También estamos hartas

Se nos acusa de querer debilitar el movimiento mientras los perpetradores de la violencia son excusados de sus delitos

IMAGEN DE ARCHIVO. Una mujer sostiene una pancarta durante una manifestación para exigir justicia a víctimas de violencia de género y femicidios, en Ciudad de México, Julio 20, 2020. REUTERS/Edgard Garrido
IMAGEN DE ARCHIVO. Una mujer sostiene una pancarta durante una manifestación para exigir justicia a víctimas de violencia de género y femicidios, en Ciudad de México, Julio 20, 2020. REUTERS/Edgard Garrido

Las militancias emanadas de algún movimiento social tenemos como práctica común el debate y la discusión pública, para deliberar hasta construir acuerdos, alianzas, ganar batallas por derechos sociales, reconstruir naciones o instrumentar planes de gobierno. En muchos casos, se busca dar cauce desde la rabia y la indignación bajo estrategias inteligentes que ayuden a reivindicar y reconocer causas justas.

En un país azotado por la violencia contra niñas, mujeres y jóvenes como lo es México, la estrategia debería unir las causas y dar un mensaje bajo un panorama más alentador para las víctimas; no obstante, lo que se ha naturalizado es el cuestionamiento permanente a quienes estamos del lado de aquellas que se atreven a denunciar.

Bajo una dura realidad, defensores de derechos humanos son perseguidos, las denunciantes re victimizadas, a las personas con alguna voz pública se nos pide “congruencia” priorizando algún objetivo superior.

Se nos acusa de querer debilitar el movimiento mientras los perpetradores de la violencia son excusados de sus delitos, argumentando que la vestimenta o cualquier circunstancia fueron detonantes válidos para la acción delictiva.

A las mujeres feministas intersecarse en algún otro movimiento social, sobre todo en los de orden de la política formal o la izquierda popular, se nos exige replegarnos o renunciar, mientras a ellos se les perdona, se les olvida, se les considera, se les justifica.

Se los hemos dicho en las calles, las plazas, las cámaras y los órganos de gobierno a quienes quieren cercarnos: aquí no aceptamos cadenas, porque aquí construimos en horizontalidad, y eso es lo disruptivo del movimiento feminista. Porque no se ajusta, “no cae bien” —a veces ni en la derecha ni en la izquierda—; somos, efectivamente, una molestia.

Porque vamos contra el centro del poder, y el poder se ha confundido bajo un todo masculino, violento, que gana con guerra, con opresión en lxs otrxs; que apunta al castigo y señalamiento para quienes se salen de la norma.

Y ese es el riesgo mayor de que gane un gobernante impresentable, aun cuando existen cuestionamientos y denuncias sobre su persona: que la impunidad con la que libró las acusaciones en su contra sea el ejemplo de cómo conducirá sus políticas públicas, y que sentencie a sus gobernados a este terror.

Tal es el caso del candidato Félix Salgado Macedonio. Y cuando manifestamos nuestro descontento como militantes de izquierda y feministas, se nos acusa de ser la amenaza.

Nosotras también estamos hartas. Estamos hartas de hacer no uno, sino tres o cuatro comunicados nacionales, con cerca de 5 mil firmas totales, y que pretendan no escuchar.

Sí. Estamos hartas, hartas de fosas clandestinas y 11 mujeres asesinadas por violencia feminicida a diario; pero no claudicaremos ni seremos ajenas al dolor de otras.

No lo haremos, cuando el movimiento feminista nos ha enseñado a ser fuertes en la adversidad; no, cuando son miles las que requieren que pongamos la voz a sus demandas.

Porque la batalla no termina con Salgado Macedonio, pues nuestra lucha es de largo aliento. Porque estamos del lado correcto de la historia: del lado de las víctimas y la justicia para ellas.

Wendy Briceño Zuloaga es Diputada Federal en la LXIV Legislatura del Congreso de la Unión por el Distrito 5 de Sonora con cabecera Hermosillo por el partido MORENA

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