Jennifer Finney Boylan (© 2019 Photo by Dan Haar)
Jennifer Finney Boylan (© 2019 Photo by Dan Haar)

(The New York Times) - El momento en el que me encontré encaramada en nuestro techo al amanecer, en pijama, cubriendo las tejas de asfalto con aceite picante estilo mongol, fue cuando me pregunté por primera vez si había perdido la perspectiva.

Los pájaros carpinteros me habían obligado. Cada mañana de aquel junio, una de esas criaturas había aterrizado en el techo justo afuera de la ventana de mi cuarto y había empezado a martillar: Rat-a-tatta-tat-tat. Una mañana, mientras yacía allí bajo la luz tenue del amanecer, pensé: “Vas a caer, Pájaro Loco”.

Antes de esto, había consultado a un buen amigo ornitólogo. Me aseguró que el pájaro carpintero solo estaba tratando de marcar su territorio, y que una vez que la temporada de apareamiento terminara, el ruido acabaría.

Pero los días pasaban, y la temporada de apareamiento no terminaba.

Entonces recurrí al aceite picante estilo mongol de House of Tsang. Mi teoría era que una vez que el Pájaro Loco se llenara el pico de aceite extra picante, tendría la oportunidad de reconsiderar algunas de sus decisiones recientes.

Mientras estaba en el techo con mi bata de baño puesta, cubriendo las tejas con el aceite picante, mi esposa se asomó por la ventana. “¿No has pensado en cómo te ves?”, me preguntó. “¿Esto es en serio?”.

No lo había pensado. Luego, cuando me enteré de que los pájaros carpinteros no tienen realmente los mismos receptores del gusto que los humanos, es decir que todo mi plan con el aceite picante estilo mongol había sido inútil desde su concepción, admito que todo el asunto me hizo reflexionar.

Pero en la tarde de ese mismo día, no tenía ninguna duda. Ahí estaba, llenando cuidadosamente el comedero de pájaros con el alimento especial para aves cantoras a fin de que comieran los carboneros y los pinzones locales. Porque esas aves, a diferencia de los pájaros carpinteros, eran mis amigas.

La pregunta acerca de cuáles animales son mis amigos y cuáles deben recibir una dosis de aceite picante, es problemática. Paso horas consintiendo a nuestra perra retriever de pelo liso, una criatura egocéntrica que pasa sus días descansando en los muebles y chapoteando en el inodoro. Recuérdenme de nuevo, por favor, ¿por qué la perra Chloe es mi amiga, pero las vacas y los cerdos, por nombrar otros dos seres vivos, pueden ser cortados en pedazos para ser disfrutados con salsa sriracha? ¿Por qué los jilgueros del verano son una fuente de alegría, pero las ardillas que se comen las semillas que pongo para las aves son mis peores enemigas?

Mi guerra contra los pájaros carpinteros no es nada comparada con la que tengo con las ardillas. A través de los años, he invertido en toda clase de comederos a prueba de ardillas, antes de finalmente dar con el Twirl-a-Squirrel, un dispositivo que detecta electrónicamente el momento en el que una ardilla brinca a un comedero de pájaros y empieza a hacer girar al comedero (y a la ardilla) a una velocidad suficiente como para, supuestamente, mandar a volar a la ardilla.

Es muy divertido ver en acción al Twirl-a-Squirrel, pero las ardillas de Maine son de casta resistente. En vez de salir volando, a menudo simplemente se aferran al comedero con una expresión de ¡Yupi!

Si consideramos nuestra relación con el mundo animal lo suficiente, es muy difícil evitar volverse vegetariano. Para ser honesta, la única razón por la que aún como hamburguesas con queso es debido a una falta de imaginación moral. Inspirada por mi mejor versión, he sido vegana en varios momentos de mi vida, pero siempre termino por recaer. Como bien lo dice John Travolta en “Pulp Fiction”, el tocino sabe bien. Las chuletas de cerdo saben bien.

Por supuesto, Samuel L. Jackson, en esa misma escena icónica, contesta, “Oye, a lo mejor las ratas de alcantarillas saben a tarta de calabaza, pero nunca lo sabré porque no me voy a comer a esas inmundas…”, bueno, ya saben el resto.

Una vez, una amiga me invitó a cenar a su casa. Cuando llegué a su apartamento, me encontré con que el lugar estaba dominado por una cacatúa muy activa en su jaula. La criatura pasó gran parte de la velada graznando y gorjeando desde una percha. El amor de mi amiga por Piolín era hermoso de presenciar. Cuando le comenté al respecto, simplemente me dijo: “Oh, él es parte de la familia”.

Luego nos sentamos a cenar. Pollo.

Entonces, ¿cuál es la moraleja? ¿La vida sencillamente es injusta y mientras más rápido entendamos esto, más infelices seremos? ¿Las cacatúas pueden cantar en una percha mientras los pollos terminan cocinados al vino? ¿Cocino a fuego lento las costillas de vaca con una salsa especial de comino y melaza, pero la perra, en ocasiones especiales, tiene permitido lucir su propio sombrero de vaquero hecho a la medida, con pequeños orificios en los bordes para sus orejas?

No estoy de acuerdo con las injusticias elementales de la vida. Pero vivir con contradicciones es algo que los humanos hemos aprendido a hacer. Los perros como Chloe, no. Ellos tienen una labor, que es hacernos sentir amados. Los perros son buenos para eso. Al parecer también las cacatúas.

Sin embargo, sí es extraño que el parámetro para decidir el destino de otros seres vivos sea cuán bien nos hacen sentir dichos animales. A veces hay que decidir algo de vida o muerte, no simplemente a quién le toca el alimento especial para aves cantoras y a quién el aceite picante. A veces, me temo que todo es por azar, que al final mi amistad con la perra Chloe sea solo el resultado de un capricho.

Sin embargo, “un perro tiene personalidad”, como bien lo dijo una vez Samuel L. Jackson. “La personalidad te hace llegar muy lejos”.

* (Jennifer Finney Boylan, columnista de opinión, es profesora de inglés en Barnard College. Es autora del libro de próxima publicación “Good Boy: My Life in Seven Dogs”).

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