Para una madre e hija en dificultades, un desalojo en la víspera de Año Nuevo trae confusión, valentía y gracia (ilustración: Brian Rea/NYT)
Para una madre e hija en dificultades, un desalojo en la víspera de Año Nuevo trae confusión, valentía y gracia (ilustración: Brian Rea/NYT)

Hace seis años, en una helada víspera de Año Nuevo, mi hija adolescente y yo, junto con nuestros dos gatos, nos quedamos sin casa. Justo antes de la medianoche, cerramos la puerta del que había sido nuestro hogar durante seis años y nos adentramos en la noche.

Esto sucedió en Middleton, Wisconsin, al oeste de Madison. Mientras los demás habían pasado el día preparándose para recibir el año nuevo, Kristil y yo nos habíamos dedicado a llevar nuestras pertenencias del departamento ubicado en Patty Lane a una bodega.

Habíamos planeado quedarnos con mis hermanos gemelos hasta que pudiera saber qué haría después, pero ese acuerdo, preocupante desde el inicio debido a la volatilidad de uno de mis hermanos, se acabó poco después de que llegamos cuando este se enojó y nos echó de la casa. Kristil y yo nos quedamos en la escalera aferradas a nuestros gatos y nuestras pertenencias.

“¿Ahora qué?”, preguntó Kristil.

No sé”, respondí, y sentí como si el frágil andamiaje que nos había estado sosteniendo se hubiese venido abajo por completo.

Casi veinte años antes, cuando me embaracé, mi mayor temor era que fallaría como madre. Había aprendido en una clase de sociología que los hijos de padres solteros nacen con grandes desventajas: era menos probable que se graduaran de la preparatoria y más probable que se embarazaran en la adolescencia, además de tener mayores índices de consumo de drogas y alcohol e índices significativamente menores de asistencia a la universidad.

Había sido realmente difícil, pero no le había fallado a mi hija. Había trabajado sin parar para mantenernos a flote. El padre de Kristil, un hombre con carisma pero problemático que había pasado la mayor parte de la infancia de su hija entrando y saliendo de la cárcel por robo y otros delitos, había contribuido poco con los gastos del hogar. Mis demás familiares tampoco estaban en una postura que les permitiera ayudar.

Kristil, una niña birracial introvertida y amante de los libros, era víctima de acoso escolar, y el hecho de que tuviéramos que mudarnos tantas veces, debido a que yo cambiaba de empleo, no ayudaba, como tampoco ayudaban nuestras visitas frecuentes a prisión para ver a su padre, pues la dejaban sintiéndose asustada, confundida y resentida.

No obstante, trataba de compensar mi falta de poder adquisitivo con amor y determinación. Juré usar toda la fuerza, la inteligencia y los recursos a mi alcance para para revertir los pronósticos de lo que le esperaba. Y durante años me pareció que todo estaba funcionando. A Kristil le iba muy bien en la escuela. Nuestras difíciles circunstancias financieras —y las sombrías lecciones del encarcelamiento de su padre— parecían motivarla.

Durante el primer año de preparatoria, Kristil anunció que quería asistir a una universidad de alto nivel y comenzó a indagar qué necesitaba para ser aceptada en una escuela como esa. Descubrí que la Universidad de Wisconsin sería una gran opción a la cual aspirar, pero Kristil tenía ambiciones más elevadas.

El verano siguiente a su primer año de preparatoria, fuimos en auto a la biblioteca a recoger los libros que Kristil había reservado en préstamo. Nos encontramos con tres contenedores que tenían unos 60 libros, muchos de los cuales eran manuales de “cómo” obtener calificaciones de 10, dominar pruebas estandarizadas y lograr ingresar a escuelas de la Ivy League (Liga de la Hiedra).

En casa, Kristil acomodó los libros a lo largo de la pared de su habitación y luego elaboró un plan de lectura y estudio para el verano. Después, puso manos a la obra para comenzar su carrera preparatoriana. Leyó, escribió y estudió incansablemente, se unió a todos los clubes que pudo y fue la mejor en todo. Yo también hice mi parte: logré que hubiera un techo sobre nuestras cabezas, comida sobre la mesa y apoyé a Kristil en sus diversas actividades.

A mitad de su penúltimo año, justo cuando toda su planeación universitaria comenzaba a tomar impulso, las cosas comenzaron a venirse abajo. Primero, perdí mi empleo en una empresa local donde había estado haciendo trabajo administrativo. Unos meses después, mi madre murió de un cáncer que había padecido desde hacía dieciocho meses y, por último, el padre de Kristil, quien había salido de prisión y nos había estado mandando algo de dinero, regresó a la cárcel por cuarta ocasión, por robo domiciliario.

Salimos adelante con la ayuda financiera por desempleo y vendiendo lo que teníamos, pero no por mucho tiempo. En lugar de desesperarse, Kristil redobló sus esfuerzos académicos e hizo planes para solicitar el ingreso a treinta universidades, además de presentar los exámenes ACT y SAT una y otra vez e investigar sobre las becas existentes.

Durante el otoño de su último año de preparatoria, mientras nos hundíamos más en las deudas y ya no podíamos pagar la renta, ella optó por sus primeras opciones. Ya había acumulado suficientes créditos para graduarse anticipadamente de la preparatoria.

Entonces, el 5 de noviembre, recibimos la notificación de desalojo. Siete semanas después estábamos temblando en aquella escalera, preguntándonos a quién recurrir.

Llamé a quien normalmente nunca llamaría a medianoche: mi padre. Cuando contestó, rompí en llanto. Dijo que ayudaría a pagar una o dos noches en un hotel —eso era todo lo que podía hacer—, y hacia allá fuimos.

La mañana siguiente, desperté sintiéndome enferma al darme cuenta de que Kristil y yo no teníamos dónde vivir, ni idea de dónde íbamos a ir, ni tampoco contábamos con nadie que nos echara una mano. Kristil no dijo mucho, pero yo sabía que estaba aterrada.

“Todo va a estar bien, mamá”, dijo. “Ya pensaremos qué hacer”.

Sin embargo, era mi responsabilidad pensar qué hacer, no la de mi hija. Ella ya había hecho todo lo que había podido para cambiar su vida, encontrando esperanza y determinación en nuestra desventura. Como escribió en el ensayo de su solicitud de ingreso a la universidad: “Ver a mi madre luchar y esperar a que mi padre saliera de la cárcel, solo para luego verlo regresar, fue doloroso pero también inspirador; inspirador en el sentido de que me dio un motivo para luchar por una vida mejor, una razón para seguir intentándolo y un motivo para que me importara hacerlo”.

Solo necesitaba ayudarla a cruzar la línea de meta.

Ese invierno, mientras Kristil se preparaba y enviaba decenas de solicitudes de ingreso, dedicándole todo a cada una, pasamos de hoteles baratos a la casa de mi padre (a horas de distancia) y de ahí a rentar un lugar por un tiempo muy corto, hasta que llegamos al sótano de mi tía.

Una noche de esa primavera estábamos viendo libros en Barnes & Noble cuando Kristil dijo: “Fíjate que recibí un correo electrónico. Dice que quieren conocerme para hacerme una entrevista de admisión a la universidad”.

“¿Una entrevista?”, pregunté.

“Sí, de Yale”, contestó ella.

“¿Yale?”, pregunté.

Fue la primera de muchas entrevistas que le ofrecieron con funcionarios de admisiones de las universidades más importantes, y luego vino la bomba: la aceptaron con una beca completa en el Colegio Barnard de la Universidad de Columbia. Querían pagarle el viaje a Nueva York en avión para que conociera el campus universitario.

Mientras nos abrazamos, me solté a llorar, pero ella estaba tranquila e inalterable.

Meses después, cuando llegó el momento en que mi hija tenía que mudarse al dormitorio universitario, todavía vivíamos en el sótano de mi tía y seguíamos sin casa. Sin embargo, abordamos un vuelo al Aeropuerto La Guardia y pronto estuvimos frente a las puertas de Columbia en Broadway. Cuando llegó el momento en que los padres tenían que irse, yo no conseguía hacerlo.

“Tienes que tomar un avión”, me dijo Kristil. “No te preocupes, voy a estar bien”.

La primera en darse la vuelta para irse fue Kristil. Sabía que yo no lo haría. La observé entrar al campus y desaparecer.

Caminando por Broadway sola, jalando mi maleta, lloré. Me sentía aterrada, por mi hija, por mí misma, por la vida en general. ¿Y ahora qué haría ella? ¿Y qué iba a hacer yo? Seguí caminando con la cara cubierta de lágrimas.

De vuelta en Wisconsin, tenía muchas cosas qué hacer. Tendrían que pasar otros tres meses antes de que pudiera tener una casa de nuevo, casi un año después de que nos habían desalojado.

Cuatro años después, estaba de vuelta en Nueva York, esta vez para la graduación de Kristil. Luego de llegar al campus, me abrí paso entre la multitud mientras trataba de encontrar el rostro de mi pequeña.

Entonces la vi, caminaba hacia mí con un vestido negro y sandalias, con el cabello largo y ondulado amarrado con soltura. Me entregó un ramo de flores y me dijo: “Son para ti”. Eran unas peonias brillantes color de rosa.

Nunca había visto peonias antes ni tampoco había olido nada que despidiera un aroma tan dulce. Después las coloqué en un florero transparente en el alféizar de mi ventana. Desde entonces he aprendido que las peonias son plantas perennes; sin importar lo duro del invierno, florecen en todo su esplendor nuevamente en primavera.

Al día siguiente, Kristil se graduó en una ceremonia lluviosa en el jardín, seguida de una recepción en el departamento de Inglés y otro evento en el Radio City Music Hall. Una vez que todo terminó, fuimos al hotel y nos pareció surreal ver la ciudad en esas circunstancias tan distintas.

Todavía me duele recordar aquel año difícil, pero Kristil no muestra ningún signo de disminuir la velocidad. Ahora vive en Suecia, donde está cursando una maestría, pero regresará a Wisconsin para la víspera de Año Nuevo.

Nos compré pijamas iguales que probablemente usaremos mientras vemos la fiesta de Año Nuevo en Times Square en la televisión. En una casa que es nuestra.

©2019 The New York Times Company