Entre la languidez y la violencia

Foto de una protesta en Colombia. EFE/Ernesto Guzmán Jr
Foto de una protesta en Colombia. EFE/Ernesto Guzmán Jr

Recientemente leí un articulo luminoso de Adam Grant en el New York Times sobre el malestar que se siente dentro de la pandemia del Covid sosteniendo que a ese padecer se le puede denominar “languidez”. Se refirió a ella como una sensación de estancamiento y vacío, como si uno estuviera pasando los días sin rumbo, mirando la vida a través de un parabrisas empañado.

En los hechos, es notorio que la salud mental de todos los afectados por el Covid alcanza niveles de daño diverso. Es imposible vivir con la irrupción de la “finitud” expuesta cotidianamente sin padecer el impacto de eso como individuos. Y así transitamos desde la depresión hasta los picos de florecimiento en clave de felicidad. La pandemia produce estados emocionales como si fuera una montaña rusa.

La expresión “languidez” tiene su origen en el sociólogo Corey Keyes quien tuvo el mérito de encontrar esa zona entre la depresión y cierto punto de superación de la misma. Sus estudios demuestran que las posibilidades de padecer algún nivel de estrés postraumático no son un asunto menor. Así, se refiere a los trabajadores sanitarios de Italia que enfrentaron la pandemia en el 2020, quienes tienen altas posibilidades de sufrir el estrés referido. No estamos hablando de banalidades, a las muertes que se produjeron ahora sobreviene el daño psicológico que aún no es cuantificable pero es seguro que ya está entre nosotros.

Esta visión resulta acertada para enormes sectores de la población mundial, inclusive para sociedades que poseen equilibrio y moderación institucional. No creo, sin embargo, que sirva como lente universal.

Obsérvese ahora los niveles de violencia que se han desatado en diversos países de América por estos días. Los procesos de violencia masiva siempre son complejos de entender y generalmente de naturaleza multicausal. Un alcalde de un país de nuestro continente afirmó: “Todo suma, yo creo que la psique colectiva está anormal, producto de las decisiones tomadas durante un año de pandemia. Tener a los jóvenes encerrados, cerrar la fiesta como actividad de encuentro, cerrar la danza, el baile, es un componente que está ahí.”

Lo que trajo el virus del Covid -además de la enfermedad- fue también una enorme presión psicológica que ahora alcanza a millones de personas. Recordemos que uno de cada seis individuos de entre 18 y 29 años en América Latina se ha quedado sin trabajo. Por eso las políticas que surjan -a posteriori de la pandemia- deberían poner el acento también en reparar los daños de orden emocional que tendrán nuestras sociedades. Y hacerlo no siempre es fácil si no existen los recursos para ello.

Quien no posee esperanza y está acicateado desde las redes sociales se puede transformar (o lo pueden transformar) en un ser potencialmente radical y violento. Ya muchos lo son en lo retórico, el salto hacia la praxis es bastante simple. Estoy pensando que aquello que sucede en varios lugares de América -donde explota la violencia y muchos no comprenden que está sucediendo- se puede replicar más fácilmente de lo que se imagina en cualquier parte. Y la presión de este año que confinó a medio planeta no debería ser un asunto lateral a ser desconsiderado.

Manifestantes salen a las calles en protestas antigubernamentales exigiendo el fin de la violencia policial, apoyo económico y el retiro de una reforma de salud, en Bogotá, Colombia. Mayo 12, 2021.REUTERS/Nathalia Angarita.
Manifestantes salen a las calles en protestas antigubernamentales exigiendo el fin de la violencia policial, apoyo económico y el retiro de una reforma de salud, en Bogotá, Colombia. Mayo 12, 2021.REUTERS/Nathalia Angarita.

Es que en el mundo de hoy, con redes sociales motorizando la agitación confrontacional, con malestar anímico y tenue esperanza en el modelo social y ecónomico que se avecina -en la era de la posverdad- con franqueza, se corren demasiados riesgos. Muy pocos países logran escaparse de esta tendencia. Y todo dentro de un ambiente social alterado por la enfermedad y los confinamientos que han resquebrajado la racionalidad y el equilibrio mental de buena parte de las personas. ¿O no advertimos comportamientos individuales y colectivos extremos que también se explican por el grado de presión y encierro que se ha padecido a consecuencia de una pandemia que asesina en lo físico y aniquila el equilibrio emocional? Por supuesto, una cosa es la reacción, otra la violencia, otra la vandalización y otra muy distinta la criminalización de los procederes. Todos tenemos claro cuando se actúa dentro y fuera de la ley. Y los que exorbitan los límites del estado de derecho saben lo que están haciendo, no hay eximente jurídica alguna que valga, pero igualmente deberíamos observar en términos sociológicos -con un lente más afinado- para comprender lo que está aconteciendo. Será un tiempo de enorme trabajo para la psicología, la sociología y la ciencia política si lo asumen sin biblioteca ideológica.

Algo se estaba incubando y no era solo el virus sino su consecuencia en el plano mental, una especie de rabia contenida que una vez liberada rompió los andariveles del respeto social e hizo trizas el contrato de convivencia pacífica que se suponía que teníamos. La solidaridad no era tanta o la fatiga llegó a zona terminal. Algo de eso pasó.

No se puede transitar en democracia si todo vuela en mil pedazos de un día para el otro. Podrá existir afectación emocional pero nada justifica una violencia descabellada que al liberar su frustración aniquila y llega a extremos de muerte. Repito, por si alguno cree que entender es eximir, se equivoca. Son dos asuntos bien distintos, pero conviene entender la realidad no alcanza con apenas escanearla. Y la mente humana si no está en paz es un polvorín que puede terminar en cualquier desmesura. Y paz es lo que nos ha faltado en demasía por estos tiempos.

Ya todos los predictores del futuro se han expedido sobre el Covid y lo que entienden que viviremos (es curioso como los humanos siempre estamos buscando oráculos de Delfos que nos hagan lectura del porvenir). Y lo sensato sería no creer demasiado a los autoproclamados gurú del futuro. Sin embargo, nadie imaginó jamás un planeta detenido, la agresividad de una enfermedad que se ubica entre las primeras causas de muerte (desplazando a las enfermedades crónicas de siempre) con una velocidad exponencial del contagio y con mutaciones electrizantes que parecen una escena de la peor película de Marvel. No eran versiones “conspiranoicas”, es la realidad la que resultó aterradora.

Seamos francos, nadie advirtió cabalmente en su letalidad criminal a esta ametralladora del Covid. Menos aún los que se deberían ocupar de estos menesteres por competencia propia (los organismos sanitarios multilaterales del mundo) que más bien han tenido posturas erráticas en lo académico y no han sabido conducir el momento hacia una respuesta eficaz en lo social. “Desazón” es el calificativo que utilizó un ministro de salud del continente ante su proceder. (Fue recatado).

¿Cuál es el patrón entonces de lo que se vive ante estos fenómenos de violencia actuales? Las redes sociales amplifican la queja, la queja surge en cualquier lado, tiene que poseer legitimidad (justificación weberiana) para ello: debe existir una percepción del dolor para que el bramido tome volumen. Luego, el espiral de violencia es solo cuestión de minutos, horas o días. Lo que antes podía llevar meses ahora se puede procesar en instantes. Todo puede explotar en los lugares más impensados de un día para el otro y las calles se poblarán sin convocatorias planificadas, ni buses alquilados, ni viáticos para la movilización. Lo que sucede es real y temerario. Por eso es tan imponente el presente porque en cualquier lado se puede perder el control de un segundo al otro y no existe un formato perfecto donde los sistemas de seguridad pública estén preparados para disuadir tal masividad irracional y descontrolada. Por eso reintroducir la paz pública no se transforma en un desafío de manual. No está siendo fácil reorientar las sociedades hacia la civilidad cuando se pierden las referencias de la convivencia pacífica. Estas violencias son nuevas violencias y ante ellas la respuesta adecuada y garantista no es un asunto sencillo de producir. Si se actúa con recato se es considerado débil y el caos es seguro; y si se actúa con firmeza la acusación de abuso en el uso de la fuerza pública también produce otro caos total. Una vez en medio del incendio no hay como apagar las llamas.

Protesta contra el gobierno de Chile en abril de 2021. REUTERS/Rodrigo Garrido
Protesta contra el gobierno de Chile en abril de 2021. REUTERS/Rodrigo Garrido

Ya no se necesitan, además, líderes estructurados para montar revoluciones, ordenar la agitación y conducir las masas reactivas. Todos son los líderes y nadie lo es en medio de las revueltas en las calles del continente. Los Daniel Cohn Bendit del mayo de 1968 no son necesarios. Sobra con la sumatoria de consignas y convocatorias de 280 caracteres en redes sociales, casi sin necesidad de autor alguno que las certifique para aglutinar disdencia social. Y lo que es peor, los memes puede incendiar Roma con autor anónimo. Y hasta Tik Tok arenga, atiza y convalida comportamientos. Lo hemos visto hasta en el conflicto Israelí-palestino. La serpiente se cuela por la hendija que encuentra.

Alguno sostendrá que los trolls pueden estar coadyuvando en todo esto con financiación externa y apoyaturas logísticas de diversa índole. Puede ser que haya alguna yuxtaposición con movimientos sociales, pero si no existe clima, ambiente, por más que se sostenga una narrativa confrontacional no habrá espacio para ella. En cambio, si el ambiente está a punto, cualquier fósforo incendia la pradera. Por supuesto, los que peinamos canas sabemos que hay elementos internos y exógenos que pueden fogonear un ambiente y transformarlo en revulsivo, pero ese no es mi tema de hoy, aunque comprendo que esta variable nunca es descartable y cuando opera puede desestabilizarlo todo. (Y esto sucede en una región como la nuestra donde más de una potencia extranjera incide de forma no siempre clara.)

Los trolls existen y habrá que pensar seriamente en como desmantelarlos. En casi todos los momentos de violencia contemporánea está presente esta sospecha. En muchos casos comprobada. No es menor tener fogoneros internéticos haciendo la revolución a click puro y pagos por quien sabe quien.

¿La tecnología pudo hacer nacer una vacuna contra el Covid en seis meses y no puede frenar a los trolls? Las empresas tecnológicas deberían colaborar con los gobiernos democráticos en este desafío o el invento se deglutirá a sus hijos más temprano que tarde. Es un riesgo que no vale la pena correr cuando la calidad de la democracia está amenazada día a día. Y además, cuando son pocos los liderazgos que están dispuestos a recorrer el camino de la libertad de expresión y no el de la militancia prefabricada en redes distorsionando la voluntad ciudadana. (Algo de ésta película ya vimos cuando se manipularon actos eleccionarios. Ya deberíamos haber aprendido la lección en el mundo democrático.)

Pero el problema de fondo es como vertebrar democracias de calidad que le permitan sentirse involucrado al ciudadano y que no se auto-perciba como un mero número al que nadie parece importarle demasiado. Ese es el desafío: democracias amplias, con capacidad de respuesta a demandas reales, sin caer en un Estado prebendario. Sencillo de proclamar pero complejo de procesar. Sin embargo hay países que en el mundo lo logran, son la excepción. A ellos hay que mirarlos para desmenuzar sus métodos y ver que se puede extrapolar de los mismos. Ya está casi todo inventado.

Las claves son la educación, la innovación y el desarrollo tecnológico. Las tres a la par. Solo así se producen saltos cualitativos en las sociedades que superan los crecimientos de producto bruto interno previsible. (Llegar al 2% es la meta). Solo así se recuperará la confianza antropológica que parece estar en jaque. Hasta Estados Unidos tiene que revisar su inversión en esto si no quiere perder su liderazgo. Es la única forma de avanzar a una velocidad que rompa la inercia en la que estamos. El resto es divertimento literario. Cualquier otra postura de solución será a corto plazo. Para el mediano plazo -si se desea superar la mesocracia y la desinstitucionalización progresiva que padecemos- el camino está delineado y ya sabemos donde invertir y en que sectores para que desde esas plataformas haya rebote en la economía. Está en nosotros recorrerlo o seguir en la misma noria.

O América madura o nuestros indicadores seguirán siendo desestimulantes y estaremos cada vez más lejos del sueño de bienestar que merece la gente de este continente. Y, por supuesto, este no es un asunto de derechas o de izquierdas es de sentido común.