Algunas reflexiones a partir del mapa electoral de EEUU

Hoy estadounidenses y (algunos) europeos tienen menos posibilidades de conocer a compatriotas con opiniones distintas a las suyas de las que tuvieron sus padres

Donald Trump y Joe Biden
Donald Trump y Joe Biden

Efectivamente, si observamos el mapa electoral de Estados Unidos nos encontramos con un mar rojo (republicano) en el que sobresalen algunos puntos azules (demócratas) que coinciden con la ubicación de las grandes ciudades. Los habitantes del mar rojo suelen ser más conservadores, nacionalistas y religiosos que los ciudadanos de las grandes urbes -mayormente progresistas, cosmopolitas y seculares. También existen diferencias económicas, ya que las élites económicas suelen vivir en las grandes ciudades. Mientras que en el primer espacio predomina Donald Trump, en el segundo lo hace la coalición entre élites y minorías que conforman el Partido Demócrata moderno.

Pero este no es un fenómeno únicamente estadounidense. En Gran Bretaña el triunfo del Brexit en el plebiscito de 2016 puede entenderse como una victoria del interior de Inglaterra sobre Londres, donde el 60% de los habitantes votaron a favor de permanecer en la Unión Europea. La primera Inglaterra es nacionalista; la segunda, cosmopolita.

Asimismo, la principal fuente de apoyo de los partidos conservadores populares de Europa se encuentra en las zonas menos pobladas. Esto se vio claramente en las últimas elecciones presidenciales en Polonia, en donde el presidente Andrzej Duda (nacionalista, católico conservador) logró su reelección al imponerse con comodidad en el interior, pero perdiendo en ciudades cosmopolitas como Varsovia.

Y en el interior de Francia surgió el movimiento de los “chalecos amarillos”, en parte como protesta a las medidas adoptadas por el liberal progresista Emmanuel Macron. Un impuesto a los combustibles, que buscaba frenar la emisión de gases de efecto invernadero, iba en efecto a terminar perjudicando a los ciudadanos de las pequeñas localidades francesas ya que estos, debido a la falta transporte público, destinan una parte importante de sus ingresos a la compra de combustible. Una vez más, la falta de comprensión sobre las prioridades de las poblaciones urbanas y las del interior.

Estas divisiones en parte se deben a que en las últimas décadas ciudades como Londres y Nueva York experimentaron grandes cambios. Sus centros, por tomar un caso, se volvieron más homogéneos que en el pasado. En estos hoy predominan las boutiques, los restaurantes y las oficinas de lujo. Allí habitan muchos de los ganadores de la globalización y del cambio tecnológico, como pueden ser los ejecutivos de bancos en Manhattan o los ingenieros de sistemas que trabajan en las empresas tecnológicas de California. Por otra parte, y en parte debido al aumento en los precios de la propiedad, numerosos miembros de las clases medias tuvieron que abandonar las ciudades para vivir en los suburbios. Por último, en las periferias de las áreas metropolitanas de ciudades como París comenzaron a asentarse aquellos inmigrantes que ayudan a mantener viva a la economía urbana.

Si bien las ciudades occidentales se han vuelto más diversas desde el punto de vista discursivo, la composición de su población no necesariamente refleja esta preocupación. Y esta falta de diversidad representa un riesgo porque la riqueza cultural de una ciudad en gran medida deriva de la variedad de experiencias y perspectivas que conviven en ella. De hecho, el temor a que este tipo de diversidad continúe disminuyendo ha llevado a que movimientos sociales se opongan a que las multinacionales instalen sus casas matrices en las grandes ciudades. Según su visión, esto generaría trabajos bien pagos pero también expulsaría del centro a quienes no pueden cubrir los elevados costos de vida. Debido a esta oposición, Amazon, por ejemplo, tuvo que dar marcha atrás con sus planes para instalar sus oficinas en Manhattan.

Pero quizás el principal problema que surge como consecuencia de las crecientes diferencias entre las ciudades y el resto del país es la polarización política. Hoy estadounidenses y (algunos) europeos tienen menos posibilidades de conocer a compatriotas con opiniones distintas a las suyas de las que tuvieron sus padres. Es de hecho posible que un habitante de Washington DC (en donde Joe Biden obtuvo el 94% de los votos) no conozca a nadie que haya votado a Trump, o que un habitante de un pequeño pueblo de Oklahoma no se cruce en todo el día con un progresista.

Cuando esto ocurre, las posibilidades de sentirse parte de una misma comunidad disminuyen considerablemente. Se pierde conocimiento sobre las necesidades y los valores que tienen otros habitantes de la nación. Surgen entonces una serie de prejuicios que, provenientes tanto de la derecha como de la izquierda del espectro ideológico, alimentan muchas de las divisiones que sufrimos en la actualidad.

¿La pandemia modificará este panorama? Es posible que el teletrabajo impulse la migración de trabajadores de altos ingresos a las afueras de las grandes ciudades. Muchos de ellos a partir de ahora podrán trabajar desde sus hogares o desde oficinas que se encuentren más cerca de sus viviendas. Esto podría marcar el inicio de una nueva reconfiguración de nuestra geografía política.

El autor es secretario general del CARI y global fellow del Wilson Center