Alazraki reportando desde la Plaza de San Pedro. Dijo que su gran privilegio como periodista fue “relacionada con la sensación de haber tocado la historia con sus manos”. – (Elisabetta Povoledo/The New York Times)
Alazraki reportando desde la Plaza de San Pedro. Dijo que su gran privilegio como periodista fue “relacionada con la sensación de haber tocado la historia con sus manos”. – (Elisabetta Povoledo/The New York Times)

ROMA — En el vuelo de regreso de un viaje papal a los Emiratos Árabes Unidos el mes pasado, la periodista mexicana Valentina Alazraki recibió una sorpresa.

Cuando la conversación entre el papa y los reporteros comenzó a menguar, llevaron un gran pastel cuadrado hasta la cabina y lo colocaron a su lado. "Me dijeron que estamos celebrando el cumpleaños número 150 de Valentina", les dijo Francisco a los reporteros riendo. "Yo no la veo tan momificada".

En realidad, la celebración se debía a un logro que rara vez alcanzan incluso los corresponsales del Vaticano más experimentados: el viaje papal número 150 de Alazraki, que ha hecho coberturas desde Italia y el Vaticano para Televisa, la compañía de medios más grande de México, desde 1974.

Después de partir el pastel, ella le ofreció la primera rebanada al papa, que lo rechazó diciendo: "Me va a hacer engordar". Luego, desaparecieron tanto el papa como el pastel.

Alazraki no volvió a ver el pastel y no recibió ni un trocito. Ni siquiera el portavoz del Vaticano, Alessandro Gisotti, pudo aclarar el misterio. "Espero que haya estado sabroso", bromeó.

No habían pasado ni tres semanas cuando Alazraki estaba compartiendo otra vez escenario con el papa, esta vez durante una reunión en el Vaticano para tratar el tema del abuso infantil por parte del clero, una reunión en la que increpó con severidad a los casi doscientos prelados del público.

Presentándose como periodista, mujer laica católico-romana y madre, Alazraki advirtió a los clérigos que si la iglesia no empezaba a reconocer y admitir públicamente sus pecados, y a superar el escándalo en lugar de encubrirlo o dejar de esconder la cabeza como avestruces, la opinión pública y de los fieles sería aún más despiadada. Y los periodistas, dijo, no se andarán con rodeos.

"Si ustedes no se deciden de manera radical a estar del lado de los niños, de las mamás, de las familias, de la sociedad civil, tienen razón en tenernos miedo porque seremos sus peores enemigos. Porque los periodistas queremos el bien común", afirmó Alazraki.

El papa Francisco convocó a la reunión para enviar un mensaje a todos los obispos del mundo (en especial a aquellos, principalmente de África y Asia, que siguen menospreciando el escándalo como si se tratara de un problema de Occidente) de que en la iglesia no hay cabida para los agresores ni para quienes miran hacia otro lado.

Reportar los abusos es la única manera de avanzar, dijo Alazraki, si quieren que les crean "cuando dicen que 'en adelante, los ocultamientos no serán tolerados'".

Los periodistas no son "los lobos feroces". Por el contrario, pueden ser aliados de los obispos "en contra de los verdaderos lobos", concluyó. El salón de plenarias estalló en aplausos, así como los colegas que observaban el discurso en las pantallas de la sala de prensa del Vaticano.

"Fue un discurso absolutamente valiente. Solo una mujer podría haberlo hecho, pero no cualquier mujer", comentó más tarde el corresponsal de Reuters, Philip Pullella, que conoce a Alazraki desde hace cuatro décadas. "Habló como una amorosa madre católico-romana y luego procedió a decirles sus verdades".

Alazraki nació en Ciudad de México en 1955, hija de una actriz italiana y un director de cine y teatro mexicano de ascendencia turca que se divorciaron cuando ella era una niña pequeña.

Aunque ha pasado la mayor parte de su vida en Italia y no en México, aseguró que con orgullo se considera "completamente mexicana". Agregó: "Mi esposo dice que me transformo cuando estoy en México y cuando estoy con mexicanos. Soy una persona distinta".

Dijo que admira al pueblo mexicano, y en especial a sus mujeres; pudo conocer a algunas mexicanas cuando hizo una investigación para un libro acerca de la violencia en contra de la mujer para una fundación católica. "Reaccionan con gran fortaleza ante situaciones muy difíciles", señaló.

Su lado italiano solo sale a relucir al cocinar. "Es mi pasión y soy muy buena cocinera".

Cuando falleció el papa Pablo VI, Alazraki era una reportera principiante de la televisora mexicana y ayudó a cubrir el breve papado de Juan Pablo I. Su gran salto se presentó cuando tendió su famosa emboscada al papa Juan Pablo II, poco después de su elección en 1978, y antes de su primer viaje al extranjero a México. En aquella ocasión, ella salió de un salto de detrás de unas macetas y le obsequió un sombrero. "Ahora que lo pienso, estaba loca", rio. "Pero funcionó".

Según contó hace poco, al papa le causó gracia su hazaña e intercambiaron algunas palabras. "No fue una entrevista digna del Pulitzer", dijo, pero se quedó con una buena impresión de ella; cuando comenzó a reportar desde el Vaticano, ella fue una de las dos mujeres que iban a los viajes papales.

"Las mujeres se integraron mucho tiempo después, y Valentina fue una de las primeras en hacerlo", dijo Giampaolo Iorio, quien fue colaborador de The New York Times en el Vaticano, ahora ya retirado, al recordar la época en la que los reporteros que trabajaban en el Vaticano podían contarse con los dedos de una mano y un par de dedos de la otra.

Alazraki se convirtió en una de las periodistas más cercanas a Juan Pablo II. "Era un puesto extraño. Sí, como periodista, pero también como un pequeño puente entre él y México, un país que él amaba y que lo amaba mucho".

En 1988, durante su periodo como presidenta de la Asociación de Prensa Extranjera de Roma, convenció al papa polaco de visitar la asociación (él sigue siendo el único papa que lo ha hecho). También lo persuadió de invitar a corresponsales extranjeros y a sus familias a su residencia de verano en Castel Gandolfo "porque era más grande", dijo riendo.

Tres décadas más tarde la llamaron como testigo para declarar acerca de las virtudes de Juan Pablo II, el primer paso hacia la canonización que la iglesia le otorgó en 2014. (La periodista que lleva dentro salió a relucir cuando afirmó, en su discurso ante los obispos, que la memoria del papa estaba manchada por su amplio apoyo a Marcial Maciel, el fundador mexicano de la organización ultraconservadora de los Legionarios de Cristo, que más tarde se descubrió que era pedófilo y mujeriego).

Incluso ahora, cuando la gente la detiene en las calles de México o en la Plaza de San Pedro mientras realiza alguna transmisión, Alazraki cree que no se debe a que sea una personalidad de la televisión, sino a que la relacionan con Juan Pablo II (de quien también ha escrito numerosos libros).

"Durante veintiséis años, si el papa aparecía en televisión, escuchaban mi voz, de modo que hay una asociación automática", explicó. "Quieren agradecerme por ser un contacto con los papas. No es fama, es cariño".

Cuando el papa Francisco fue a México en 2016, ella hizo de nuevo el truco sorpresa del sombrero. "Los fotógrafos son los más felices cuando los papas se ponen el sombrero. Ahora es una tradición", dijo, aunque no lo hizo con el papa Benedicto XVI porque era más reservado y creyó "que lo avergonzaría".

Aproximadamente en el segundo aniversario de su papado, Francisco se sentó con Alazraki para una entrevista de más de una hora, una de las pocas que ha ofrecido.

Su gran privilegio como periodista, dijo, "está ligado a la sensación de haber tocado la historia con mis manos".Alazraki habló de haber visto a Juan Pablo II con Fidel Castro en Cuba, con la madre Teresa en una de sus casas para los desamparados y con Nelson Mandela al final del apartheid. Habló de la visita de Benedicto XVI, un papa alemán, a Auschwitz, y de cuando el papa Francisco se reunió en Cuba con Cirilo I, patriarca de la iglesia ortodoxa rusa. "Esos momentos se quedan contigo".

Después de ofrecer su discurso ante los obispos el mes pasado, Alazraki regresó a la sala de prensa del Vaticano y fue recibida con un aplauso prolongado de los reporteros presentes.

"Espero haberlos representado como merecen y que no estén molestos conmigo", dijo.

Pullella bromeó acerca de retirarse antes "para convertirse en su agente". Otros periodistas se reunieron a su alrededor para elogiarla, pero no les dio mucho tiempo.

"Gracias a todos, pero ahora tengo que ir a trabajar", dijo.

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