Colin Kaepernick (REUTERS/Elijah Nouvelage)
Colin Kaepernick (REUTERS/Elijah Nouvelage)

Nos hablan de los males de la “cultura de la cancelación”, un nuevo flagelo que exige pureza, proscribe la disidencia y silencia el debate serio y razonado. Pero la cultura de la cancelación no es nueva. Un breve recuento de las filas ilustres y venerables de estadounidenses bloqueados y arruinados abarca a Sarah Good, Elijah Lovejoy, Ida B. Wells, Dalton Trumbo, Paul Robeson y las Dixie Chicks. ¿Acaso el Compromiso de 1877, que puso fin a la Reconstrucción, no fue una cancelación de las poblaciones de raza negra en el sur de Estados Unidos? ¿Acaso los campos de detención durante la Segunda Guerra Mundial no fueron un silenciamiento racista de los japoneses estadounidenses y una privación de sus derechos fundamentales?

Por tanto, cualquier evaluación seria de esta historia debe concluir que las actuales objeciones a la cultura de la cancelación no se refieren tanto al arma, sino al tipo de personas que ahora tratan de esgrimirla.

Hasta hace poco, la cancelación fluía exclusivamente hacia abajo, de los poderosos hacia los débiles. Pero ahora, en esta era de la libre expresión, en la que cualquier persona con una cuenta de Twitter o Facebook puede ser un editor, la proscripción se ha democratizado ostensiblemente. Esta realidad ha ocasionado una gran consternación. No pasa ni un día sin que a los estudiantes universitarios de Estados Unidos se les reproche por rechazar un plato de sushi mal servido o a los defensores de la violación de menores.

Hablando como alguien que ha sentido la ira incendiaria de Twitter, no dejo de sentir pena por aquellos que tienen pánico moral y temen que los niños no estén del todo bien. Pero es bueno recordar que, si bien cada generación cree que inventó el sexo, cada generación anterior se olvida de que antes creía lo mismo. Además, no todas las cancelaciones son iguales. Christine Blasey Ford, quien acusó a Brett Kavanaugh de abusar sexualmente de ella en sus audiencias de confirmación para la Corte Suprema, fue inundada con amenazas de muerte, obligada a abandonar su casa y orillada a la esconderse. Dave Chapelle, acusado de ser transfóbico, cobró un cheque de millones de dólares de Netflix por una serie de especiales de comedia en vivo y se sintió ofendido.

Sería bueno vivir en un mundo más tolerante, uno donde disentir del pensamiento colectivo no provocara el exilio y los errores ocasionales de las personas no se usaran como evidencia de lo que son. Pero si vamos a construir un mundo así, haríamos bien en dejar los actos ligeros de cancelación en el patio y la cafetería, y proceder a oficinas más ilustres.

La NFL es venerada en este país como un modelo de patriotismo y caballerosidad, una organización sagrada controlada por algunos de los hombres y las mujeres más acaudalados de Estados Unidos. Durante los últimos tres años, esa organización sagrada ha consolidado, con una eficiencia brutal, la cancelación de Colin Kaepernick. Esto es curioso, dado el libertinaje moral de la NFL; en varios ejemplos, la liga ha aceptado a maltratadores, pederastas y racistas declarados. Sin embargo, parece que el pecado de Kaepernick (negarse a ponerse de pie para el himno nacional) ofende la sensibilidad repentinamente delicada de la NFL. Y aunque no se debe subestimar la influencia de las etiquetas, la NFL tiene un poder diferente en sus manos: el poder del monopolio. En la práctica, la cancelación de Kaepernick le impide ganarse la vida con una habilidad que ha venido perfeccionando desde la infancia.

Es cierto que ha encontrado un empleo remunerado con Nike. Pero este consuelo es limitado, ya que los opositores de Kaepernick no solo están presentes en las salas de juntas y los palcos de propietarios, sino también en la Casa Blanca. “Cuando alguien le falta al respeto a nuestra bandera, ¿no les gustaría ver a alguno de esos dueños de la NFL decir: ‘Saquen a este hijo de [censurado] de la cancha en este instante’”, dijo el presidente Trump en 2017. Desde entonces, la NFL ha obedecido diligentemente.

Tal vez resulte impactante para algunos ver al presidente de Estados Unidos aprobar la cancelación de un jugador profesional de fútbol americano, así como respaldó la cancelación de Hillary Clinton (“¡Enciérrenla!”) y de Ilhan Omar (“¡Mándenla de regreso!”). Pero es precisamente este tipo de utilización caprichosa y parcial del poder institucional lo que ha dado a luz a la cultura de la cancelación que practican manifestantes en los campus y en internet. Sin embargo, mientras que la mala conducta de las instituciones de élite alguna vez estuvo oculta de la mirada pública, en la era de Donald Trump está totalmente al descubierto.

Un proceso aleccionador que comenzó con la transmisión de las golpizas propinadas a los manifestantes que marchaban por los derechos civiles en el puente Edmund Pettus en Selma en 1965 y que luego se aceleró con la brutalidad policial registrada contra Rodney King, ha alcanzado su cenit con las redes sociales, donde se compartieron las ejecuciones de Walter Scott, Laquan McDonald y Daniel Shaver.

El alarde que hizo Trump de haber abusado sexualmente de mujeres no le impidió en absoluto llegar a la Casa Blanca. La carrera de Roger Ailes como un ejecutivo de medios de comunicación no era más que una tapadera para su verdadera vocación: la coerción sexual. Bill Cosby, antes exaltado como el padre de Estados Unidos, fue desenmascarado como un violador serial.

La nueva cultura de la cancelación es producto de una generación nacida en un mundo que no oscurece los mitos, donde los grandes abusos, que alguna vez fueron solo insinuados, sospechados o susurrados en las esquinas, ahora se tuitean con toda franqueza. Ya nada es sagrado y, lo más importante, nada es legítimo, y menos aquellas instituciones encargadas de administrar la justicia. De esta forma, las multitudes hacen justicia por su cuenta.

Esto no es óptimo. Ahora parece que las opciones a elegir son construir instituciones igualitarias capaces de soportar el escrutinio público o sumergirnos más en una niebla de disimulo. La NFL ha optado por esta última opción. Primero vino la idea de que Kaepernick no era lo suficientemente bueno como para jugar en la liga. Cuando esta ficción se derrumbó bajo el peso de las lesiones y los trabajadores veteranos en las calles, la NFL evocó una distracción. Sin importar lo que uno piense sobre la asociación de Jay-Z con la liga, lo que logró fue la sustitución del nombre del comisionado de la NFL, Roger Goodell, con los titulares sobre Jay-Z.

Y luego, la semana pasada hubo una “prueba” acelerada, cuyos detalles siguen siendo turbios. Pero lo que siguió fue un debate sobre el comportamiento, la vestimenta y lo que tenía que decir Kaepernick. El debate ayudó a oscurecer este hecho central: en este mismo momento, un monopolio de billones de dólares le está negando a un trabajador el derecho a ejercer su oficio y está mintiendo al respecto.

Se ha dicho que Colin Kaepernick perdió su oportunidad, que no importaba lo torcido del trato, pues si realmente quisiera conseguir un trabajo, habría aceptado las demandas de la NFL. Pero Kaepernick no está luchando por un trabajo, está luchando contra la cancelación. Y su lucha no es solo suya, es la lucha de Major Taylor, Jack Johnson, Craig Hodges y Mohamed Alí.

No es una lucha por un empleo a cualquier precio. Es una lucha por un mundo en el que no se nos dispare ni se nos repudie porque a los dueños del capital, o a sus agentes, no les gusta nuestro comportamiento, nuestra vestimenta o lo que tenemos que decir.

(Ta-Nehisi Coates es el autor de “Between the World and Me” y, más recientemente, de “The Water Dancer”).

*Copyright: 2019 The New York Times Company