Estudiantes en el patio de la escuela bolivariana Augusto D'Aubeterre, en Boca de Uchire, Venezuela, 20 de octubre de 2019. La devastadora crisis económica de Venezuela está vaciando un sistema educativo que una vez fue el orgullo de la nación; aquí, los estudiantes que se desmayan de hambre se han convertido en algo común. (Adriana Loureiro Fernandez/The New York Times)
Estudiantes en el patio de la escuela bolivariana Augusto D'Aubeterre, en Boca de Uchire, Venezuela, 20 de octubre de 2019. La devastadora crisis económica de Venezuela está vaciando un sistema educativo que una vez fue el orgullo de la nación; aquí, los estudiantes que se desmayan de hambre se han convertido en algo común. (Adriana Loureiro Fernandez/The New York Times)

BOCA DE UCHIRE, Venezuela — Cientos de niños se presentaron en el patio de su colegio para escuchar a un obispo católico local liderar una oración por la educación.

“Oremos por los niños que están en las calles y no pueden ir al colegio”, dijo el obispo Jorge Quintero, dirigiéndose al liceo Augusto D’Aubeterre en el pueblo playero de Boca de Uchire, en una sofocante mañana de octubre. “Son muchos”.

Para cuando terminó la ceremonia de 15 minutos, cinco niños se habían desmayado y dos de ellos habían sido sacados de la escuela en una ambulancia.

Los desmayos en la escuela primaria se han convertido en episodios habituales, porque muchos estudiantes van a clases sin haber desayunado o incluso sin haber cenado la noche anterior. En otras escuelas, los niños quieren saber si ofrecerán algún tipo de comida antes de decidir ir.

“No se puede educar a un pueblo hambriento y esquelético”, dice Maira Marín, profesora y dirigente sindical en Boca de Uchire.

La devastadora crisis económica de seis años de Venezuela está socavando el sistema educativo, ese que alguna vez fue el orgullo de una nación rica en petróleo y que, durante varias décadas, fue el motor que hizo que el país fuese uno de los de mayor crecimiento en la región. En el pasado, estas escuelas y liceos les ofrecían a los niños, incluso en zonas remotas, una buena oportunidad para ingresar a las mejores universidades del país, las cuales a su vez les abrían las puertas a los mejores colegios de Estados Unidos y un lugar dentro de la élite venezolana.

El hambre es apenas uno de los muchos problemas que deterioran la situación actualmente. Millones de venezolanos han huido del país en años recientes, mermando por igual las filas de estudiantes y profesores. Muchos de los educadores que quedan se han alejado de la profesión, ya que sus sueldos han perdido casi todo su valor debido a años de hiperinflación implacable. En algunos lugares, apenas unos 100 estudiantes asisten a las escuelas que alguna vez educaron a miles.

Según expertos y profesores, el colapso del sistema educativo en Venezuela no solo está condenando a una generación entera a la pobreza, sino que amenaza con retroceder el desarrollo del país varias décadas y retrasar severamente su potencial crecimiento.

“Se está abandonando a una generación entera”, dice Luis Bravo, investigador educativo de la Universidad Central de Venezuela, en Caracas. “El sistema educativo actual no les está permitiendo a los niños convertirse en miembros valiosos de la sociedad”.

El gobierno dejó de publicar estadísticas educativas en 2014. Pero visitas a más de una docena de escuelas en cinco estados venezolanos y entrevistas con docenas de profesores y padres, indican que la asistencia se ha desplomado este año.

Muchas escuelas están cerrando, en la que alguna vez fue una nación próspera, a medida que niños desnutridos y profesores que no ganan casi nada, abandonan las aulas de clases para rasguñar algún sustento en las calles o huir al extranjero.

Esta es una inmensa vergüenza para el gobierno autoproclamado socialista, el cual ha predicado la inclusión social durante años. La situación marca un fuerte contraste respecto a países que los líderes venezolanos ven como modelos —Cuba y Rusia— los cuales han logrado proteger al sistema de educación primaria de los peores efectos de una recesión comparable que ocurrió en la década de 1990.

Los estudiantes venezolanos empezaron a abandonar la escuela poco después de que el presidente Nicolás Maduro llegara al poder en 2013. Una caída en el precio de la exportación principal del país, el petróleo, combinada con la inoportuna iniciativa de Maduro de intensificar los controles cambiarios y de precios, mandó a la economía a una recesión de la cual aún no ha podido salir.

Algunos niños venezolanos se están quedando en casa porque muchas escuelas han dejado de ofrecer alimentación o porque sus padres ya no pueden costear uniformes, útiles escolares o pasajes de autobús. Otros se han unido a sus padres en una de las más grandes crisis de desplazamiento del mundo: alrededor de 4 millones de venezolanos han huido del país desde 2015, de acuerdo con las Naciones Unidas.

De acuerdo con el Sindicato Venezolano de Maestros, miles de los 550.000 profesores del país no se presentaron a las aulas cuando las escuelas reabrieron en septiembre. Decidieron abandonar sus salarios de 8 dólares al mes para probar suerte en el extranjero o en las florecientes minas de oro ilegales de Venezuela.

En el estado más poblado de Venezuela, Zulia, hasta el 60 por ciento de alrededor de 65.000 profesores han desertado en los últimos años, de acuerdo con las estimaciones de Alexander Castro, director del sindicato local de educadores.

“Nos dicen que prefieren pintar uñas por unos pocos dólares que trabajar por el salario mínimo”, dice Castro.

Para mantener las operaciones de las escuelas, los profesores que quedan imparten todas las materias o combinan diferentes años escolares en una sola aula. Casi todas las escuelas de las 12 que se visitaron han reducido sus horarios laborales. Algunas abren solo durante uno o dos días a la semana.

En la localidad de Parmana, en los llanos centrales de Venezuela, solo 4 de los 150 estudiantes inscritos fueron a clases en octubre. Los cuatro estudiantes, de diferentes edades, se sentaron en el mismo salón deteriorado y sin electricidad, y practicaron desde el alfabeto hasta álgebra, mientras la única profesora que quedaba los intentaba motivar con una sonrisa abatida.

El resto de los niños de la localidad se ha ido a trabajar con sus padres en los campos y en los botes de pescar, para ayudar a alimentar a sus familias.

El mentor y predecesor de Maduro, Hugo Chávez, hizo de la expansión de la educación pública uno de los pilares de su popular campaña por el “socialismo del siglo XXI”.

Durante una década hasta 2013, el país logró aumentar las cifras de matriculación escolar de manera constante, gracias a generosos almuerzos escolares y donaciones de alimentos, útiles y dinero para los padres y los niños. Chávez construyó cientos de escuelas nuevas.

Sin embargo, las políticas populistas de Chávez se enfocaron más en la cantidad de estudiantes en los colegios que en la calidad de la educación. Luego, cuando las arcas del país se vaciaron, el progreso educativo de su gobierno se desmoronó.

Al mismo tiempo que la asistencia a clases se desplomaba, Maduro continuó afirmando que su gobierno estaba enfocado en invertir en la educación a pesar de la “brutal guerra económica” que estaban librando sus enemigos.

“En Venezuela, ni una sola escuela ha cerrado ni cerrará, ni un solo salón”, afirmó el presidente en un mensaje televisado en abril. “Nunca negaremos el acceso a la educación”.

Para aumentar la cantidad de profesores, Maduro prometió en agosto enviar miles de miembros jóvenes del partido gobernante a los salones de clases. Expertos en educación afirman que muy pocos de estos militantes sin formación añadirán algún valor pedagógico o se presentarán siquiera a las escuelas.

En Boca de Uchire, la familia Caruto ha dejado de enviar a sus nueve niños a la escuela de su localidad cuando el comedor no abre.

“No puedo enviarlos a clases con hambre”, dice José Luis Caruto, hombre desempleado de 36 años, padre de dos.

Su hermana, Yuxi Caruto, de 17 años, fue la última en la familia en abandonar la escuela, porque no podía pagar los pasajes de autobús. Intentó retomar los estudios en un centro comunitario local, pero sus profesores dejaron de ir tras dos semanas de clases.

Ahora pasa su tiempo cuidando a su hijo de un año.

“Quiero aprender matemáticas, y a leer y escribir rápidamente. Tengo miedo de que cuando mi hijo crezca y empiece a hacer preguntas, no sabré cómo responderle. Sin embargo, ahora ni siquiera tenemos suficiente para comer”.

*Copyright: 2019 The New York Times Company