(CREDIT: Brian Rea for The New York Times)
(CREDIT: Brian Rea for The New York Times)

"Ay, no sé, Garrett", me dijo mi hermana al teléfono. "Me gusta mucho. Me quedo alelada cada vez que lo veo, ¿sabes?".

"Ay, claro que lo sé", le respondí. "Me ha pasado igual".

Pero ¿realmente me ha pasado igual?

Mi hermana tiene 14 años y acaba de empezar su primer año del bachillerato. Yo tengo 28 y estoy en los primeros escalafones de una carrera profesional; aún intento dilucidar qué quiero de mi vida. Aunque mi hermana tiene la mitad de mis años parece que con cada conversación nos parecemos más, mental y emocionalmente.

Eso, la verdad, no me molesta. En la actualidad creo que muchas adolescentes (sí, pensé en ti, Emma González) tienen un mayor desarrollo, son más poderosas y están más en sintonía con sus emociones que una persona cualquiera. Entonces, creo yo, si tiendo a parecerme a una adolescente, estoy bien encaminado hacia ser una mejor persona.

Aunque ese día al teléfono es cuando más alejado me sentí de quien estaba en el otro extremo.

"Hicimos contacto visual", siguió ella, "y luego me saludó y yo lo saludé, pero justo en ese momento tuve que voltearme y correr porque se notaba que estaba ruborizada".

Para cuando terminó de contarme su experiencia yo estaba llorando. Me inventé a medias una excusa para colgar, tenía que trabajar o algo así, y me quedé sentado en el borde de mi cama con la cabeza en manos mientras las lágrimas corrían desde mis mejillas hasta las uñas de mis pies, pintadas con esmalte dorado. "Qué bueno que me las pinté", pensé, "o seguramente me vería ridículo".

¿Por qué estaba llorando? Pues mi hermana apenas tenía 4 años cuando yo me salí de la casa de nuestros padres, y pese a que la visito seguido y hablamos por teléfono varias veces por semana, la comunicación digital no logra compensarlo todo. Probablemente es mejor que no esté ahí a su lado para ayudarla con su tarea de matemáticas porque soy malísimo, pero ojalá pudiera estar ahí para la tarea de literatura o para ayudarla a elegir el vestido idóneo para algún baile escolar.

También estaba llorando porque me sentía agradecido de que ella todavía quiere hablar conmigo de estas cosas del amor. Pero, más que nada, las lágrimas eran por el yo de 14 años que nunca vivió lo que está experimentando mi hermana.

Ella podrá cantar a los cuatro vientos sobre su primer amor en vez de tener que tragárselo como si se tratara de un mal secreto.

Cuando era un adolescente queer que seguía dentro del clóset lo que más me preocupaba era no tener ningún enamoramiento. Nada de pasar notitas por el salón, nada de quedar ruborizado después de un roce de manos.

En el segundo año de primaria me metí en problemas porque le pedí a una chica que se casara conmigo por medio de un corazón de papel color naranja. Ella se puso unos zapatos de plataforma con estampado de leopardo para mi fiesta de cumpleaños, y obviamente supuse que por eso nuestro destino era estar juntos.

Cuando los profesores convocaron a mis padres y a los suyos para hablar al respecto, mi familia se rió. No sé si mi padre estaba más aliviado o más orgulloso: por lo menos yo ya no estaba hablando de los zapatos de plataforma con estampado de leopardo.

He vivido mi duelo por la falta de una vida amorosa adolescente por medio de películas, libros y música en los que me imagino que soy el personaje de la joven que atrae la atención de un chico, que tengo una vida que nunca pude conocer. Sin la oportunidad para experimentar en carne propia una relación romántica del tipo, me quedé en los márgenes en espera de que las estrellas me enseñaran cómo se siente.

Aprendí con Julia y con Reese y con Bette, Angela y Sarah Jessica, igual que con Mindy y Meryl y Dianne. Me aprendí de memoria las escenas de comedias románticas y recitaba los diálogos por la noche, encerrado en mi habitación, mientras corrían las lágrimas por mis mejillas e intentaba sentir las emociones que no experimentaba de manera directa. Actuaba las escenas frente al espejo, cual momento del Oscar, pero de cualquier manera me sentía vacío al despertar la mañana siguiente.

Quería poder capturar una versión del amor que era inocente y reciente. Cuando eres adolescente el mundo no se trata de pensar en casarse ni de hablar sobre las ex parejas o de cuándo se van a mudar juntos; no aplican ni son apropiadas esas cuestiones. En vez de eso puedes aprender sobre los sentimientos románticos sin la presión de cómo será el resto de tu vida.

Mi hermana puede disfrutar y sentir sus enamoramientos adolescentes, por lo cual podrá desarrollar herramientas y respuestas emocionales que yo no tenía durante mis veintes… que aún no tengo. Ella va a poder procesar una atracción que se siente electrizante o celos que te dejan adolorido una década antes de la edad a la que yo siquiera me permití admitir que tenía esas emociones.

Podrá cantar a los cuatro vientos sobre su primer amor en vez de tener que tragárselo como si se tratara de un mal secreto. Nuestros padres le van a dar consejos, van a decirle que están preocupados y la van a reconfortar la primera vez que le rompan el corazón, un consuelo para el que yo ya era demasiado grande cuando lo llegué a necesitar.

La primera vez que tuve una pelea amorosa tenía 24 años y fue por algo muy estúpido, como que mi novio hizo que llegáramos tarde a ver una película. No tenía capacidad alguna para lidiar con un conflicto en una relación, cualquiera que fuera el conflicto, y lo sabía.

"¡Perdóname!", quería gritar mientras estaba ahí sentado en la cama, en silencio. "Perdóname por no tener esto practicado. Perdón pues todas las películas y canciones de las que dependí para intentar educarme no son de ayuda en el mundo real. Perdón porque yo no me tomé de la mano con nadie hasta mis veintes y que no besé a nadie que me importara hasta esa edad. Perdón, pues tú eres la persona de la que ahora voy a intentar aprender".

Claro que no le dije nada de eso. Me quedé sentado, con el anhelo de haber vivido una adolescencia distinta.

Ver una historia de amor no compensa haber participado en la tuya propia.

Las películas y series de televisión de las que aprendí estaban repletas de mujeres maravillosas, pero todos los personajes eran heterosexuales, todas las relaciones eran heterosexuales, todas las historias de amor y las reglas eran heterosexuales. Sí, el amor es el amor, y claro que #ElAmorGana (¡al menos a veces!). Pero también es cierto que el amor y las relaciones son diferentes para quienes somos queer, tal como lo son las reglas que rigen esos temas.

Me siento agradecido de que hay un acervo cada vez mayor de historias de amor queer, pero verlas en la adultez no sacia la sed tan profunda que tenía en mi juventud de una experiencia directa. Ver una historia de amor no compensa haber participado en la tuya propia.

Aun así, mantengo el deseo de que cuando yo era más joven hubieran existido películas como Yo soy Simon o artistas como Troye Sivan, quien no solamente vive el amor queer sino que canta al respecto. Sin embargo, agradezco que existen ahora y me siento todavía más agradecido de que están disponibles para las personas que son como yo y tienen la edad de mi hermana. Podrán ver un reflejo de sus maneras de amar sin tener que torcer sus narrativas para intentar encajar con las historias típicas.

De ahora en adelante van a haber más historias así; tiene que haberlas. Historias que exploren el amor queer entre personas negras o latinas y el de personas transgénero y parejas bisexuales que navegan el enamoramiento a su propia manera.

Ya tengo un poco más de experiencia romántica, además de que he conocido a otras personas queer que se sienten como yo: que fueron privadas de una oportunidad para explorar sus atracciones naturales desde una edad joven y que por ello se sienten atrofiados emocionalmente.

La última vez que hablamos, mi hermana me contó: "Estoy sacando las mejores calificaciones y también creo que le gusto a alguien".

Mi instinto era aconsejarla que a su edad debía poner las calificaciones por encima del interés romántico, pero me contuve. Tendríamos que ser capaces de celebrar dos cosas a la vez sin hacer sentir que una de ellas es menos. Además, ¿quién soy yo para dar consejos amorosos?

"Creo que a mí no me gusta como yo a él", dijo mi hermana. "Pero podríamos ser muy buenos amigos. Ya veré".

Sí, ella ya verá. Estoy muy contento de que no intenté aminorar ninguna de las cosas que quiso celebrar conmigo durante la llamada de ese día. Sí, las calificaciones y el intelecto son maneras fáciles de cuantificar el aprendizaje y el desarrollo, pero ya quisiera yo haber podido aprender los límites entre la atracción romántica y la platónica antes de los 26.

Seguramente voy a tener que esperar otra media década antes de poder darle consejos amorosos a mi hermana que le sean útiles, y para entonces va a estar tan adelantada respecto a mí que ni siquiera los va a necesitar. Hasta que llegue ese momento me dará gusto aprender a su lado, separados por la edad y por la distancia, pero unidos por la idea de que algún día encontraremos el objeto perfecto para una infatuación.

Garrett Schlichte es escritor y administrador universitario en Washington, D. C.

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