A demonstrator holding a Wiphala flag reacts in front of members of the security forces during clashes between supporters of former Bolivian President Evo Morales and the security forces, in La Paz, Bolivia November 15, 2019.REUTERS/Marco Bello
A demonstrator holding a Wiphala flag reacts in front of members of the security forces during clashes between supporters of former Bolivian President Evo Morales and the security forces, in La Paz, Bolivia November 15, 2019.REUTERS/Marco Bello

COCHABAMBA, Bolivia — En los días siguientes al derrocamiento de Evo Morales, el primer presidente indígena de Bolivia, las profundas tensiones étnicas históricas que han dividido al país se han desatado, lo que ha complicado los esfuerzos para sacar a Bolivia de la crisis política.

Morales, un defensor de los indígenas, ha sido remplazado por una presidenta interina de ascendencia europea, y los resentimientos han salido a la superficie. Oficiales de la policía han arrancado la insignia indígena de sus uniformes, manifestantes han quemado la bandera indígena y la presidenta interina, quien publicó tuits que muchos consideran racistas, inicialmente designó un gabinete sin un solo miembro indígena.

“Nos sentimos amenazados”, afirmó el miércoles por la noche Juan Acume, un campesino del pueblo indígena quechua, cerca de una barricada de una protesta compuesta de troncos de árboles y montículos de tierra en la carretera principal de Bolivia. “Ellos no nos representan. Nos desprecian a nosotros, los indígenas”.

Los casi 14 años de Morales en el poder representaron un avance para los tres cuartos de bolivianos que son de acendencia indígena o se identifican como miembros de algún grupo indígena. Sin embargo, Morales también reforzó su base de apoyo apelando de manera explícita a la identidad racial, algo que a muchos bolivianos les parecía amenazador y polarizante. Ahora que Morales ha conseguido asilo político en México, sus seguidores temen que se pierdan sus avances económicos y políticos ganados con tanto esfuerzo.

Sus miedos crecieron cuando este martes, Jeanine Áñez Chávez, una senadora de la oposición, rápidamente se autoproclamó presidenta interina del país, con la promesa de unir a la nación y convocar nuevas elecciones en enero. Pero el miércoles, cuando presentó a su gabinete provisional, no había ningún ministro, entre los 11 elegidos, que se identificara como miembro de alguna etnia indígena. Tras el clamor popular, Áñez designó a una mujer indígena como ministra de Culturas y Turismo cuando agregó más miembros al gabinete.

En años anteriores, Áñez había publicado mensajes provocadores en Twitter en los que se burlaba de la cultura de los pueblos indígenas, tildaba sus ritos religiosos de “satánicos” y llamaba a Morales “pobre indio”.

Áñez eliminó los tuits, pero después de que fueron difundidos ampliamente por las redes sociales. Sus tuits fueron complementados con una cascada de publicaciones racistas falsas atribuidas a Áñez pero propagadas por los simpatizantes de Morales, de acuerdo con el observatorio Bolivia Verifica, un grupo de monitoreo de medios.

Este viernes, en una rueda de prensa, Áñez denunció los tuits falsos y dijo que sus enemigos estaban difundiendo desinformación. Pero cuando se le preguntó si algunos de los tuits racistas atribuidos a ella eran reales, no respondió.

“Esta retórica de racismo y discriminación no es real”, afirmó, “y la rechazamos”.

En uno de los peores hechos violentos que han convulsionado Bolivia en las semanas recientes, el viernes por la tarde la policía disparó gas lacrimógeno y balas reales a simpatizantes indígenas de Morales que había intentado marchar hacia Cochabamba, una ciudad unos 400 kilómetros al este de La Paz. Al menos cinco personas murieron durante el episodio violento, de acuerdo con el representante en Cochabamba de la Defensoría del Pueblo de Bolivia.

Las tensiones entre la población indígena y la élite tradicional de ascendencia europea de Bolivia datan de la época colonial y se han venido acumulando bajo la superficie desde entonces.

Diego von Vacano, politólogo boliviano de la Universidad de Texas A&M, equiparó las relaciones raciales tradicionales en Bolivia con “el sistema del ‘apartheid’ de Sudáfrica, con las personas indígenas consideradas ciudadanos de segunda clase”.

“La importancia de Evo fue que llegó al poder y logró muchas cosas positivas para las personas indígenas”, afirmó.

Pero a medida que Morales empezó a perder el control del poder en los últimos tres años, “reforzó el apoyo de su base indígena recurriendo a la retórica de las distinciones raciales, la cual ha polarizado gran parte del país”, añadió Von Vacano.

Durante el tiempo que Morales estuvo en el cargo, el número de representantes indígenas en los ministerios y el Congreso creció, e incluyó a mujeres que vestían grandes faldas llamadas polleras, las cuales solían ser repudiadas en los espacios públicos.

Morales también redistribuyó las riquezas del gas natural del país a las comunidades indígenas, y lideró un renacimiento de la cocina, la música y la indumentaria tradicionales.

Introdujo la wiphala, una bandera multicolor que representa a los diversos grupos indígenas del país, y la designó bandera oficial junto con la bandera tradicional roja, verde y amarilla de la época de la independencia.

Estas políticas lo han convertido en el ídolo de muchos en las principales comunidades indígenas de Bolivia, los quechuas y los aimaras, que componen alrededor de un tercio de la población adulta del país, de acuerdo con el último censo.

Pero también han impulsado el resentimiento entre muchos bolivianos de ascendencia mixta o europea, así como de los grupos indígenas más pequeños del país, quienes acusan a Morales de favoritismo étnico y de explotar las diferencias raciales para su beneficio político.

Los críticos de Morales dicen que la fijación de su gobierno con un tipo particular de la diversa cultura indígena de Bolivia —las comunidades de agricultores de subsistencia de la sierra— oculta el creciente cosmopolitismo del país. El porcentaje de bolivianos que se han identificado como miembros de grupos indígenas cayó al 41 por ciento en el último censo, realizado en 2012, en comparación con el 62 por ciento de la década anterior.

“El racismo existe en Bolivia. Existió antes de Evo y nunca desaparecerá”, opinó Michelle Kieffer, una corredora de seguros, mientras sorbía un capuchino en un vecindario de clase media alta en la capital administrativa del país, La Paz.

“Si bien Evo inició un debate importante”, añadió, “también manipuló el tema racial y eso ha causado desunión. Ahora las personas de diferentes razas se miran unas a otras con recelo”.

Las fallas políticas de Bolivia son complejas; la raza a menudo se combina con divisiones ideológicas y regionales. Algunos líderes indígenas se distanciaron de Morales por denuncias de corrupción, en tanto que otros bolivianos que no son indígenas apoyaban sus políticas socialistas. Sin embargo, la brecha racial fue evidente la semana pasada, al comparar a las multitudes que marcharon a favor y en contra de Morales.

Estas divisiones están sacudiendo ciudades como Cochabamba, una capital regional diversa con unos 700.000 habitantes localizada en un alto valle andino rodeado por localidades en el campo donde la mayoría de la población habla quechua. Fue en Cochabamba donde, el viernes pasado, la decisión de un comando policial local de unirse a los manifestantes que estaban protestando por la polémica reelección de Morales impulsó un cambio de filas nacional de las fuerzas de seguridad.

Para los sublevados, el uso dual de las banderas nacionales era un símbolo de la desunión promovida por Morales.

“Nos hicieron creer que existían dos Bolivias, y nosotros siempre hemos creído que hay una sola”, dijo el coronel Miguel Mercado, comandante departamental de la policía de Santa Cruz, en una entrevista televisada. “Esa Bolivia nos tiene que proteger a todos”.

Pero para muchos de los indígenas de Bolivia, la profanación de la whipala fue un insulto grave que simbolizó el final de la igualdad de derechos que habían disfrutado bajo el mandato de Morales. El jueves, miles de agricultores de hoja de coca —principalmente quechuas— de Cochabamba bajaron a las afueras de la capital regional ondeando las dos banderas del país para exigir el regreso de Morales.

Morales ha alentado las crecientes tensiones culturales y raciales desde su exilio mexicano. En frecuentes conferencias de prensa y publicaciones de Twitter, ha llamado a sus oponentes “racistas y golpistas”.

Su mensaje fue replicado casi literalmente por sus simpatizantes en una protesta en Cochabamba este jueves. Muchos llevaban escudos y armas caseras para protegerse de un inminente ataque policial. El día anterior, al menos una persona había fallecido en los enfrentamientos entre manifestantes indígenas y la policía en una provincia cercana.

“Han quemado nuestra bandera y se han reído de nuestra cultura. Esto es racismo, esto es discriminación”, dijo Alfonso Coque, un campesino cocalero. “Daremos nuestras vidas por nuestros derechos”.

c.2019 The New York Times Company