Marie Abner en su casa que fue parcialmente destruida en 2017 por el huracán Irma, en el vecindario de Sandy Ground en Saint-Martin. (Meghan Dhaliwal/The New York Times)
Marie Abner en su casa que fue parcialmente destruida en 2017 por el huracán Irma, en el vecindario de Sandy Ground en Saint-Martin. (Meghan Dhaliwal/The New York Times)

SAN MARTÍN, Antillas francesas — En medio de los escombros de lo que alguna vez fueron muebles y un techo se encontraban los restos de una casa vacacional: algunas chanclas, una novela romántica y una pelota flotando en las aguas pestilentes de una piscina pequeña.

En una visita reciente, parecía como si un bombardeo hubiera azotado a este pequeño búngalo y a otra docena de casitas cercanas, en similares condiciones ruinosas, en lo que era un apacible complejo vacacional situado en un mirador sobre el océano Atlántico.

Esta escena de destrucción total, como consecuencia de un huracán categoría cinco, no estaba en las islas Abaco ni en Gran Bahama, que fueron devastadas por Dorian el mes pasado. Este desastre se produjo en San Martín, una isla que recibió los embates directos del huracán Irma el 6 de septiembre de 2017 y donde, dos años después, la recuperación todavía está lejos de concluirse.

Ese huracán provocó daños con un costo de miles de millones de dólares en toda la isla de 8800 hectáreas, conocida como San Martín, que está dividida entre el territorio francés de Saint-Martin, con una población de alrededor de 32.000 habitantes, y Saint Maarten, un país mayormente autónomo dentro del Reino de los Países Bajos, con una población de aproximadamente 41.000 personas.

Inmediatamente después de que la tormenta azotó la isla, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, prometió una reconstrucción rápida de la parte francesa.

Dos años después del huracán Irma, todavía se pueden ver muchos edificios dañados en San Martín, el lado francés de la isla. (Meghan Dhaliwal/The New York Times)
Dos años después del huracán Irma, todavía se pueden ver muchos edificios dañados en San Martín, el lado francés de la isla. (Meghan Dhaliwal/The New York Times)

“Saint-Martin renacerá; lo prometo. Lo haremos rápido, lo haremos bien, y lo haremos mejor”, se comprometió Macron.

No obstante, la reconstrucción lenta, aunque constante, de Saint-Martin demuestra lo difícil que puede ser recobrarse de un huracán en una isla pequeña, con desafíos que van más allá del monto de los paquetes de ayuda financiera.

En San Martín, las preguntas más difíciles e incómodas no son tanto acerca de quién pagará la reconstrucción —Francia ha entregado más de 500 millones de dólares en ayuda— sino de dónde y cómo reconstruir, o si acaso vale la pena reconstruir en medio de amenazas de tormentas cada vez más fuertes.

Esto ha provocado que el debate se centre menos en los términos económicos y más en materia de política, clase social, cultura y raza, lo que a menudo enfrenta a la población local predominantemente negra con el Estado francés.

La principal funcionaria francesa de la isla dice que quiere que haya más restricciones en la construcción de las áreas que están en mayor riesgo en el caso de tormentas futuras, a fin de preservar vidas y proteger la economía.

La fundación, en primer plano, de la casa propiedad de Bernadette Carty que fue devastada en 207 por el huracán Irma, en Saint-Martin. (Meghan Dhaliwal/The New York Times)
La fundación, en primer plano, de la casa propiedad de Bernadette Carty que fue devastada en 207 por el huracán Irma, en Saint-Martin. (Meghan Dhaliwal/The New York Times)

Sin embargo, muchos residentes de la clase trabajadora temen que puedan obligarlos a abandonar las propiedades que durante generaciones han pertenecido a sus familias. Algunas personas sospechan que habrá una apropiación de tierras, en la que se expropiarán los terrenos frente al mar y luego se venderán a constructores adinerados.

En una región que ha experimentado la fuerza brutal de las tormentas de categoría cinco con una frecuencia aterradora en los últimos años, es probable que la historia que se vive en San Martín se repita en muchas otras islas del Caribe… y también en Estados Unidos.

DE PIE, PERO TAMBALEÁNDOSE, TRAS UN GOLPE ABRUMADOR

En la parte francesa de la isla, el huracán Irma afectó al 95 por ciento de los edificios, incluida la casa de Bernadette Carty.

Carty había vivido los 65 años de su vida frente al mar, y se sentía segura de no hacer caso a las órdenes de evacuación que precedieron al embate de Irma. Después de todo, al menos siete generaciones de su familia habían sobrevivido a muchos huracanes en esta misma extensión de tierra y asumió que esta vez no sería la excepción.

Una escuela que fue destruida en 2017 por el huracán Irma, en Saint-Martin. (Meghan Dhaliwal/The New York Times)
Una escuela que fue destruida en 2017 por el huracán Irma, en Saint-Martin. (Meghan Dhaliwal/The New York Times)

No obstante, Irma fue una de las tormentas más poderosas que han golpeado la isla y un ejemplo perfecto de cómo el cambio climático ha hecho que los huracanes sean más destructivos.

Cuando Irma tocó tierra de manera estrepitosa, Carty, su hija y dos nietos se lanzaron bajo un colchón para cubrirse y lograron soportar la tormenta que devastó la isla.

Cuando finalmente pasó la tormenta, la familia salió de su escondite y descubrió que el viento y el oleaje habían hecho boquetes en dos costados de la casa y habían arrastrado a la hermana de Carty, quien vivía en la casa de al lado. Según las autoridades locales, ella fue una de once personas que murieron en la parte francesa de la isla. Dos murieron en la parte neerlandesa, según el despacho del primer ministro.

Desde entonces, Carty ha estado viviendo temporalmente en un departamento y espera que le den el permiso para reconstruir su casa.

“Este huracán es el demonio”, afirmó.

La tormenta devastó el aeropuerto principal de la isla, obstruyó sus puertos y, de hecho, paralizó durante meses la industria turística primordial de la isla.

La promesa del gobierno francés de enviar ayuda sustancial no fue algo banal.

Un jet aterriza en Saint Maarten, el lado holandés de la isla, donde el sector turístico es mucho más mayor que el del lado francés. (Meghan Dhaliwal/The New York Times)
Un jet aterriza en Saint Maarten, el lado holandés de la isla, donde el sector turístico es mucho más mayor que el del lado francés. (Meghan Dhaliwal/The New York Times)

Según Sylvie Feucher, la representante oficial del Estado francés que radica en los dos territorios, el gobierno asignó más de 500 millones de dólares en ayuda y subsidios en los primeros seis meses luego de la tormenta para la recuperación y reconstrucción de San Martín y de la isla francesa vecina de San Bartolomé, que es más pequeña.

Si consideramos las terribles condiciones en que estaba San Martín justo después de la tormenta, con toda su infraestructura arrasada, el hecho de que gran parte de su territorio esté operando de nuevo confirma que la ayuda ha marcado una diferencia.

Los hoteles y los restaurantes han vuelto a abrir sus puertas y los turistas han vuelto a relajarse en sus playas.

Sin embargo, en una visita a la isla en agosto pasado, por todas partes se podía ver un cúmulo de daños residuales. Había edificios sin techo, negocios todavía cerrados y cascos de barcos medio hundidos por la tormenta.

Pese a que Irma embistió a la isla solo durante unas cuantas horas, Feucher advirtió que podrían pasar hasta tres años más para que el territorio se recuperara por completo.

LA TORMENTA EVIDENCIÓ LAS LÍNEAS DIVISORIAS SOCIALES Y RACIALES

El huracán Irma dejó en claro que los desastres naturales no solo arrasan con las estructuras y las vidas; también pueden mostrar las profundas divisiones socioeconómicas. En San Martín, una larga insatisfacción latente —cargada de tensiones raciales y de clase— está a punto de desbordarse.

Feucher, la viceprefecta de San Martín, está convencida de que sencillamente es demasiado peligroso habitar en algunas zonas del territorio, ya que están expuestas a la fuerza de las tormentas más severas. Y está tratando de que la población se convenza de eso.

Un departamento que arrasado en Saint-Martin. (Meghan Dhaliwal/The New York Times)
Un departamento que arrasado en Saint-Martin. (Meghan Dhaliwal/The New York Times)

El objetivo de su misión, respaldada por París, es impulsar condiciones más estrictas sobre la construcción y el uso de la tierra en las zonas que se encuentran en mayor riesgo de resultar dañadas durante las tormentas grandes, como es el caso de ese mirador con los búngalos destruidos.

Sin embargo, la campaña se ha convertido en un motivo de controversia en la relación cada vez más conflictiva entre el gobierno francés y la población local enfurecida con la burocracia francesa y el control del extranjero.

En muchos de los vecindarios costeros, propensos a las inundaciones, que más le preocupan a Feucher habitan grandes poblaciones de bajos ingresos, y muchos residentes tienen la idea de que el gobierno francés está emprendiendo una campaña velada para sacar de sus tierras a los residentes negros de escasos recursos, mediante la expropiación, y luego poder vender esas propiedades a constructoras.

Cédrick André, un activista de la comunidad de Sandy Ground, uno de los barrios de alto riesgo, considera que el asunto no es más que una lucha existencial para la clase trabajadora de San Martín.

“Quieren cambiar todo: la forma en que vivimos, en la que hablamos, en la que tenemos sexo, en la que comemos”, señaló André, de 42 años. “Quieren cambiar lo que somos”.

Botes destruidos en la bahía de Saint Martin. (Meghan Dhaliwal/The New York Times)
Botes destruidos en la bahía de Saint Martin. (Meghan Dhaliwal/The New York Times)

“No están atacando a las personas que tienen los bolsillos llenos y pueden defenderse”, añadió. “Están atacando a quienes no tienen dinero”.

El gobierno francés ha creado un fondo para adquirir las propiedades de la gente que vive en las zonas de mayor riesgo de inundación, pero Feucher insiste en que no obligarán a vender a nadie.

UN TRABAJO QUE YA ES DIFÍCIL, SE TORNA MUCHO MÁS COMPLICADO

La recuperación de un huracán es difícil en cualquier región del mundo. Y eso resulta patente en las islas del Caribe como San Martín, debido a una combinación especial de factores.

Al igual que sucede en muchos lugares del Caribe, la economía depende demasiado de una sola industria —el turismo— para dar empleo y recaudar impuestos. Cuando una tormenta destruye los hoteles, los negocios se evaporan, aumenta el desempleo y las arcas del gobierno se ven afectadas.

El aislamiento en términos geográficos hace que todo sea más caro. Los materiales de construcción tienen que traerse en barco o en avión, lo que incrementa los costos. La demanda elevada de trabajadores calificados en un mercado laboral pequeño incrementa los salarios.

Sylvie Feucher, la principal representante del estado francés en Saint-Martin, examina los daños en una playa en Saint-Martin. (Meghan Dhaliwal/The New York Times)
Sylvie Feucher, la principal representante del estado francés en Saint-Martin, examina los daños en una playa en Saint-Martin. (Meghan Dhaliwal/The New York Times)

La recuperación también se paraliza por el hecho de que un desastre serio deja pocas cosas intactas: los funcionarios encargados de dirigir la recuperación en ocasiones también luchan por mantenerse en pie.

UNA RIVALIDAD DE HERMANOS EN UNA ISLA DIVIDIDA

La isla que ocupan Saint-Martin y Sint Maarten se dividió entre los franceses y los neerlandeses en el siglo XVII. Al igual que pasa cuando dos hermanos con edades similares compiten, casi todo lo que sucede de un lado, tiene que compararse con el otro.

La restauración tras el paso del huracán no ha sido la excepción, lo que revela que las diferencias en cuanto a cultura y gobierno no han tenido una incidencia importante en el avance de los últimos dos años.

El consenso en ambos lados de la isla es que la mitad neerlandesa se ha recuperado más rápido. Por ejemplo, un mayor porcentaje de las habitaciones hoteleras del lado neerlandés ya están abiertas al turismo.

El gobierno francés maneja una burocracia famosa por sus complicaciones que, según los residentes, ha retardado el proceso de reconstrucción.

“Del lado francés, tenemos normas, leyes y reglamentaciones”, afirmó Angèle Dormoy, presidente de la Cámara de Comercio de Saint Martin. “Todo se revisa y se vuelve a revisar tres o cuatro veces”.

(Meghan Dhaliwal/The New York Times)
(Meghan Dhaliwal/The New York Times)

Por el contrario, Sint Maarten ha desarrollado una cultura de mayor libertad, lo cual ayuda a acelerar el proceso de reconstrucción.

En el lado neerlandés, gran parte de la reconstrucción ha sido impulsada por fondos privados, en especial procedentes de fuentes relacionadas con el turismo, lo cual eclipsa al sector turístico de la parte francesa.

Se esmeraron y pusieron manos a la obra”, comentó Lorraine Talmi, presidente de la junta directiva de la Asociación de Comercio y Hotelería de Sint Maarten.

No obstante, las diferencias también han hecho que algunas personas de la parte neerlandesa se pregunten si en su prisa por reconstruir, y en su entorno de reglamentos comparativamente más laxos, esta reconstrucción no tomó en cuenta la necesidad de resistir tormentas futuras.

En la parte francesa, algunas personas creen que su paciencia será compensada con una isla más resistente, mejor preparada para soportar los efectos de las aguas cada vez más cálidas del Atlántico.

La lección es que a medida que las tormentas son más destructivas, la recuperación de las zonas afectadas por huracanes se trata tanto de replantearse las cosas, como de proceder a iniciar la reconstrucción.

*Copyright: c. 2019 The New York Times Company