(iStock)
(iStock)

Uno de mis movimientos favoritos en el gimnasio es el llamado “paseo del granjero”. Consiste en agarrar dos pesas considerables —en mi caso, 43 kilogramos— en cada mano e intentar caminar con una postura firme y recta durante 30 a 60 segundos.

Una vez, mientras mis compañeros de entrenamiento y yo estábamos “paseando”, como le decimos a ese ejercicio, en nuestra sede local de YMCA, un señor mayor preguntó con entusiasmo, “¿Para qué es eso?”. Inmediatamente le expliqué que el “paseo del granjero” ejercita tu fuerza de agarre, núcleo, brazos, piernas e incluso el sistema cardiovascular. Es un ejercicio totalmente elegante para todo tu cuerpo. Sin embargo, el señor no quedó satisfecho con la explicación. “¿De qué sirve todo eso?”, exclamó, refiriéndose a las dos horas que dedico a mover pesas una y otra vez cada mañana del lunes, miércoles y viernes.

Es una buena pregunta. Los beneficios físicos y mentales del levantamiento de pesas están bien documentados. El entrenamiento con pesas puede ayudar a conservar la masa muscular y fuerza a medida que envejecemos, así como una mejor movilidad, al igual que salud metabólica y cardiovascular. Puede ayudar a aliviar o prevenir la depresión y la ansiedad además de fomentar la agudeza mental.

Y aun así, independientemente de la razón por la que alguien decide empezar a levantar pesas, la mayoría de las personas que conozco que se comprometieron con el deporte a largo plazo no lo hacen porque sea un medio para un fin. Para nosotros, levantar pesas se convierte en una práctica transformadora que debe ser realizada primordialmente por sí misma, y la consecuencia de ello es un efecto nutritivo para el alma.

El levantamiento de pesas ofrece a los participantes una oportunidad para buscar metas claras y cuantificables, con resultados que se pueden atribuir directamente a uno mismo. En su libro “Shop Class as Soulcraft,el filósofo Matthew Crawford escribe que “a pesar de la proliferación de estadísticas artificiales”, muchas actividades del mundo moderno sufren de “una falta de normas objetivas”. En el lugar de trabajo, por ejemplo, una labor bien realizada casi siempre depende de factores externos como las políticas de tu oficina, las opiniones de tus supervisores o el humor de tus clientes. En muchos deportes, los resultados están sujetos a cosas como el clima, el equipo, el arbitraje o el desempeño de tus compañeros.

Sin embargo, en la sala de pesas, están solo tú y la barra. O logras levantar el peso o no. Si lo logras, genial. Si no, sigues entrenando y lo vuelves a intentar. Algunos días sale bien, otros no. Pero con el tiempo, queda claro que lo que logras dar es proporcional al esfuerzo que realizas. Es tan simple y complicado como eso. Es una especie de franqueza directa y autosuficiente que da pie a una satisfacción inmensa, una sensación que te ayuda a dormir bien por las noches, porque sabes que hiciste algo real y concreto en el mundo.

Esto no significa que el progreso suceda rápidamente o que sea siempre lineal. La constancia y la paciencia son claves. Si intentas acelerar el proceso o forzar hazañas heroicas, terminarás inevitablemente haciéndote daño. El levantamiento de pesas, como muchas otras cosas en la vida, exige una presencia constante. Debes dar pasos pequeños y graduales que, sumados en el tiempo, conducen a grandes avances.

Te guste o no, siempre habrá periodos de estancamiento, los cuales en mi experiencia suelen suceder justo antes de un avance. Levantar pesas te enseña a aceptarlos, o al menos a reconocerlos. Este es un resultado importante, con consecuencias que van más allá del gimnasio. “En este mundo de soluciones rápidas, podría parecer radical”, escribió George Leonard, un pionero del movimiento del potencial humano en los años 60, “pero si quieres aprender algo significativo, realizar un cambio duradero en ti, debes estar dispuesto a pasar la mayoría de tu tiempo en un estancamiento. Debes estar dispuesto a seguir practicando incluso cuando parezca que no estás logrando nada”.

Es cierto que, desde afuera, el levantamiento de pesas puede verse aburrido y monótono: los mismos movimientos, las mismas pesas, las mismas personas en el mismo gimnasio. Pero una vez que te sumerges en el deporte, te das cuenta —y no solo de manera intelectual sino también en tus huesos— de que contiene los ingredientes esenciales para la prosperidad humana. La sabiduría perenne y décadas de investigación psicológica apuntan a tres necesidades básicas que, cuando son alcanzadas, permiten que las personas prosperen. El levantamiento de pesas ofrece íntegramente las tres:

—Autonomía: la habilidad de presionarse a uno mismo de manera independiente y tener control sobre las acciones propias.

—Dominio: una trayectoria clara y persistente de progreso directamente relacionada con los esfuerzos propios.

—Pertenencia: sentirse parte de una comunidad, estirpe o tradición que trabaja para lograr metas similares.

Ninguna de estas tres necesidades incluye lograr un resultado específico u obtener algún objeto brillante y luminoso que te alegre mágicamente, una ilusión que buscamos fuera del gimnasio todo el tiempo. El lado zen del levantamiento de pesas —la alegría, la satisfacción, el crecimiento y los callos logrados con esfuerzo— radica en el proceso, en el viaje. Es por eso que, si logras levantar un récord personal de peso, disfrutarás el momento, sin duda. Pero lo más probable es que regreses —a los mismos movimientos, mismas pesas, mismas personas en el mismo gimnasio— para tu próximo entrenamiento programado.

Hay un viejo proverbio oriental que dice: “Antes de lograr la iluminación, corta leña y carga agua. Después de lograr la iluminación, corta leña y carga agua”.

Es también un gran consejo para entrenar.

*Copyright: 2019 The New York Times Company