La familia siria reunida para comer. (Laetitia Vancon/The New York Times)
La familia siria reunida para comer. (Laetitia Vancon/The New York Times)

GOLZOW, Alemania — La invitación era arriesgada, y el alcalde Mayor Frank Schütz lo sabía.

¿Traer a inmigrantes sirios a su aldea alemana remota, donde la extrema derecha antinmigrante es popular y muchos lugareños ya se sienten como ciudadanos de segunda clase?

"Una locura", opinó el peluquero.

"Imposible", concluyó un campesino.

Sin embargo, era la única manera de salvar la escuela de la aldea, el alma y el núcleo de Golzow que, como muchas zonas rurales de la antigua Alemania del Este, comunista, perdió un tercio de su población durante los años problemáticos tras la caída del muro de Berlín.

En el verano de 2015, mientras cientos de miles de migrantes se abrían camino hacia Alemania, el número de niños en edad escolar en Golzow había alcanzado un nuevo mínimo histórico. No se abriría el grupo de primer grado. Era el comienzo del fin para una escuela que fue el tema de "Los niños de Golzow", un documental épico de la época comunista que dio seguimiento a un grupo de alumnos de primer grado durante décadas de vida detrás de la Cortina de Hierro.

Golzow, Alemania. (Laetitia Vancon/The New York Times)
Golzow, Alemania. (Laetitia Vancon/The New York Times)

Entonces llegaron junto con sus padres Kamala, Bourhan, Hamza, Nour, Tasnim, Ritaj, Rafeef, Roaa, el gran Mohammed y el pequeño Mohammed. El alcalde los bautizó como los nuevos niños de Golzow.

"Los sirios salvaron nuestra escuela", dijo Schütz en una entrevista reciente.

Y Golzow, de alguna manera, se salvó a sí misma.

Cuando se trata de darles la bienvenida a los migrantes, Golzow es un microcosmos de Alemania, por lo menos aritméticamente. Los dieciséis sirios que se asentaron en esta aldea de 820 habitantes representan el mismo porcentaje de la población que los aproximadamente 1,5 millones que llegaron en todo el país después de 2015.

Su historia es un relato sobre entablar amistad con los demás aunque uno de cada cuatro habitantes de la ciudad haya votado por el partido Alternativa para Alemania, de extrema derecha, en las elecciones más recientes.

También es prueba de que, tras los temores que atizan la llama populista en la democracia más grande de Europa, la integración de cientos de miles de migrantes está funcionando discretamente, una aldea a la vez. En todo el país, más de uno de cada tres ahora tienen empleo, según muestran las estadísticas del gobierno.

(Laetitia Vancon/The New York Times)
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Cuatro años después de la llegada de los sirios, Golzow se ha transformado para bien, y la mayoría parece estar de acuerdo con esa afirmación.

Los departamentos vacíos han cobrado vida de nuevo. En la feria anual del girasol, la repostería árabe acompaña las tartas alemanas de manzana. Cuando el cuidador de la escuela necesita ayuda para barrer hojas, Fadi, Ahmed y Mahmoud, los padres sirios, son los primeros en ofrecerse como voluntarios.

Un aldeano, cuyos nietos viven a cientos de kilómetros, ha tomado bajo su seno a tres niños sirios, y les ha enseñado cómo pescar y nadar. Los niños lo llaman "Opa", que significa abuelo en alemán.

No siempre fue así.

Cuando Schütz reunió por primera vez a los aldeanos para explicarles su idea de traer a ciudadanos sirios, hubo mucho escepticismo.

"Pensé: 'Eso no va a funcionar. Tienen una religión distinta. Nuestros niños ya no hablarán alemán correctamente'", comentó Marco Seidelt, cuyo hijo David, de 11 años, de pronto ya tenía tres compañeros sirios en su clase.

(Laetitia Vancon/The New York Times)
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A otros les preocupaba que los recién llegados fueran ruidosos o ladrones, recordó Schütz.

Halima Taha también se mostraba escéptica.

"¿Alemania del Este? ¿Están locos?", le dijeron sus amigos sirios por teléfono después de que su familia fue trasladada en autobús desde Berlín hasta un centro de asilo en el este y finalmente a Golzow, recordó Taha. A la gente de ahí no le gustan los extranjeros, señalaron sus amigos. Es peligroso. Pero después ambos bandos hicieron un esfuerzo, y se sorprendieron de lo bien que se cayeron.

Taha, de 32 años, una efervescente madre de tres que habla alemán con un ligero acento regional, recordó las flores y los juguetes que trajo el alcalde cuando le dio la bienvenida a su familia a su nuevo hogar. Los aldeanos donaron cosas para ayudar a que la familia amueblara su departamento, incluyendo platos y una cornamenta.

El primer día de escuela, los padres alemanes recibieron a las familias sirias con un pastel, sin saber que estaban ayunando porque era el Ramadán. Hubo un momento de incomodidad. Después todos se rieron, y Taha cortó el pastel.

Taha les dijo a sus hijos que saludaran a todos los aldeanos de la calle desde el primer día… en alemán. "Aprendí con mis ojos", dijo sobre sus esfuerzos para integrarse.

(Laetitia Vancon/The New York Times)
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La familia compró un pastor alemán y cultiva vegetales en un huerto, adoptando una tradición muy alemana de la posguerra. Fadi, el esposo de Taha, sale de pesca, como otros hombres del lugar.

Ahora, los seis adultos sirios ya encontraron trabajo. Taha, especialista en farmacéutica cuyo diploma sirio no es reconocido en Alemania, trabaja en una guardería, y llena uno de muchos puestos vacantes en un país con una población que envejece rápidamente.

"Se han convertido en partes importantes de nuestra comunidad", dijo Gaby Thomas, directora de la escuela local, sobre las familias sirias.

Un punto de inflexión fue la manifestación de la aldea en octubre de 2015, meses después de la llegada de los sirios.

Los residentes furiosos le gritaron a un político regional que intentó convencerlos de albergar también a decenas de jóvenes refugiados en el gimnasio de la escuela. De pronto, Taha tomó el micrófono.

Dijo que a ella también le preocupaba que hubiera jóvenes que vivieran al lado de la escuela y la guardería. "Yo también me preocupo", dijo.

(Laetitia Vancon/The New York Times)
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Después de eso, se ganó a muchos de los escépticos más apasionados.

"No me lo esperaba, pero se han integrado muy bien", dijo Seidelt, que tenía muchas dudas hace cuatro años, una tarde reciente mientras recogía a sus hijos en la escuela.

Es difícil superar los prejuicios. La gente de Golzow lo sabe de primera mano. Cuando el muro de Berlín cayó hace 30 años, los alemanes del Este ganaron libertad y democracia. Pero perdieron sus empleos, su estatus y su país casi de la noche a la mañana.

Muchos ahora consideran que la reunificación fue una absorción occidental que no logró reconocer, ni mucho menos valorar, nada que constituyera la vida en el este comunista.

"Cuarenta años de nuestra historia se redujeron a delitos del Stasi", dijo amargamente Karina Kafidoff, una jubilada del lugar.

Por eso es que muchos en Golzow lamentan que tan pocos occidentales conozcan "Los niños de Golzow", el documental que llevó a cabo la crónica de las vidas de dieciocho niños desde su primer día de escuela en agosto de 1961 —dos semanas después de que se construyó el muro de Berlín— hasta 2007. Mediante perfiles íntimos, el filme describe un panorama más matizado de la vida bajo el comunismo que el percibido de manera generalizada por los habitantes de occidente.

(Laetitia Vancon/The New York Times)
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"También vivíamos, amábamos, celebrábamos, como la gente de cualquier lugar", dijo Bernhard Guderjahn, conductor jubilado de tractores, uno de los niños que apareció en el documental.

Si los niños originales de Golzow desmintieron mitos occidentales sobre los ciudadanos orientales, los nuevos niños de Golzow han desmentido mitos sobre los inmigrantes.

En el proceso, los residentes locales y sus nuevos vecinos sirios han descubierto que tienen algunas cosas en común. Ambos se sienten desplazados. En ciertos aspectos, los alemanes del Este también vivieron una experiencia migratoria en su propio país.

Algunos paralelismos son sorprendentemente concretos. Varios aldeanos se asentaron en Golzow de niños, después de haber escapado de territorios alemanes en Polonia al término de la Segunda Guerra Mundial. Un exalcalde era uno de ellos.

"Los niños sirios de la aldea tienen la misma experiencia de vida que las personas más viejas de la aldea", dijo Schütz, el alcalde actual. "Ambos saben cómo suena el estallido de una granada". Ambos, señaló, se asustan cuando escuchan los fuegos artificiales en la feria del girasol.

(Laetitia Vancon/The New York Times)
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A Taha no le gusta hablar del viaje de dos años que llevó a su familia desde la ciudad portuaria de Latakia, Siria, hasta Golzow. Aún tiene pesadillas en las que ve una carriola y el biberón de un bebé flotando en el Mediterráneo cuando cruzó a bordo de un bote saturado, un recordatorio de que otros no tuvieron tanta suerte como su familia.

Habían tenido una vida acomodada en Siria, agregó. Ahora simplemente estaban agradecidos de estar vivos. A veces, cuando su hija se queja de tener que ayudar a limpiar la casa porque solían tener empleados domésticos, Taha la toma de los hombros y le dice: "Ahora somos refugiados. Refugiados".

Pero las cosas en general son positivas, comentó Taha. Ahora, Kamala, de 12 años, y sus hermanos Bourhan, de 11, y Hamza, de 6, hablan tan bien alemán que incluso se dicen groserías cuando pelean. ("Es la señal de que se han asimilado", dijo Thomas, la directora).

Sus amigos alemanes pueden contar hasta el diez en árabe.

En cuatro años, toda la familia planea solicitar la ciudadanía alemana.

"La aldea es como una familia", dijo Taha. "Y ahora somos parte de ella".

(Victor Homola colaboró con el reportaje).

*Copyright: c.2019 The New York Times Company