otro operativo militar estadounidense desde la invasión de Irak, lo ocurrido ayer con el asesinato del general Qasem Soleimani, líder de la Fuerza Quds de Irán, parte de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica del país, es un suceso sísmico. No cabe duda de que los asesinatos de Osama bin Laden y Abu Bakr al-Baghdadi, los líderes de Al Qaeda y el Estado Islámico, fueron significativos, pero también fueron en buena parte simbólicos, porque sus organizaciones prácticamente estaban destruidas. Haber liquidado al arquitecto de una campaña activa de décadas de violencia por parte de la República Islámica en contra de Estados Unidos y sus aliados, en especial Israel, representa una sacudida tectónica para la política del Medio Oriente.

Para en verdad dimensionar la muerte de Soleimani, sirve entender el juego geopolítico al que le dedicó la vida. En Líbano, Soleimani convirtió a la versión libanesa de Hezbolá en el poderoso Estado dentro de un Estado que conocemos en la actualidad. Hezbolá, una organización terrorista que recibe su financiamiento, sus armas y sus órdenes de avanzar de Teherán, tiene un arsenal de misiles más grande que los de la mayoría de los países de la región. El éxito del grupo ha sido sorprendente, pues ha ayudado a consolidar la influencia de Irán no solo en Líbano, sino en zonas más lejanas del mundo árabe.

Al tomar como base esta experiencia exitosa, Soleimani pasó la última década reproduciendo el modelo de Hezbolá en Irak, Siria y Yemen, apoyando a las milicias locales por medio de armas de precisión y conocimiento táctico. En Siria, sus fuerzas se aliaron con Rusia para respaldar el régimen de Bashar al Asad, un proyecto que, en la práctica, ha dado como resultado la migración de más de diez millones de personas y el asesinato de más de medio millón. En Irak, como hemos visto en días recientes, las milicias de Soleimani pisotean las instituciones legítimas del Estado. Subieron al poder, claro está, después de participar en una insurgencia, de la cual él fue el arquitecto, en contra de las fuerzas estadounidenses y de la coalición. Cientos de soldados estadounidenses perdieron la vida frente a las armas que la Fuerza Quds les proporcionó a sus representantes iraquíes.

Soleimani construyó su imperio de milicias apostando a que Estados Unidos iba a evitar una confrontación directa. Esta maniobra sin duda pagó dividendos con el presidente Barack Obama, pero incluso parecía una apuesta segura con el presidente Trump, a pesar de su política manifiesta de “presión máxima”. Trump estaba presionando a Irán con sanciones económicas, y las manifestaciones populares en Irán, Irak y Líbano exacerbaban la tensión, pero Soleimani supuso que, a fin de cuentas, el control de sus activos militares iba a obtener la victoria final. Parecía que Trump temía quedar atrapado en una guerra. En resumen, Washington carecía de una estrategia en tierra.

En septiembre, Soleimani y sus colegas supuestamente aprovecharon la ventaja que tenían atacando un yacimiento petrolero de Arabia Saudita, un acto de guerra que no obtuvo respuesta. Después, orquestó ataques contra los estadounidenses a cargo de sus representantes iraníes. El gobierno de Trump había dejado claro que atacar estadounidenses equivalía cruzar una línea roja, pero Soleimani ya había escuchado otras amenazas de líderes pasados de Estados Unidos. Pensó que podía borrar la línea roja de Trump.

Su partida debilitará mucho más a Irán. Envalentonará a los rivales regionales del país —principalmente a Israel y Arabia Saudita— para que busquen consolidar sus intereses estratégicos con una mayor determinación. Asimismo, a los manifestantes de Irán, Líbano y, en especial, Irak, les inculcará la esperanza de que algún día arrebatarán el control de sus gobiernos de las garras de la República Islámica.

En Washington, la decisión de asesinar a Soleimani representa el último clavo en el ataúd de la estrategia de Obama para el Medio Oriente, la cual buscaba realinear los intereses de Estados Unidos con los de Irán. Para Obama, la búsqueda de un “modus vivendi” con Teherán nunca correspondió con la realidad del carácter fundamental y las ambiciones regionales de la República Islámica. En contraste, el presidente Trump se percató de que la meta de Teherán era remplazar a Estados Unidos como el actor principal en el Medio Oriente.

Si Estados Unidos quiere permanecer en el Medio Oriente, no tiene otra opción más que contener el poder militar de Irán en tierra. Como un presidente que fue elegido por una plataforma de paz y prosperidad, confrontar a Irán no fue una decisión fácil. Sin duda, Trump habría preferido negociar con Irán sobre su programa nuclear que ordenar el asesinato de su general más famoso. Sin embargo, el presidente se percató de que, para asegurar la posición de Estados Unidos en la región, se necesitaba una respuesta fuerte y visible frente a las escaladas de Soleimani.

De hecho, esta respuesta se esperaba desde hace tiempo. Sé por experiencia propia, como ex alto funcionario de la Casa Blanca y el Departamento de Defensa, que Estados Unidos tuvo varias oportunidades para asesinar a Soleimani, pero cada una de las veces decidió no hacerlo. Esta limitación no hizo que el mundo fuera más seguro. Tan solo le dio más tiempo a Soleimani para construir su imperio y, además, intensificó su mística de hombre con la capacidad casi sobrehumana de evadir la detección.

No fue ninguna sorpresa que quienes critican a Trump de inmediato lo acusaran de haber provocado a Irán sin necesidad, con el argumento de que el asesinato de Soleimani podría causar una guerra. Este análisis ignora el hecho de que Soleimani ha librado una guerra en contra de Estados Unidos desde hace años y estuvo involucrado de forma directa en la planeación de ataques.

El mundo en el que despertamos hoy, sin el terrorista más consagrado y mortal, es un mejor lugar. En ningún otro lado es más evidente esta percepción que a lo largo y ancho del Medio Oriente, donde hay individuos publicando videos de júbilo en redes sociales, en los que celebran la muerte del autor de tanta de su miseria. Todos deberíamos sumarnos a su júbilo y seguir aboliendo el legado homicida antiestadounidense de Soleimani, incluso aquellos que no sienten una afinidad particular por Trump.

*Copyright: 2020 The New York Times Company