Los cuatro de nosotros en Halloween. Angie, arriba a la izquierda, es marinero. Soy la Reina de Corazones, Charlie es un hombre lobo y Leo es un portero. (Elizabeth Stark / The New York Times)
Los cuatro de nosotros en Halloween. Angie, arriba a la izquierda, es marinero. Soy la Reina de Corazones, Charlie es un hombre lobo y Leo es un portero. (Elizabeth Stark / The New York Times)

“No me enojaré”, le dije a mi novio. “Entenderé. De verdad”.

“Pero no lo soy”, dijo.

“¿Estás seguro?”.

“No soy gay”, dijo, con una mirada que denotaba confusión.

“Bueno, solo digo que puedes contarme”.

Bryan y yo llevábamos dos meses juntos y a veces le hacía preguntas divertidas e interesantes como: “¿Estás satisfecho con la persona que eres? ¿Con tu cuerpo? ¿No hay nada que deba saber?”.

Me decía a mí misma que solo estaba siendo proactiva, haciendo las preguntas difíciles que mi madre debió haberle planteado a mi padre.

Hace siete años, cuando acababa de ingresar al bachillerato, mi padre me dio un chocolate caliente y un brownie y me dijo que me sentara con él en la mesa del comedor. Sacó tarjetas de su bolsillo y se las quedó mirando. Habló con titubeos. “Esta no es la persona que soy”, dijo.

Esto fue en 2003, doce años antes de que surgiera Caitlin Jenner y dos años antes de que Oprah entrevistara al aire a Jennifer Finney Boylan. Mi padre intentó explicarlo, que había nacido en el cuerpo equivocado, que se identificaba como mujer, que se había sentido de esta manera desde que tenía memoria.

Yo todavía no conocía la palabra transgénero, y mi padre todavía no lograba decir cualquiera de estas cosas de manera directa, así que no tenía idea de qué estaba hablando hasta que mi madre me lo hizo entender posteriormente ese día, al decir: “Papá siente que es una mujer”.

Esas palabras me dejaron bien clara la situación. Algo que cambia tu vida para siempre y de lo que no se puede escapar.

Han pasado dieciséis años desde ese momento y, con el tiempo, nuestra relación se ha fortalecido, transformado y recuperado. Nos hemos vuelto más cercanos. Pero ha habido consecuencias.

Cuando tenía 22 años, un amigo me presentó a Bryan. Nos reunimos para almorzar con algunos amigos en un pequeño local de sándwiches de una plaza comercial al aire libre. Habló mucho y se dirigió directamente a mí solo en una ocasión. Contó una historia de sus tiempos de bachillerato en la que, como una broma planeada con sus amigos, llegó a la casa de su maestro en bóxers negros y con cinta adhesiva de vinil alrededor del cuerpo para aparentar que había sido secuestrado.

Observando a mi madre de niña. (Leanne Milech / The New York Times)
Observando a mi madre de niña. (Leanne Milech / The New York Times)

Pensé que era un insensato; él pensó que yo era una esnob.

“Estabas tan callada”, dijo un año después. “Y nunca te quitaste tus gafas oscuras”.

“Era un día soleado”, dije. “Estábamos afuera”.

Nos abrazamos para despedirnos, un torpe intercambio en el que choqué con su pecho mientras sus brazos largos me envolvían, y en ese momento sentí como si las células y los órganos dentro de mí se voltearan. Mi cuerpo sabía algo que el resto de mí todavía ignoraba.

Le di mi número de teléfono.

Lo que nunca supe hasta que comencé a salir con Bryan fue el efecto que la transición de mi padre había tenido en mis relaciones románticas. Porque, hasta que conocí a Bryan, realmente no había tenido relaciones románticas.

Pensé que me había adaptado bien a la nueva realidad de mi familia. Había obtenido buenas calificaciones durante el divorcio de mis padres, nuestra mudanza de Minnesota a California y la transición de mi padre. No me automediqué con drogas o alcohol, hice exámenes AP y fui a la universidad. Me agradó la novia de mi padre y nos juntábamos todos en la época decembrina y disfrutábamos de juegos de mesa junto al árbol de Navidad. No hubo escenas dramáticas ni hubo confrontaciones como las que se veían en el programa de Jerry Springer.

No obstante, es difícil saber cómo te han afectado ese tipo de situaciones. Para mí, una consecuencia de la transición de mi padre que fue apareciendo poco a poco fue el miedo de que mi novio también tuviera un secreto.

Bryan no hizo nada que me hiciera temer que mantenía escondida alguna parte de su identidad, pero tampoco mi padre lo hizo.

Era difícil no analizar las posibilidades. ¿Adicciones? ¿Otras novias? ¿Identidad sexual? Los escenarios que parecían relacionados con el secreto de mi padre, esas cosas que rondan la intersección de identidad y género, eran las que me generaban más miedo y se sentían más posibles.

Sentía incertidumbre sobre la masculinidad de mi novio. ¿Era real? ¿Era suficiente? ¿Mi percepción de lo que hace a alguien un hombre estaba alterada por haberme criado con un padre que tenía que esconder su feminidad y demostrar su masculinidad?

Una foto de las primeras citas de uno de mis padres en la escuela secundaria. (Delaney Tarpey / The New York Times)
Una foto de las primeras citas de uno de mis padres en la escuela secundaria. (Delaney Tarpey / The New York Times)

Antes de que mi padre nos lo dijera, pensaba que la masculinidad se veía como béisbol en televisión, una Coors Lite en la mano, e ira e infelicidad al acecho por debajo de la superficie. Agrega un corte de cabello estilo militar, estoicismo y gritos frecuentes y, en mi opinión, mi padre personificaba la esencia de la masculinidad.

Todavía no sabía que la ira era un efecto secundario de la tensión provocada por la identidad asfixiada de mi padre, ni sabía que esa ira comenzaría a disiparse durante su transición. El corte militar y la Coors Lite se fueron también; los remplazó con cabello rubio largo, pero sin llegar a los hombros, y cervezas IPA. Ella conserva su amor por el béisbol.

Las demostraciones externas de género de mi novio eran diferentes. Se le hacía un nudo en la garganta durante escenas de sacrificio heroico y momentos conmovedores entre padres e hijos en las películas. Le encantaban los comerciales del Ejército de Estados Unidos. No tenía miedo de demostrar su afecto: abrazaba a sus amigos y no tenía reparos en decirles que los quería.

Tampoco tenía miedo de decir que me amaba.

En la oscuridad de un cine, segundos después del final de “Red social”, con su brazo a mi alrededor y mi hombro mojado con su sudor, me dijo por primera vez: “Te amo”.

Confundida, le dije: “¿Esto se relaciona con la película?”.

Con el tiempo, se volvió más fácil también para mí decirlo.

Entiendo por qué mi padre mantuvo su identidad oculta durante tantos años. Si ella no hubiera nacido en la década de los cincuenta y hubiera tenido padres y hermanos que lo aceptaran más, si la rigidez de los puntos de vista y las definiciones de género hubiera sido menor, si hubiera conocido el nombre de lo que sentía en ese entonces, tal vez las cosas habrían sido diferentes. Sin embargo, dadas las limitaciones de su situación, hizo lo que sintió que tenía que hacer: desempeñar el papel que le tocó. Lo hizo a la perfección, hasta que ya no pudo más.

Entiendo todo esto. Y puedo ver como la transición de mi padre la ayudó a convertirse en una persona mejor y más feliz. Grita menos, está menos enojada. Es más sencillo hablar con ella y nuestra relación es más fuerte. Apoyo su transición. Pero cuando uno de tus padres cambia de identidad de manera tan drástica, tan inesperada, también modifica algo en ti. Si las personas que amas pueden cambiar sus nombres, cuerpos e identidades, si las cosas que parecen inalterables pueden alterarse o incluso borrarse, ¿podemos tener algo por seguro? ¿Se puede creer en alguien?

El tiempo con Bryan era sencillo, su felicidad era contagiosa, pero dentro de nuestra relación yo albergaba un temor de que él también pudiera revelar un secreto que cambiara todo. La posibilidad siempre estaba ahí. Tener sospechas era para mí una cosa de todos los días. Tenía que esforzarme para evitar preguntarle a Bryan con demasiada frecuencia: “¿Estás seguro de que no hay algo que necesites decirme?”.

Deborah Copaken en su casa en Brooklyn, Nueva York, el 13 de septiembre de 2019. (Vincent Tullo / The New York Times)
Deborah Copaken en su casa en Brooklyn, Nueva York, el 13 de septiembre de 2019. (Vincent Tullo / The New York Times)

Durante una tormenta nocturna que cayó unos meses después de comenzar nuestra relación, nos acurrucamos bajo las cobijas en la cálida oscuridad de su recámara y escuchamos la lluvia y los truenos poco frecuentes en California. Me sentí tanto vulnerable como segura, llena de felicidad boyante y brillante. Sin embargo, seguramente esta felicidad no podía durar, pensé. No quería ir a casa. Él se sentía como mi hogar.

Bryan me pidió matrimonio en las montañas que rodean al lago Casitas. Se arrodilló en las rocas bañadas por el sol mientras yo estaba parada viendo el agua debajo de nosotros.

“Es una vista hermosa”, dije con una voz tranquila.

Una evolución personal puede suceder de maneras muy variadas. Para aquellos a nuestro alrededor, puede sentirse como una traición. El tipo de traición que puede conducir al enojo, sí, pero a un enojo que se mezcla con la compasión, el entendimiento y el amor. El tipo de traición que cambia tu vida y que, para mis padres, terminó en un divorcio amistoso.

Cuestionar a Bryan no me había dado paz. No había nada que él pudiera decir para calmar realmente mis temores. Algún día él quizá me diga un secreto. No hay manera de evitar que eso sea una posibilidad. Pero después de un tiempo, de cenas y películas, tardes y mañanas, comencé a darme cuenta de que podría aprender a vivir con esa posibilidad si eso significaba poder vivir a su lado.

El día que me pidió matrimonio en el lago Casitas, con suciedad y rocas debajo de nosotros, y Bryan ante mí, dije sí, con el conocimiento pleno de que algún día él podría llegar a contarme un secreto, de que las personas que amamos pueden cambiar y caminar por senderos en los que no los podemos acompañar y de que pueden cambiar nuestros planes, nuestras expectativas, nuestras creencias e incluso nuestros géneros.

Mis dudas se han disipado lentamente con el tiempo. Todavía siento en ocasiones esa necesidad de preguntar: “¿Hay algo que necesites decirme?”. Pero, más que nada, me siento asombrada por nuestra capacidad y voluntad para elegir estar juntos a pesar de lo desconocido, y a pesar de lo conocido.

Eso es amar a alguien. A alguien que es cambiante, inconstante e impredecible. Un ser humano exactamente como yo. Exactamente como mi padre.

(Danielle Marian Smith es una escritora en el sur de California).

c.2019 The New York Times Company