El humo surge de los incendios más allá del ganado en una granja cerca de União Bandeirantes, en el estado brasileño de Rondônia, en septiembre de 2019 (Victor Moriyama/The New York Times)
El humo surge de los incendios más allá del ganado en una granja cerca de União Bandeirantes, en el estado brasileño de Rondônia, en septiembre de 2019 (Victor Moriyama/The New York Times)

RÍO DE JANEIRO — Cuando se dispersó el humo, la Amazonia pudo volver a respirar con facilidad.

Durante meses, se cernieron nubes negras sobre el bosque tropical mientras las cuadrillas de trabajadores lo quemaban y talaban. Cuando llegó la temporada de lluvias, esta le dio un respiro a la selva y al mundo una imagen más clara del daño sufrido.

La imagen que apareció no fue nada alentadora: la Agencia Espacial de Brasil informó que en un año habían arrasado con más de 958.000 hectáreas de la Amazonia, una extensión de selva casi del tamaño de Líbano que se ha extirpada del bosque tropical más grande del mundo.

Fue la pérdida más grande de bosque tropical en Brasil que se ha visto en una década y una prueba clara de lo mal que le ha ido a la Amazonia, que es una defensa importante contra el calentamiento global, durante el primer año de mandato del presidente Jair Bolsonaro en Brasil.

El dirigente ha prometido abrir el bosque tropical a la industria y disminuir su protección, y su gobierno ha cumplido, recortando fondos y personal para socavar la aplicación de las leyes ambientales. En ausencia de agentes federales, han llegado oleadas de madereros, ganaderos y mineros envalentonados por el presidente y deseosos de satisfacer la demanda global.

La deforestación aumentó casi un 30 por ciento en comparación con el año anterior.

“Eso confirma que la Amazonia está totalmente desprovista de ley”, dijo acerca de los datos Carlos Nobre, climatólogo de la Universidad de São Paulo. “Los delincuentes del medioambiente se sienten cada vez más empoderados”.

Advirtió que tal vez la Amazonia pronto rebase un punto crítico y empiece a autodestruirse. “La eficacia en la aplicación de la ley ha llegado a su nivel más bajo en una década”, comentó. “Es una advertencia preocupante para el futuro”.

El gobierno de Bolsonaro en ocasiones ha aludido a la idea de combatir la tala ilegal, pero el presidente ha reafirmado su antigua postura de menosprecio a los trabajos de conservación. Alguna vez dijo que la política ambiental de Brasil estaba “asfixiando al país”; durante su campaña, prometió que ni un “centímetro cuadrado” de tierra se les asignaría a los indígenas; y el mes pasado, hizo caso omiso de los datos oficiales sobre la deforestación.

Su postura ha destacado en la línea divisoria de la Amazonia, donde el bosque tropical se transforma en terreno para el ganado, la soya y otros cultivos como parte de un proceso que puede ser opaco, en ocasiones ilegal y con frecuencia violento.

“La deforestación y los incendios siempre han sido un problema, pero esta es la primera vez que han ocurrido gracias al discurso y a las actividades del gobierno federal”, señaló Marina Silva, quien, como ministra del medioambiente a mediados de la primera década del siglo XXI adoptó medidas enérgicas contra las actividades ilegales en la Amazonia, lo cual contribuyó a que la deforestación se redujera un 83 por ciento de 2004 a 2012.

Alrededor del año 2014, Brasil empezó a caer en una profunda recesión y la deforestación comenzó a aumentar conforme los ganaderos y los leñadores buscaban tierras nuevas para explotar. La Amazonia, que durante siglos proporcionó árboles de caucho, minerales y tierra fértil, era el lugar evidente al cual recurrir.

La agroindustria, que siempre ha sido una fuerza en Brasil, adquirió todavía más poder económico y político: ahora, esta representa casi una cuarta parte del PIB del país, y la región de la Amazonia alberga granjas de soya, minas de oro y hierro, y ranchos que poseen más de 50 millones de cabezas de ganado.

Estas industrias encontraron un aliado en Bolsonaro, quien era un abogado de extrema derecha a favor de la empresa antes de postularse a la presidencia el año pasado. Según Silva, su gobierno “no está luchando por mantener una gestión medioambiental”.

La deforestación comenzó a aumentar antes de que Bolsonaro llegara al gobierno en enero. Algunos expertos temían que, para la época más extrema de la temporada seca en julio y agosto, los delincuentes madereros y ganaderos que incendian la tierra con el fin de prepararla para los cultivos y la pastura estuvieran quemando la Amazonia impunemente.

Sus incendios captaron la atención del mundo, en especial cuando se difundieron por internet las imágenes de las llamas en la selva, los árboles calcinados y el humo que oscurecía el cielo de São Paulo, la ciudad más grande de Brasil situada 3000 kilómetros al sureste del bosque tropical. Según las cifras del gobierno, se detectaron más de 80.000 incendios desde el comienzo del año.

Estos incendios provocaron una crisis diplomática importante para Bolsonaro, la cual lo enfrentó a una reacción violenta por parte de políticos, celebridades y la opinión pública a nivel global. Francia amenazó con frenar un acuerdo comercial importante, y Noruega y Alemania suspendieron sus contribuciones para proteger el bosque tropical.

Tras mantener una postura desafiante al principio, Bolsonaro movilizó al Ejército para combatir el fuego y emitió un decreto que prohibía las quemas en la Amazonia durante 60 días.

La furia llegó a tal extremo que a las empresas brasileñas les preocupó su posible impacto. “¿Se dañó nuestra imagen? Sí. ¿Podemos recuperarla? Sí. El gobierno tiene que adecuar su discurso a lo que el mundo desea”, comentó Blairo Maggi, un productor de soya multimillonario y exministro de agricultura conocido como el rey de la soya.

“Los agricultores, las asociaciones y la industria tienen que reconstruir lo que se ha perdido”, señaló. “Retrocedimos diez pasos; tendremos que trabajar para regresar a donde estábamos”.

La gente que trabaja la tierra ha expresado sentimientos encontrados acerca de la deforestación. Para algunos, los incendios son una doble amenaza que disemina un humo peligroso y destruye el bosque que siempre ha sido una fuente de sustento. Para otros, los incendios generan empleos muy necesarios que todavía son más valiosos dentro de la aletargada economía de Brasil.

La presión a la Amazonia también ha sido provocada por la demanda del extranjero. Cada año, Brasil exporta casi quince toneladas de soya, gran parte de ella a China, y más de 6000 millones de dólares en carne de res, más que cualquier otro país en la historia. De acuerdo con la Escuela de Silvicultura y Estudios Ambientales de Yale, las fincas ganaderas representan el 80 por ciento de la tierra deforestada en la Amazonia.

Se han impuesto multas de millones de dólares a las principales empresas de carne de res y soya por comprar materia prima procedente de tierras deforestadas de manera ilegal, pero ha resultado difícil hacer cumplir esas reglas.

*Copyright: 2019 The New York Times Company