Gerardo Hernández, a la izquierda, y clientes de tatuajes de Juan Carlos Pulito en el estudio de Hernández en Tegucigalpa (Daniele Volpe/The New York Times)
Gerardo Hernández, a la izquierda, y clientes de tatuajes de Juan Carlos Pulito en el estudio de Hernández en Tegucigalpa (Daniele Volpe/The New York Times)

TEGUCIGALPA, Honduras — Ruth Pineda estaba de espaldas al espejo y se había acomodado la correa de su camiseta bajo el brazo para mostrar un nuevo tatuaje: un corazón. En su interior había tres delfines saltando sobre el mar al atardecer.

“El delfín más grande soy yo, la mamá, y los dos más pequeños son mis hijos”, explicó.

Luego de una sesión de tres horas, el tatuaje había quedado terminado y Pineda observaba la obra grabada en su piel con una mezcla de admiración e incredulidad; era su primer tatuaje. Se trataba además de una afirmación que la maestra de 43 años había querido hacer desde hacía casi 20 años, pero que no sentía que se atrevería a hacer algún día.

Durante décadas, los tatuajes no solo no estuvieron de moda en Honduras, un país religiosamente conservador, sino que se les consideraba un tabú, puesto que tenían mala fama como seña de identidad de pandillas mortales, como la Mara Salvatrucha, mejor conocida como MS-13, y Calle 18, también llamada Barrio 18.

Esas pandillas son dos de las principales fuentes de la violencia generalizada en el país que ha provocado que tantos migrantes huyan hacia el norte.

Varios signos y símbolos tatuados estaban reservados para las pandillas e indicaban el rango que ocupaba un miembro dentro de la organización o qué delitos había cometido. Otros tatuajes relacionados con pandillas incluían imágenes de la Virgen de Guadalupe, telarañas, tres puntos, alambres de púas y símbolos del ying y el yang.

En la primera década del siglo XXI, pese al aumento de la ilegalidad en todo el país, el gobierno del entonces presidente Ricardo Maduro aprobó una ley que aplicaba mano dura a la actividad delictiva y prohibía cualquier “asociación ilícita” a estas organizaciones delictivas. Los tatuajes se convirtieron en un objetivo importante de la policía, pues se interpretaban como una prueba de que alguien militaba en las filas de la MS-13 o la Calle 18.

A fin de evadir el escrutinio oficial y el encarcelamiento, los miembros dejaron de hacerse tatuajes; si se tatuaban solo lo hacían en partes del cuerpo con poca visibilidad.

Sin embargo, en los últimos años, los tatuajes se han convertido en algo común, migrando lentamente de la parte más vulnerable de la sociedad hacia a los vientres (brazos, piernas y espaldas) de los ciudadanos comunes, con la ayuda de su exposición omnipresente en la cultura pop mundial.

Mei Lan Quan, de 31 años, una de las primeras artistas femeninas del tatuaje en Tegucigalpa, Honduras, tatuó a un cliente en la capital hondureña, el 29 de agosto de 2019 (Daniele Volpe / The New York Times)
Mei Lan Quan, de 31 años, una de las primeras artistas femeninas del tatuaje en Tegucigalpa, Honduras, tatuó a un cliente en la capital hondureña, el 29 de agosto de 2019 (Daniele Volpe / The New York Times)

“Las cosas están cambiando ahora”, dijo Pineda, la maestra de escuela. “Cada vez más personas están haciéndose tatuajes”, aseveró.

En la capital, Tegucigalpa, en estos días es fácil detectar personas con arte corporal positivo, mostrando personajes de sus libros favoritos, citas en letra cursiva o animales que se arrastran con astucia a través de su piel.

“La gente empezó a ver los tatuajes como una tendencia a seguir de la moda”, manifestó Mei Lan Quan, una de las primeras mujeres en convertirse en artista del tatuaje en Tegucigalpa.

Las figuras públicas, como jugadores de fútbol y cantantes, comenzaron a aparecer en la televisión y en las revistas con tatuajes visibles, y los visitantes extranjeros trajeron la cultura del tatuaje con ellos. El programa de telerrealidad “Miami Ink”, muy popular aquí, causó una gran impresión.

“Abrió muchas mentes aquí”, comentó Quan, en referencia al programa.

Al reivindicar los tatuajes en sus cuerpos, los ciudadanos comunes están ayudando a normalizar esta forma de expresión creativa. Y su atractivo es cada vez mayor, a decir de los artistas del tatuaje.

Cuando Quan, quien es conocida por su nombre de tatuadora, Elephanta Tattoo, abrió su primer estudio en 2011, tenía solo cinco o seis clientes por semana. Ahora, tatúa a entre seis y siete personas un sábado ajetreado.

Durante décadas los tatuajes no solo estaban de moda en el país religioso conservador, eran tabú con una historia malévola como característica identificatoria de las pandillas mortales (Daniele Volpe / The New York Times)
Durante décadas los tatuajes no solo estaban de moda en el país religioso conservador, eran tabú con una historia malévola como característica identificatoria de las pandillas mortales (Daniele Volpe / The New York Times)

Sus clientes masculinos suelen pedir ilustraciones de lobos, tigres y águilas. Las mujeres prefieren símbolos del infinito, flechas, flores, citas o fechas.

La mayoría de los novatos solían empezar con tatuajes pequeños, comentó Juan Carlos Pulido, un artista del tatuaje conocido como Fonty. Pero se ha percatado de que la gente últimamente es más audaz desde el principio, ya que ahora pide tatuajes grandes en lugares más visibles, como los antebrazos, las pantorrillas y las manos.

“La gente se está tatuando piezas más grandes que antes”, dijo.

Pulido, de 38 años y originario de Nicaragua, ha estado viviendo en Honduras desde hace dos años y medio. Tiene tatuajes que le cubren la mayor parte de los brazos. Al principio, cuando llegó, rara vez dejaba ver sus tatuajes. Vivía en una zona controlada por las pandillas y estaba consciente de que podrían relacionarlo con la actividad delictiva.

Ahora se siente más seguro de caminar con los brazos descubiertos.

“La gente está empezando a ver la diferencia entre los tatuajes artísticos y los tatuajes relacionados con las pandillas”, opinó Pulido.

Para algunos, los tatuajes son un vínculo con una familia separada por la migración.

Jesús Martínez, un cocinero de 27 años que trabaja en una pequeña pizzería de la capital, se hizo un tatuaje en el interior de su antebrazo derecho, que se extiende desde la muñeca hasta el codo, del rostro de su madre en la época en que ella fue modelo.

En los últimos años los tatuajes se han vuelto más comunes en Honduras, ayudados por su exposición ubicua en la cultura pop mundial (Daniele Volpe / The New York Times)
En los últimos años los tatuajes se han vuelto más comunes en Honduras, ayudados por su exposición ubicua en la cultura pop mundial (Daniele Volpe / The New York Times)

“Es una manera de que la gente conozca a mi mamá”, dijo Martínez. Ella se fue a Estados Unidos cuando él tenía 2 años y no la volvió a ver sino hasta los 12 años. Ahora se envían mensajes de texto todos los días. Ella sigue viviendo en Estados Unidos y, mientras él se estaba haciendo el tatuaje, hablaron por un chat de video.

La gente todavía se le queda viendo, Martínez admitió, porque el estigma de los tatuajes no ha desaparecido por completo. Pero eso no le impide llevar una camisa de manga corta.

Su compañera de trabajo, Allison Lagos, de 21 años, dijo que ya había superado el prejuicio de considerar peligrosas a las personas tatuadas.

“Antes de trabajar aquí, las personas con tatuajes me daban un poco de miedo”, recordó.

A pesar de estos cambios de opinión, dejar a la vista los tatuajes todavía puede ser un problema ante los ojos de la policía y la seguridad privada de las tiendas.

Pulido dice que la policía lo ha detenido e interrogado acerca de sus tatuajes. Quan agregó que conocía a muchas personas que habían pasado por situaciones similares.

“La sociedad todavía tiene un largo camino que recorrer”, afirmó Quan.

En 2016, un famoso músico hondureño, Ramsés Barrientos, fue noticia en los periódicos locales cuando describió el “acoso y la discriminación” que había enfrentado mientras estaba haciendo sus compras en un supermercado, donde los elementos de seguridad lo siguieron en todo momento.

Ruth Pineda, de 43 años, muestra su tatuaje en un estudio en Tegucigalpa, Honduras (Daniele Volpe / The New York Times)
Ruth Pineda, de 43 años, muestra su tatuaje en un estudio en Tegucigalpa, Honduras (Daniele Volpe / The New York Times)

“Todavía vivimos en un país donde las personas tatuadas son mal vistas y juzgadas”, escribió en un mensaje de Facebook.

Además de la desaprobación social prevaleciente, algunos cristianos, en especial quienes pertenecen a generaciones mayores, consideran que los tatuajes son un pecado.

“A los ojos de Dios, no es correcto tatuarse”, manifestó Glenda Suazo, de 49 años, una cristiana evangélica que trabaja en el Ministerio de Salud.

Sin embargo, ni siquiera ella es inmune al atractivo de los tatuajes.

“En este momento he estado teniendo una lucha interna”, admitió Suazo. Sacó su teléfono y mostró fotos de su perrita, Puky, una cocker spaniel que murió en agosto pasado a los 15 años. Luego, comenzó a llorar.

“Tuve a Puky desde que tenía 45 días de nacida”, dijo. “He pensado que me gustaría hacerme un tatuaje de la huella de su pata”.

*Copyright: 2019 The New York Times Company