El disidente cubano José Daniel Ferrer habla durante una rueda de prensa en Washington, DC, en junio de 2016 (Archivo. Martí Noticias)
El disidente cubano José Daniel Ferrer habla durante una rueda de prensa en Washington, DC, en junio de 2016 (Archivo. Martí Noticias)

Dos hombres, a 11.909 kilómetros de distancia entre sí, cada uno encarcelado recientemente. Uno es un disidente desde hace tiempo. El otro es —o era— un hombre apolítico que por casualidad resultó ser un blanco conveniente para un régimen al que le gusta tomar rehenes.

Ninguno sabe del otro. Están relacionados de manera indisoluble.

El primer hombre, José Daniel Ferrer, es fundador de la Unión Patriótica de Cuba, la organización disidente más grande de la isla. En 2003, lo sentenciaron a 25 años en prisión por exigir democracia, libertades civiles y amnistía. Cumplió ocho años en condiciones que describió, cuando lo conocí hace algunos años, como una serie de “terrores constantes”.

Indoblegable, regresó a su labor política. El 1.º de octubre, él y otros activistas fueron arrestados por agentes de seguridad cubanos. Durante semanas se desconoció su paradero. Después de que por fin permitieron que su esposa lo visitara cinco minutos, ella informó haber visto señales de tortura.

La semana pasada, Granma, el diario oficial del Partido Comunista, acusó a la Embajada de Estados Unidos en La Habana de “orientar y financiar los actos de José Daniel Ferrer, una clara muestra de interferencia en los asuntos internos de Cuba y una instigación abierta a la violencia”. Un adjunto de Ferrer me dijo que ha soportado un deterioro físico drástico y que se teme por su vida; se cree de manera generalizada que Oswaldo Payá, su mentor, fue asesinado por agentes estatales durante un accidente montado en 2012.

El segundo hombre vive en Terán, la capital iraní, un diseñador gráfico llamado Ali Alinejad. “El 24 de septiembre, alrededor de siete agentes de la unidad de inteligencia de las Guardias Revolucionarias entraron a su casa y se lo llevaron vendado y esposado, luego confiscaron su celular y su laptop”, me dijo hace poco Masih Alinejad, su hermana. “Eso lo hicieron en frente de su hija de 11 años”.

Ahora lo están reteniendo sin cargos en el ala 2A de la prisión Evin, donde la República Islámica aísla, interroga, atormenta y a veces tortura a sus prisioneros políticos.

Lo detuvieron para intimidar a su hermana, una periodista iraní que revela información delicada sobre el gobierno y ahora vive en Estados Unidos. En 2014 comenzó el movimiento en línea My Stealthy Freedom (“Mi libertad furtiva”), mediante el cual las mujeres iraníes publicaban imágenes sin hiyab. Ayudó a inspirar algunos de los actos más extraordinarios de valentía que se hayan visto en años; mujeres dispuestas a correr el riesgo de que las enviaran a prisión, y cosas peores, como una manera silenciosa pero franca de oponerse a la misoginia brutal que define a la República Islámica.

En julio, el Tribunal Revolucionario de Irán declaró que la periodista era el equivalente a un “gobierno hostil” debido a su trabajo. En agosto, seis mujeres fueron sentenciadas a un conjunto de 109 años en prisión por compartir videos relacionados con su campaña.

Y después Irán estalló este mes con las demostraciones masivas más grandes desde el Movimiento Verde de 2009. El régimen está asegurándose de culpar a las mujeres por sus problemas. “La televisora estatal transmitió un documental especial sobre las protestas para enfatizar la manera en que las mujeres estaban adoptando un papel de liderazgo en las manifestaciones; concluyó que esto se debe a que las asesoran fuerzas externas”, me dice Alinejad.

Ella proporciona una analogía reveladora. “En cuanto cayó el Muro de Berlín, el comunismo se acabó. En cuanto este muro de tela negra se elimine, la República Islámica y su ideología política desacreditada se habrá ido”.

Se dice fácil, pero no lo es. Desde La Habana hasta Terán (y Caracas, Venezuela, hasta Pionyang, Corea del Norte), las tiranías han podido sobrevivir a décadas de aislamiento y catástrofes autoinfligidas con una hábil mezcla de ideología, corrupción, una opción de salida para los inconformes, y una represión feroz de quienes exigen un cambio.

También ayuda que ambos regímenes tengan apologistas prominentes en el extranjero —la gente que cree que la atención médica de Cuba compensa 60 años de tiranía, o que las elecciones fraudulentas de Irán son un sustituto adecuado para la democracia genuina— junto con el número mucho más grande de personas que simplemente se muestran indiferentes a lo que hacen.

Sin embargo, las tiranías también tienen un punto débil fatal ante la conciencia moral. Es lo que les da a los disidentes su poder único, aunque sea frágil. “No tengo miedo de que me lleven a la cárcel”, le dijo su hermano a Alinejad en un video sorprendentemente poderoso que grabó poco antes de su arresto. “En el momento en que me arresten, alza la voz. …Sé fuerte y haz tu trabajo. Estás haciendo lo correcto”.

Esas son palabras que Ferrer reconocería inmediatamente como pronunciadas por un alma amiga. Andrei Sakharov, Liu Xiaobo y Nelson Mandela también las habrían reconocido. La lucha por la libertad es una sola. El sufrimiento de un disidente en un calabozo cubano no solo les importa a los cubanos. La lucha por los derechos de las mujeres en Irán le importa a cualquiera que se interese por los derechos humanos.

En cuanto a Estados Unidos, defender disidentes alguna vez desempeñó un papel unificador en una política extranjera bipartidista. La decisión renuente pero correcta que Donald Trump tomó esta semana para firmar un proyecto de ley con el fin de apoyar a los manifestantes de Hong Kong sugiere que esta tradición no ha muerto. Los disidentes merecen ese apoyo no solo debido a quiénes son, o lo que han sufrido, o la causa que encarnan, sino también porque posiblemente son nuestra arma más potente para socavar a nuestros enemigos.

Su causa no está perdida y jamás debe estarlo. En este fin de semana de Acción de Gracias, agradezcámosles a Ferrer, a los Alinejad y a todos los demás que encienden una luz de libertad en los rincones oscuros del mundo.

*Copyright: 2019 The New York Times Company