Los candidatos a presidir el Gobierno de España tras las elecciones generales, Pablo Casado (PP) (i); Pablo Iglesias (Unidas Podemos) (2i); Pedro Sánchez (PSOE) (2d) y Albert Rivera (Cs) (d)(EFE/ JuanJo Martín)
Los candidatos a presidir el Gobierno de España tras las elecciones generales, Pablo Casado (PP) (i); Pablo Iglesias (Unidas Podemos) (2i); Pedro Sánchez (PSOE) (2d) y Albert Rivera (Cs) (d)(EFE/ JuanJo Martín)

MADRID — Un español que regresara a casa tras pasar los últimos cinco años perdido en la selva tendría dificultades para reconocer su país: en ese tiempo el bipartidismo se ha desmoronado, tres nuevos partidos han emergido con posibilidad de entrar en futuros gobiernos y la ofensiva por la independencia ha fracturado Cataluña y ha despertado los peores instintos del nacionalismo. Cuando los españoles acudan a las urnas el próximo domingo, en las elecciones más disputadas de la democracia, lo harán en una atmósfera política alejada del centrismo que hizo del país un modelo de progreso y avance democrático.

El centro político está en retirada en todo el mundo ante el avance del populismo y la renovada atracción que generan discursos intolerantes, pero en pocos lugares esa tendencia sorprende más que en España: el país debe a su apuesta por la moderación y el diálogo su incorporación a las naciones modernas tras el final de la dictadura del general Francisco Franco en 1975. Más de cuatro décadas después, en medio de una creciente polarización, los españoles tienen entre sus opciones electorales radicalismos que van desde la izquierda nacionalista a la derecha populista. Quizá ha llegado el momento de contemplar una alternativa mejor: el extremo centro.

La tradición más arraigada de las campañas electorales en España consiste en la disputa entre los contendientes por reivindicar la figura del gran referente del centrismo, Adolfo Suárez, el presidente de la Transición. El dirigente español fue capaz de sentar en la misma mesa a las facciones históricamente enfrentadas y sacar adelante una democracia amenazada por los remanentes del franquismo. "Pertenezco por convicción y talante a una mayoría de ciudadanos que desea hablar un lenguaje moderado, de concordia y conciliación", sostenía Suárez.

Eran los días en que el país estaba ansioso por dejar atrás viejas rencillas, los polos eran vistos con recelo y el camino intermedio se utilizaba como arma de seducción desde el mismo eslogan de campaña. "Votar centro es votar Suárez", decía el mensaje que llevó al triunfo a la opción moderada en 1977, en las primeras elecciones libres tras la caída de la dictadura.

Nada queda hoy de aquel espíritu o del estilo de gobierno de Suárez, alejado de ataduras ideológicas o sectarismos excluyentes, a pesar de que fue un modelo que sirvió bien a España y que los tiempos demandan de nuevo.

Políticos oportunistas se atribuyen el legado del ex presidente Suárez, fallecido en 2014, para contradecirlo después con sus acciones. La campaña de cara a la votación del 28 de abril está siendo protagonizada por partidos que han preferido anunciar con quién no piensan hablar tras la votación del domingo, cerrándose a futuros pactos; adversarios políticos que se miden en descalificaciones, en lugar de propuestas; retóricas populistas que apenas dejan espacio a ideas sobre educación, sanidad o el enquistado conflicto en Cataluña.

La incorporación de toreros, periodistas, militares retirados y caras conocidas entre los candidatos al parlamento es parte de una nueva política donde la popularidad se valora por encima de la preparación y la capacidad de generar división sobre la habilidad para negociar.

En los mítines de Vox, el partido emergente de extrema derecha al que las encuestas vaticinan un apoyo cercano al 11 por ciento, se descalifica como cobardes o traidores a quienes no comparten su discurso político. La estrategia de la derecha populista española imita a la de partidos afines en Italia, Francia o Finlandia, donde la formación Verdaderos Finlandeses se quedó a unos seis mil votos de ganar las elecciones de la semana pasada. Para todos ellos, el rival político es algo más: un antipatriota y un potencial enemigo sin legitimidad para gobernar.

La irrupción de Vox en España ha tenido consecuencias más allá de su espacio político, al arrastrar hacia sus posiciones al Partido Popular (PP), que gobernó desde un centro-derecha moderado hasta hace un año y ha radicalizado su mensaje para evitar la fuga de votos. La campaña del nuevo líder conservador, Pablo Casado, ha consistido en convencer a sus votantes de que ha virado el partido lo suficiente a la derecha como para que no haga falta que apoyen a Vox. Y así, en lugar de limitarse a desmontar las propuestas de su principal rival, el presidente Pedro Sánchez, no pierde oportunidad de insistir en la idea de que se trata de "un traidor a los intereses de la unidad nacional".

La apuesta de Casado es arriesgada, porque asume que España ha dejado de ser un país moderado cuando la mayoría de sus ciudadanos todavía declaran ser de centro. No es tanto que los favorables a esa opción hayan menguado, sino que se sienten huérfanos de un partido que les represente. La mayoría de los votantes indecisos están en el centro político, donde tradicionalmente se ganaron las elecciones en España. Si, como parece, este sigue siendo el caso, el PP podría ver confirmado el castigo que le auguran los sondeos.

La pregunta es quién puede presentarse como legítimo heredero del espíritu de Suárez en un momento en el que el país necesita una figura capaz de unir. El presidente Pedro Sánchez, viendo una oportunidad, ha virado su programa hacia posiciones más centradas, pero la sinceridad de su propuesta está bajo sospecha tras haber gobernado los últimos meses gracias a los nacionalismos radicales.

El otro partido que reivindica el legado de Suárez es Ciudadanos, una formación que saltó a la esfera nacional tras confrontar el nacionalismo en su feudo catalán y que se define como "liberal progresista" desde que hace dos años eliminara la socialdemocracia de su ideario. Su líder, Albert Rivera, ha tratado de navegar la polarización del país haciendo equilibrios que no siempre han sido entendidos por sus potenciales votantes.

Al igual que los partidos de derecha (PP y Vox), Rivera es partidario de suspender la autonomía de Cataluña y endurecer la respuesta al independentismo. Esa coincidencia le ha llevado a descartar cualquier pacto con los socialistas —a los que acusa de connivencia con el separatismo— y a mantener abierta la posibilidad de llegar al gobierno con el apoyo de la extrema derecha de Vox, una decisión incompatible con un partido centrista europeo. Ciudadanos ha tratado de marcar distancias con sus potenciales socios reiterando su defensa de las libertades sociales o acercándose a colectivos como la comunidad LGBT. No parece suficiente.

La orfandad que sienten los votantes españoles de centro necesita de un partido que recupere el espíritu de la Transición. Ese partido debería exigir que en Cataluña se cumpla la ley, pero a la vez construir un relato que seduzca a los catalanes que en los últimos años se han desvinculado emocionalmente de España. Tendría que afrontar temas sociales que generan gran división —como el aborto o la eutanasia— sin verdades absolutas y buscando el punto de encuentro; estar dispuesto a defender sus ideas sin restar legitimidad a sus adversarios políticos o manipular los sentimientos patrióticos, situándose en frente de quienes utilizan a inmigrantes o minorías para justificar los problemas del país. Y reunir el coraje político para, llegado el momento, poner los intereses de la ciudadanía por encima de ideologías, partidismos e intereses.

España va a necesitar dirigentes con esa cintura política para solucionar la crisis en Cataluña, reactivar una economía que muestra claros signos de enfriamiento y resistir el avance de un extremismo que ya ha entrado en 19 parlamentos europeos y lidera siete gobiernos. Al igual que hizo en la Transición, el país podría ser un modelo para Europa y mostrar una vez más las ventajas de escoger el extremo centro.

El autor es escritor, periodista y colaborador regular de The New York Times en Español. Su libro más reciente es "El director".

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