El castrochavismo y sus aliados vis a vis la administración Biden

En la imagen, Joe Biden, presidente de Estados Unidos (EFE/EPA/Stefani Reynolds/Archivo)
En la imagen, Joe Biden, presidente de Estados Unidos (EFE/EPA/Stefani Reynolds/Archivo)

Una aproximación a entender cuál es el GPS de la administración Biden para abordar el presente y futuro sistema internacional es la lectura de la recientemente publicada Estrategia Provisional de Seguridad Nacional dada a conocer por la Casa Blanca.

El mismo tiene un inédito énfasis en enviar mensajes hacia el público y la política doméstica de los Estados Unidos.

En especial a los sectores más activos del ala progresista que se movilizaron en las calles y en las redes sociales contra Trump.

Su rol, si bien infinitamente menor que el efecto del COVID-19 y sus consecuencias en el nivel de actividad económica, es considerado por el gobierno como un activo que lo ayudó a llegar al poder.

Pero también se hace evidente que en esas páginas hay señales de paz y acercamiento a los masivos sectores populares y de clase media que respaldaron a Trump tanto en el 2016 y aún más en el 2020 (12 millones más que cuatro años antes) y que ya están hastiados de las líneas rectoras del liberalismo económico, el libre comercio y largas e innecesarias guerras que desde el fin de la Guerra Fría hasta el 2016 eran el común denominador de las élites republicanas y demócratas.

Por ley, los gobiernos tienen un plazo de hasta 150 días para publicar este primer documento donde explayan su visión estratégica.

En administraciones anteriores se vencieron esos plazos y varias veces no se los elaboró ni durante el primer año de gestión.

La decisión del actual gobierno americano de hacerlo en un tiempo récord de 60 días, también es una señal destinada a mostrarse como serios, eficientes burócratas y respetuosos de formas y normas.

Como forma de diferenciarse de Trump y su estilo desestructurado y avasallador. No obstante, debajo de toda esta retórica casi electoral sobresale el núcleo central del documento y sin duda una muy fuerte continuidad con el camino diseñado por Trump.

Nos referimos a señalar a China como el rival estratégico a enfrentar, de manera firme, sistemática y en todos los frentes.

El hecho que en el equipo de colaboradores de Biden haya varios que sostuvieron posturas demasiado optimistas para no decir ingenuas con respecto al ascenso del poder chino en los últimos 30 años, hará que pueda verse en escena casos de dogmatismo de los conversos.

O sea palomas, que pasan ahora a ser halcones.

En otras palabras, cabe esperar niveles de tensión y asperezas sostenidas con China y de naturaleza más agudas que con Trump.

Siguiendo con el tono de campaña, el documento habla del regreso de los Estados Unidos al mundo.

Desde ya que Washington no se fue del mundo ni mucho menos en los pasados cuatro años.

En todo caso, imperó la decisión de terminar con el buenismo retórico hacia China y al mismo tiempo exigirles a sus aliados europeos y asiáticos que asuman los riesgos del nuevo sistema internacional y que ellos se viese reflejado en mayores inversiones en el sector de la Defensa.

Una de las perlas del documento, o quizás la más importante, es la decisión de hacer un uso intensivo de las agendas de DDHH, la defensa de las democracias republicanas con división de poderes y la lucha contra la corrupción como instrumentos contra el avance de China, y en menor medida Rusia vista como un actor disruptivo pero no como el principal rival de los intereses americanos.

Ya en 1975, H. Kissinger, una de las mentes más agudas de la política exterior de los Estados Unidos, puso en el centro de la escena mundial la temática de los DDHH.

El objetivo era hacerle pagar un costo de imagen y de prestigio a la URSS así como proteger en todo lo posible a los disidentes y perseguidos por los soviéticos en los países ocupados por el Ejército Rojo.

Esa bandera fue luego seguida y potenciada por la administración demócrata de Carter entre 1977 y 1981.

Ese activismo de la Casa Blanca contra las violaciones a los DDHH se aplicó sobre el bloque soviético y contra algunas dictaduras de derecha en países no claves para la seguridad internacional de los Estados Unidos tal los casos de Argentina y Chile.

Muchos actuales y activos críticos en la vida política Argentina del rol del Washington en nuestro país, en aquellos años buscaban la ayuda y el respaldo del hoy supuestamente malvado imperialismo americano.

Un doble estándar más que lamentable y carente de la más mínima coherencia.

Asimismo, el equipo de Biden viene impulsando una fuerte campaña diplomática y mediática que pone en el centro de la escena la coordinación y cooperación con otras democracias.

En este sentido, se destaca la importancia asignada a la mesa de diálogo estratégico con India, Japón y Australia.

A nivel global, los bosquejos que se comienzan a diseñar sobre ampliar el Grupo del G7 a un G10 sumando a India, Australia y Brasil.

En nuestra región, la Casa Blanca puso muy en claro que la puja con Cuba sobre el control de Venezuela continuará y se potenciará.

Para ello, se deja de darle importancia al Grupo de Lima y en su lugar se está articulando un espacio de acción común con Canadá, Brasil, Colombia, Alemania, Francia y Reino Unido.

En los últimos meses, el propio gobierno socialista español asumió posturas mucho más duras y críticas contra el régimen que controla Venezuela.

Otro punto no menor de los cambios en las estrategias que comienzan a emanar desde la Casa Blanca y que está llamado a tener impacto en nuestro país también, es la capacidad del actual gobierno americano de tener de su lado lo que podríamos llamar la “internacional de lo políticamente correcto” o sea la combinación de ecologismo, sobre la defensa de la diversidad sexual, él feminismo más militante, críticos de la biología como determinante del género de las personas, abolicionistas de la pena de muerte, partidarios de fuertes incrementos de impuestos a las capas más ricas de las sociedades, etc.

En países como por ejemplo Argentina y Brasil, estos grupos tienden en muchos casos a ser parte de las coaliciones K en el primer caso y el PT en el otro.

Estos grupos posmodernos conviven en esa coaliciones con sectores pro Cuba, Venezuela, Irán, China, etc.

Países donde difícilmente podrían desarrollar sus actividades normalmente y sin grandes riesgos los grupos antes mencionados.

Cuando las cosas se pongan más ásperas entre Biden y China y con esos otros países y sus aliados en nuestro país y región, la “internacional” antes mencionada, ¿de que lado jugará?

Por último y no por ello menos importante, una de las debilidades más marcadas de ésta ambiciosa e inteligente agenda del nuevo gobierno americano, es no tener previsto por el momento la búsqueda de un diálogo serio, pragmático y de largo plazo con Rusia.

La rusofobia demócrata luego de la derrota de H. Clinton en el 2016 y los fallidos esfuerzos judiciales y políticos para comprobar la supuesta ayuda de Moscú a Trump para llegar al poder, crean un terreno poco fértil para esa aproximación.

Ni que decir luego de que el mismo Biden calificara de asesino a Putin.

De más esta decir que China está más que agradecida con esas hostilidades.

Para Washington en tanto, una gran pedida de tiempo y energías en lo que ellos mismos definen como su objetivo central o como es preservar la primacía pese a la ambición de Beijing de quedarse con el trono.

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