Los demócratas, la rusofobia y la satisfacción china

Si la Justicia confirma la victoria de Joe Biden, cabe esperar una áspera relación con Rusia. La gran pregunta que habría que hacerse es si eso es lo mejor y más realista para la política exterior americana en el corto, mediano y largo plazo

El presidente electo de los Estados Unidos, Joe Biden (REUTERS/Jonathan Ernst)
El presidente electo de los Estados Unidos, Joe Biden (REUTERS/Jonathan Ernst)

En 2016 dos terremotos políticos se sucedieron en los Estados Unidos. Dos dinastías políticas caían derrotadas frente a un veterano empresario del sector de la construcción. Nos referimos a Donald Trump, quien se impuso en las primarias republicanas frente a Jeb Bush, el hijo políticamente favorito del patriarca de la familia el ex Presidente George W. Bush, y luego en noviembre de ese año la derrota de Hillary Clinton. La sensación era equivalente a un ataque extraterrestre sobre todo lo conocido. Tal como sucedió hace pocas semanas, las encuestas mostraban ventajas para los demócratas que iban de los 10, 12 y hasta 16 puntos. Tanto ese año como ahora, eso nunca sucedió y todo se resolvió por un par de puntos de diferencia. El sistema de Colegio Electoral americano, con su gran mérito de evitar que los políticos que aspiran a conducir el país solo deban focalizar en uno, dos o tres grandes distritos, como sucede en la Argentina desde 1994 y en donde el alfa y el omega pasan por el conurbano bonaerense, lo terminará resolviendo a mediados de diciembre.

Hace cuatro años, el shock en las filas demócratas fue tan grande que hubo que buscar una explicación al fracaso y de ser posible encontrarla fuera del país, cosa que no hubiese ninguna crítica a Clinton ni ningún reconocimiento a Trump. En este escenario estaba todo servido en bandeja para atribuir la culpa de todos los males a Rusia. El argumento desde el mismo noviembre de 2016 era que Moscú había logrado influir decididamente en las mentes y corazones del electorado de los EEUU y ayudado decididamente a imponer al polémico y carismático empresario. Durante los tres primeros años de su gobierno, la oposición demócrata impulsó juicios políticos, investigaciones del FBI, sesiones especiales en el Congreso y miles de horas de los canales de noticias anti Trump, con el objetivo de demostrar esta conspiración. Finalmente, en 2019 el FBI comunicó que no existían evidencias para fundamentar estas acusaciones. Para cualquier observador de la vida política norteamericana, era más que esperable que el tema se volviera a poner en el centro de la escena para la contienda electoral 2020.

Este año se recurrió al fantasma ruso para explicar los orígenes de fotos, emails y documentos que supuestamente comprometían la conducta e imagen del hijo del candidato Joe Biden. Durante los últimos 30 días de campaña electoral, los pocos periodistas que se animaban a preguntarle a Biden sobre el tema recibían como respuesta una breve referencia a que todo era una creación rusa. En una reciente entrevista, Biden reafirmo que Moscú es un rival de Washington y que representa un peligro a los intereses de EEUU. Al momento de hablar de China, con un PBI 10 a 15 veces el de Rusia y con 10 veces más de población, se limitó a caracterizarla como competidor con grandes capacidades.

Por todo ello, si la Justicia termina confirmando en las próximas semanas la victoria del veterano dirigente, cabe esperar una áspera relación con Rusia. La gran pregunta que habría que hacerse es si eso es lo mejor y más realista para la política exterior americana en el corto, mediano y largo plazo. Si existe un consenso entre los principales especialistas en temas Internacionales y geopolíticos es que el principal, y por lejos, desafío a la primacía del Tío Sam proviene sin duda de Beijing. El propio Henry Kissinger, en una recordada conferencia a pocos días de las elecciones presidenciales de 2016, recomendó enfáticamente apuntar a una relación fluida y constructiva con Moscú como forma de reducir los márgenes de maniobra de China en el tablero internacional. Ya bastante beneficios sacó Beijing con un EEUU empantanado en largas y costosas guerras en Afganistán e Irak, así como intentando fallidamente, durante los mandatos de George W. Bush y Obama, llevar las formas de gobierno democráticos a Medio Oriente. Si a esta dilapidación de recursos y energías se le suma el seguir priorizando las cuestiones domésticas que llevan a sobrecargar las tintas sobre Rusia, la satisfacción de los diseñadores de la política exterior y de defensa de China no podría ser mayor. Por si fuera poco, parte sustancial de los denominados neoconservadores republicanos que poblaron la administración de George W. Bush y alentaron guerras innecesarias como la de Irak y provocaron serias crisis con aliados históricos de Washington como Francia, Alemania, etc., han alentado vivamente la candidatura de Biden bajo el argumento que Trump era un peligro para los EEUU. Vaya paradoja.

En los próximos meses se verá hasta qué punto el peso de la realidad y de las capacidades reales sobre el terreno llevan a la administración Biden a priorizar estos factores o, al contrario, los relatos para su público interno que ha venido siendo bombardeado mañana, tarde y noche por la dirigencia demócrata acerca del rol de Putin y Moscú como un titiritero todo poderoso de la vida cotidiana estadounidense. Quizás, si toman plena conciencia del nivel de vulnerabilidad y de fracaso que estas afirmaciones de Clinton y otros allá por 2016 y que se volvieron a escuchar en estos meses, representan para la imagen y el poder de los EEUU. Un observador atento podría interrogarse: luego de ocho años de Obama-Biden, ¿el país tenía tal nivel de fragilidad como para que Rusia alterarse el resultado de una elección presidencial? Sin olvidar el problema que representaría a esta teoría conspirativa que en 2020 la supuesta dupla Trump-Putin no lograra imponerse pese a ser oficialismo en la Casa Blanca.

Un buen curso de acción para la dirigencia y los militantes más activos del Partido Demócrata es mirar qué fenómenos profundos explicaron el ascenso de Trump en 2016, así como qué factores le permitieron obtener 72 millones de votos en 2020 y llevaron a que la elección se definiera por pocos votos en diversos Estados clave. Sin olvidar la importante cosecha de diputados, senadores y legisladores estatales que han tenido los republicanos el pasado 3 de noviembre. Tampoco habría que soslayar las sucesivas encuestas que a lo largo de estos años mostraron un núcleo duro de 40% de votantes que apoyaba contra viento y marea Trump y un respaldo de más del 90% de los simpatizantes republicanos. Una cifra igual y algunas veces superior a la obtenida por un gigante de la política como fue Reagan entre 1981 y 1989. Hasta que la élite demócrata no mire esa realidad de frente, todo será felicidad para los estrategas chinos.

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