Muchos padres en potencia de la generación milénial temen que traer un niño a este mundo pueda, en la práctica, significar más consumo, residuos y daño al planeta. Otros se preguntan si los niños concebidos actualmente van a enfrentar en los próximos años un destino de alguna manera peor a la inexistencia —un destino que involucre el apocalipsis o una catástrofe planetaria— y no quieren exponerlos a ese futuro.

Estos miedos se han convertido en un argumento que sugiere que es moralmente irresponsable tener hijos (o al menos tener muchos). Ciertamente, en el foro sobre el cambio climático de los candidatos presidenciales demócratas, a Bernie Sanders le preguntaron sobre "la necesidad de reducir el crecimiento de la población", sugiriendo que disuadir a las madres en todo el mundo de tener más hijos es necesario para lidiar con el cambio climático.

Yo entiendo el hecho de que, como esos nuevos humanos también consumirán recursos, puede existir el temor entre los milénials de que tener hijos pueda empeorar el problema del cambio climático. Aun así, he tomado la decisión de procrear —tengo dos hijas— aunque me preocupa el cambio climático. Es importante abogar por el papel esencial que tanto padres como hijos pueden desempeñar en esta labor urgente de protección del planeta en el futuro.

El acto de la creación es contrario al acto del consumo: en el caso del segundo, se sugiere que todo existe para satisfacer nuestras necesidades y apetitos mientras que el primero nos recuerda el valor y la bondad inherentes a todas las cosas. La creación fomenta responsabilidad y protección.

El escritor Matthew Lee Anderson escribió recientemente: "Los padres tienen la responsabilidad incondicional de valorar a sus hijos, y aunque eso no genera una razón para procrear, sí evidencia que el ser humano está entrelazado con una sensación de compromiso de unos con los otros".

El individualismo de nuestra cultura puede algunas veces cultivar una postura ensimismada sobre la vida en nuestro planeta. Tener hijos me ha demostrado con cuánta frecuencia he actuado automáticamente desde el deseo de la satisfacción propia. Sin embargo, la paternidad cambia lentamente ese impulso. Con el tiempo, al ir respondiendo a las necesidades de mis hijas, he estado aprendiendo a aceptar la paciencia y he aplazado la gratificación en beneficio de un bien mayor y el fomento de la salud y la felicidad de mis hijas.

Del mismo modo, he empezado a reconsiderar mis patrones de consumo. Ciertamente, como Elizabeth Warren bien lo expresó en ese mismo foro: "El 70 por ciento de la contaminación, del carbono que estamos lanzando al aire, viene de tres industrias": la constructora, eléctrica y petrolera. Nuestro consumo es solo una pieza pequeña de un rompecabezas mucho más grande.

Sin embargo, modificar nuestros patrones de consumo sigue siendo sumamente importante, aunque solo sea porque nos ayuda a nosotros , y a nuestros hijos, a ver los cambios radicales que debemos hacer. Los niños que son criados para amar el mundo que los rodea y usar sus talentos e imaginación para su bienestar, pudiesen ser una parte esencial de esa labor.

En su ensayo "The Body and the Earth", Wendell Berry escribe: "Cuando todas las partes del cuerpo trabajan juntas, influyendo unas en otras, decimos que es integral y saludable. Lo mismo aplica para el planeta, del cual nuestros cuerpos son una parte. Esas partes son saludables en la medida en que estén unidas en armonía al todo". Berry agrega: "Estos elementos que parecen ser distintos, están atrapados en una red de dependencia e influencia mutuas que devela su cohesión".

Esto deja claro los peligros de nuestra sociedad especializada, en la que nos hemos separado de todo el sistema que suministra nuestro alimento, ropa, vehículos y otras "cosas". También anuncia el peligro de decidir que podemos eliminar la vida humana de la ecuación, y separar la esperanza y la vida en potencia de los no nacidos de nuestras ilusiones por una sanación mundial.

Si alguien de la generación milénial me preguntara por qué traje dos seres humanos más al mundo, esto formaría al menos parte de mi respuesta. La labor de protección, por supuesto, no se limita a la procreación: por ejemplo, los padres que buscan adoptar niños u ofrecerles un hogar, los que cuidan a los animales o crean una granja también son parte de esta labor creativa. Pero como bien lo escribió la columnista de The Washington Post Elizabeth Bruenig: "Los niños son una afirmación clara de esperanza, un reclamo de que asumimos responsabilidad por el futuro. Ellos son la negación de la indiferencia displicente por el planeta que compartimos".

Mis hijas y yo somos parte de este mundo y debemos buscar el bienestar global, incluso mientras buscamos cultivar la salud y la integridad en nosotras mismas. El cristianismo lo afirma de manera literal, cuando Dios en Genesis vincula de manera indisoluble a la humanidad con el suelo: "Pues polvo eres, y al polvo volverás". Quiero que mis hijas crezcan con esta visión: una que no perciba al planeta como algo para usar o abusar sino como una creación valiosa de la cual somos parte.

Cuando somos creadores y protectores, nos volvemos conscientes de la infinita serie de hilos que nos conectan con el mundo que nos rodea. Nos volvemos conscientes de la fragilidad y belleza de la vida, de su preciosidad. Ese no es un instinto, creo yo, que nos haga alejarnos de la batalla por el cambio climático. Al contrario, nos hace estar más dispuestos a buscar regenerar y sanar nuestro planeta y a enseñarle a nuestros hijos a hacer lo mismo.

(Gracy Olmstead es una escritora que contribuye a The American Conservative, The Week, The Washington Post y otras publicaciones).

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