Brian Rea
Brian Rea

Era el verano en Manhattan, oscuro y apacible, casi a medianoche en el Upper West Side. Él y yo dimos doblamos la esquina desde la calle Ámsterdam. La cita para beber algunos tragos había sido un éxito. Me tomó de la mano mientras me acompañaba a casa. Un poco ebria, le dije: "No puedes subir", y me detuve cerca de unas escaleras.

"No quiero hacerlo", dijo él, tímido, mientras colocaba sus manos en mi cintura para acercarme. "Pero sí quiero verte de nuevo". Sonrió.

Yo también sonreí. "Lo que quiero decir es que, si quieres darme el beso de las buenas noches, debe ser aquí". Ni siquiera estábamos cerca de mi edificio.

"Pero creí que vivías en…", dijo, estirando el cuello para buscar los letreros de las calles, "…la noventa".

"Así es", comencé a tartamudear, tratando de explicar. "Ahí vivo, pero, él sabe que es nuestra primera cita, y hay una ventana por la que puede ver la acera, y a veces me está esperando. Si me tardo mucho, se preocupa".

"¿Quién?", preguntó mi cita, desconcertado. "¿Quién puede vernos?".

"Ehh…", vacilé.

"¿Tu novio?".

"No".

"¿Tu papá?".

"No, no. Es difícil de…".

"¿Tu esposo? ¿Estás casada?".

Suspiré y me encogí de hombros, dejando que mi extrañeza arruinara el momento. Inhalé profundamente y dije: "Mi portero".

Guzim era mi portero, y teníamos una amistad común e implícita, aquel vínculo entre las mujeres neoyorquinas, solteras y solas, y el portero que las cuida, que funge como guardián, guardaespaldas, confidente y figura paterna; los porteros que protegen y entregan mucho más que cajas de Zappos y FreshDirect, no porque sea parte del trabajo, sino porque son hombres buenos.

"No me cae bien", dijo Guzim acerca de un nuevo chico con el que estuve saliendo dos meses después. Lo susurró por el interfono.

Bajé al vestíbulo y vi que mi portero y mi cita estaban en la acera, riendo y charlando. Mi cita volteó para arrojar la colilla de su cigarrillo, y Guzim aprovechó ese momento para lanzarme una mirada: se había dado una idea de cómo era hablando con él y ya estaba preocupado.

Lo saludé con la mano, mientras mi cita y yo nos alejábamos del edificio. Cuando eché un vistazo atrás, Guzim sacudió la cabeza. Yo puse los ojos en blanco. ¿Qué sabía? ¿Qué pudo haber notado en una charla de diez minutos?

Mi cita resultó ser un tipo sensual y divertido, hablaba hebreo de manera hermosa y salía demasiado de fiesta. Así que acepté un segundo trago y lo vi una y otra vez conforme avanzaba el otoño. Siempre me atrajeron los chicos malos.

Guzim no era un chico malo. Era amable y educado, un hombre de pelo canoso en el que se fusionaban Cary Grant y George Clooney. Nacido en Albania a mediados de la década de los cuarenta, provenía de una familia con educación militar; su padre había sido un general del ejército. Cuando Guzim tenía 19 años, la policía secreta del líder comunista Enver Hoxha arrestó e internó a su familia, y la acusó de traición.

Durante veinte años, vivió en un campo de trabajo, forzado a laborar como campesino en una zona remota no muy diferente de los gulags de Stalin. "Hice eso durante toda mi juventud", me dijo una vez. Nunca se casó. Jamás tuvo hijos.

Finalmente lo liberaron cuando tenía 39 años, y Estados Unidos le otorgó el asilo a su familia. Encontró trabajo como portero de un edificio de lujo en Nueva York. Siempre que le preguntaba cómo estaba, cualquier día y en cualquier momento, respondía: "No me quejo".

Ese era su mantra.

La noche de Halloween de ese mismo año, caminé a casa de nuevo, esta vez sola, desde la tienda CVS que está abierta las 24 horas. No podía dormir. Vestida con el pantalón de la pijama, una camiseta y botines afelpados, subí las escaleras para entrar al vestíbulo, con una bolsa blanca de papel en la mano.

Adentro llevaba una prueba de embarazo.

Guzim estaba descansando en su banco habitual, sentado a medio cuerpo, y alzó la vista desde el diario del New York Post que estaba leyendo. "¿Qué pasa?", preguntó.

"¿Qué?", respondí. "Nada".

"¿Qué es eso?".

"Nada". Me alejé y alcé la bolsa. "Es medicina para el dolor de cabeza".

"No", dijo, alargando la palabra, sacudiendo la cabeza, doblando las hojas de su periódico.

No podía engañarlo.

Me detuve y miré a mi alrededor. Nadie estaba en el vestíbulo. Ya pasaba de la medianoche, así que caminé de regreso. "Creo, no sé…". Me mordí el labio. "El mes pasado no… ya sabes". Gesticulé y comencé a llorar.

Guzim esperó y después dijo: "¿Es el israelí?".

"¡Sí! Y ni siquiera me gusta", le dije, secando mis lágrimas. "Es un mentiroso. No puedo pasar el resto de mi vida con él".

"Entonces no lo hagas", dijo Guzim, alisando los puños de la chaqueta de su uniforme. Nos quedamos ahí y hablamos durante dos horas más.

Estaba desolada. Pensé que me había cuidado. Conté los días e hice mis cálculos. Me protegí… casi siempre. "¿Cómo pasó esto?", pregunté estúpidamente.

"¿Cómo?", dijo Guzim con una sonrisa irónica. "Por favor. Así es la vida".

Dos semanas después, se lo dije al padre. Pareció alegrarse y sentirse horrorizado a la vez. Unas cuantas semanas después, incluso me propuso matrimonio.

Lo rechacé gentilmente. Él no quería ser padre. No realmente. No queríamos casarnos. Ambos lo sabíamos.

Le dije que yo criaría al bebé sola y que él podría participar tanto como quisiera. No estaría en problemas, siempre y cuando evitáramos los dramas y nos mantuviéramos en contacto. Los tres seríamos amigos, no una familia. Aceptó.

Tres meses después, cuando se empezaba a notar mi embarazo, les revelé la noticia a los demás. Mis padres católicos, casados durante más de cuarenta años, temían por mi futuro como madre soltera. No los culpé. En su mayor parte, mis amigas —casadas y solteras, con hijos o sin ellos— me apoyaron.

Sin embargo, la gente empezó a chismear: ¿quién era el padre? ¿Terminé con él o él terminó conmigo? Eran preguntas válidas que a veces me hacían a la cara y otras no.

Pero Guzim estaba ahí abajo, en el vestíbulo, sin vela en el entierro. No era su hija ni su hermana ni su ex. No era su empleada ni su jefa. Nuestros círculos sociales no coincidían. Seis días a la semana, él estaba en la planta baja, distante pero también tan preocupado como para ser el amigo perfecto, ni preocupado ni sintiendo lástima.

Fue él quien firmó para recibir la cuna que compré, y también la ropa, las botellas y las cajas de pañales del bebé. Fue él quien me preguntó cómo me sentía todos los días. Yo veía al israelí de vez en cuando.

Guzim y yo hablamos mucho a lo largo de esos nueve meses, y su sabiduría me reconfortaba: más europea que neoyorquina, más de la Guerra Fría que del siglo XXI y más basada en la gratitud.

Se mostró solidario. Me respetó y me honró por mi decisión, y protegió mi dignidad y mi autoestima. Me recordaba que todavía era joven. Aún podría conocer a un hombre y casarme. Tenía una maestría, un trabajo, ahorros.

¿Qué más daba si no estaba casada? Mira el mundo. Peores cosas habían ocurrido en la historia. Por favor. Estaríamos bien. Mi bebé era un regalo.

En agosto, mientras estaba fuera el fin de semana, mi fuente se rompió antes de tiempo, y di a luz en Providence, Rhode Island. Dos días después, mis padres me recogieron y condujeron al sur por la carretera 95 hacia el Upper West Side, donde vivía.

Cuando llegamos en el auto de mi padre, Guzim lo reconoció. Bajó las escaleras y abrió toda la puerta. De alguna manera supo que yo estaba adentro.

Salí del auto, exhausta y con los ojos llorosos. Nos abrazamos. Volteé, quité la silla de la bebé y la saqué. Ambos miramos a la recién nacida, que estaba dormida y lucía imposiblemente hermosa.

"Hermosa", dijo. "Buen trabajo".

Nueve días más tarde, el israelí se fue para siempre. Su padre estaba enfermo en su país, dijo. Pero éramos amigos y quedamos en buenos términos. Durante el siguiente año, le envié fotografías por correo electrónico. Él llamaba y los dos reíamos mientras me mantenía despierta durante aquellos primeros meses largos e insomnes.

Sin embargo, el rostro de Guzim era el que veíamos todos los días, el hombre que le decía buenos días y buenas noches a mi niña, el que sonreía, le hablaba con delicadeza y hacía comentarios sobre su crecimiento, su sonrisa y sus primeras palabras.

El israelí se mantuvo en contacto durante más de un año y después desapareció. No hubo más correos electrónicos ni más llamadas. Yo le enviaba fotografías y él solo enviaba silencio.

Mi hija le tenía un cariño especial a Guzim, casi como si entendiera el papel que había desempeñado como la persona que le dio la bienvenida a este mundo con los brazos abiertos, con el corazón abierto, listo y dispuesto a cuidarla y protegerla, así como había cuidado y protegido a su madre.

En cuanto pudo hacerlo, empezó a correr hacia Guzim en la acera, con los brazos extendidos, y él la atrapaba dándole un gran abrazo.

Su padre no llama ni la visita, y nosotros tampoco lo hacemos. Pero sí visitamos a Guzim.

Ahora vivimos en California pero, cuando estamos en Nueva York, pasamos al edificio con la esperanza de encontrar a Guzim en su lugar. A veces está ahí. A veces no. Pero siempre vamos.

Y cuando lo encontramos y me pregunta cómo estoy, veo a mi hija y le respondo: "No me quejo".

Julie Margaret Hogben es autora de la novela Ally Hughes Has Sex Sometimes, escrita bajo el seudónimo Jules Moulin.

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