América Latina-Europa: la otra relación transatlántica

La asociación es paradójica: a pesar de los puntos en común, las interacciones siguen estando muy por debajo de todo su potencial

Josep Borrell, el alto representante de la Unión para Asuntos Exteriores. EFE/EPA/OLIVIER HOSLET / POOL/Archivo
Josep Borrell, el alto representante de la Unión para Asuntos Exteriores. EFE/EPA/OLIVIER HOSLET / POOL/Archivo

En nuestro último Consejo de Asuntos Exteriores, hicimos un balance de nuestras relaciones con América Latina y el Caribe (LAC) en un momento en el que esta región está atravesando una dramática crisis debido al COVID-19. Ya era hora de que tuviéramos un debate sobre este asunto porque últimamente la región latinoamericana no ha ocupado un lugar suficientemente importante en nuestra agenda ministerial. Es algo que debemos remediar.

Nuestra asociación con América Latina es paradójica: a pesar de todo lo que nos une, nuestras interacciones siguen estando muy por debajo de todo su potencial. Con América Latina, compartimos efectivamente idiomas, cultura, historia y religión... Una parte importante de la población latinoamericana es descendiente de inmigrantes europeos desde el siglo XVI, cuando partieron en busca de una nueva “tierra prometida”. Buenos Aires o Santiago parecen ciudades europeas. Desde muchos puntos de vista, somos las personas más afines del mundo.

América Latina ha tenido una inmensa influencia cultural

Sin embargo, América Latina es también muy diferente de Europa. Su identidad es una mezcla de sus raíces indígenas y las influencias hispanas, portuguesas, pero también africanas, francesas o italianas. Al desarrollar su propia personalidad, América Latina se está convirtiendo cada vez más en América del Sur. Como resultado, América Latina ha tenido una inmensa influencia cultural durante el último siglo y ha sido un laboratorio para muchas experiencias políticas. Sin embargo, también sufre crónicamente de una violencia social y política endémica.

Mucha gente creía, cuando empecé como Alto Representante y Vicepresidente de la Comisión Europea, que ser español significaba que iba a prestar mucha atención a América Latina. Sin embargo, debido a las crisis alrededor de nuestras fronteras y a las restricciones del coronavirus, no he podido aún viajar a la región. Tenemos que invertir esta tendencia. Ha llegado el momento de hacer más cosas juntos.

El dramático impacto de COVID-19 en América Latina

En nuestra reunión de julio ya tuvimos la oportunidad de abordar el dramático impacto de COVID-19 en América Latina y el Caribe (LAC). Desde entonces la situación se ha deteriorado aún más y la región es hoy en día la más afectada por la pandemia. Esto ha llevado a un alarmante aumento de la pobreza y la desigualdad. Con sólo el 8% de la población mundial, la región registra ahora un tercio de las muertes mundiales. Los sistemas de salud se han sobrecargado en muchos lugares y la región ha heredado una serie de problemas sociales, algunos de los cuales también presentes en Europa, que han agravado el impacto de la pandemia: grandes sectores de la economía informales, pobreza, inseguridad, ciudades sobrepobladas, comunidades rurales aisladas, saneamiento inadecuado y atención sanitaria limitada.

Los avances en materia de desarrollo han empezado a desbaratarse

Incluso antes de la pandemia, la frustración crecía en la región a medida que los avances en materia de desarrollo de los últimos decenios empezaban a desbaratarse. Parece muy probable que se produzca un escenario de inestabilidad política a largo plazo, inseguridad y amenazas a la democracia y a los derechos humanos. El crimen organizado está aumentando su control en la región más violenta del mundo y el apoyo popular a la democracia ha disminuido a un mínimo histórico (del 61% en 2010 al 48% en 2018, según Latinobarómetro).

La región sufre de diversas crisis políticas. Venezuela sigue siendo una herida abierta: alrededor de 5,1 millones de venezolanos han buscado refugio en los países vecinos. Se trata de la mayor crisis humanitaria de la región y una de las más olvidadas por la comunidad internacional. Los conflictos internos y la violencia persisten en Colombia, Bolivia o Nicaragua, y las tensiones sociales aumentan en varios países. Venezuela y Colombia figuran ahora entre los principales países de origen de los solicitantes de asilo en la Unión Europea (en tercer y cuarto lugar, respectivamente). Sin embargo, como no llegan a nuestras costas en barcos arriesgando sus vidas, este flujo pasa desapercibido.

La peor recesión de la historia

El FMI advierte ahora de otra “década perdida”, con economías que se podrían contraerse en un 8,1% este año. Mientras la región se enfrenta a la peor recesión de su historia, demostrar nuestra solidaridad con sus 665 millones de habitantes es ahora una verdadera obligación. Es también una oportunidad para intensificar el compromiso de la UE con una región cuya importancia estratégica ha pasado desapercibida durante demasiado tiempo.

La atención que prestamos a la región de América Latina y el Caribe no es proporcional a su peso real. Juntos representamos casi un tercio de los votos en la ONU. El stock de inversión extranjera directa (IED) de la UE en LAC asciende a 758.000 millones de euros; más que el total de las inversiones de la UE en China, India, Japón y Rusia juntas. La UE es también el principal socio de la región en materia de desarrollo y uno de los principales proveedores de asistencia humanitaria. Y hay intensos intercambios entre nuestros ciudadanos: cerca de 6 millones de nacionales de la UE y LAC trabajan y viven al otro lado del Atlántico. La UE ha negociado acuerdos de asociación, comerciales o políticos y de cooperación con 27 de los 33 países de la región, lo que convierte a LAC en la región con los vínculos institucionales más estrechos con la UE.

Una creciente sensación de abandono

Sin embargo, no hemos tenido una Cumbre bilateral desde 2015 y el número de visitas de alto nivel ha sido reducido. Esto no ha pasado desapercibido: nuestras misiones diplomáticas están enviando informes de una creciente sensación de lejanía. Al mismo tiempo, otros actores internacionales están ocupando el terreno. Los EE.UU. han mantenido un compromiso constante. Y la inversión china se ha multiplicado por diez entre 2008 y 2018. De hecho, China nos superó recientemente como el segundo socio comercial más importante de América Latina.

Por consiguiente, agradezco que Alemania se haya ofrecido a acoger una conferencia ministerial UE-LAC prevista en Berlín en diciembre. Esta iniciativa podría poner en marcha una nueva dinámica de compromiso de alto nivel. También es urgente revitalizar la relación de la UE con México y Brasil, nuestros principales socios estratégicos en la región. Deberíamos avanzar rápidamente hacia las Cumbres de 2021.

Apoyar a los países de LAC para lograr una recuperación verde, digital, sostenible e inclusiva es de interés mutuo. LAC es el hogar de la selva tropical amazónica: contiene 50% de la biodiversidad del planeta y representa alrededor del 8% de las emisiones de gases de efecto invernadero del mundo. Asegurar que la región avance hacia un crecimiento más sostenible es una cuestión prioritaria. Esto debería incluir el aumentar el nivel de ambición en el marco del Acuerdo de París de cara a la COP 26 en 2021.

El acuerdo UE-Mercosur podría suponer un cambio de rumbo

En ese sentido, el acuerdo UE-Mercosur podría suponer un cambio de rumbo. Recuerdo haber viajado a Brasil y Argentina, como Presidente del Parlamento Europeo, a principios de este siglo y escuchar que este acuerdo estaba “casi” hecho. Aproximadamente, 20 años después, todavía está “casi” hecho. Si se consigue aprobar, sería el mayor Acuerdo de Asociación jamás logrado por la UE y podría contribuir significativamente a la recuperación económica a ambos lados del Atlántico.

Sin embargo, soy consciente que el actual clima político no facilita su ratificación. El Parlamento Europeo ha aprobado una resolución en la que se advierte que, en su forma actual, este acuerdo no podría ser ratificado. A nivel del Consejo también hay reservas por parte de un número importante de Estados miembros. Por lo tanto, necesitamos involucrarnos con los parlamentos y los ciudadanos para abordar mejor sus preocupaciones.

El acuerdo UE-Mercosur no debe ser visto como un mero acuerdo de libre comercio. Ni el Mercosur ni la UE se establecieron como meras zonas de libre comercio, y un acuerdo entre ambos tampoco puede considerarse, de manera reduccionista, en esos términos. Tiene un profundo significado geopolítico: es una herramienta que permite a ambas regiones afrontar mejor el creciente enfrentamiento entre Estados Unidos y China, en el que tanto América Latina como la UE corren el riesgo de quedar en una posición de subordinación estratégica.

Preocupaciones legítimas de los ciudadanos europeos

La UE que negoció el acuerdo del Mercosur a principios de los años 2000 no es la misma que en 2020, y menos aún cuando lleguemos a 2030 con nuestra Agenda Europea del Pacto Verde. Es legítimo que los ciudadanos europeos duden en firmar un acuerdo con los gobiernos que rechazan el Acuerdo de París y cuyas políticas en el Amazonas crean importantes preocupaciones medioambientales.

Sin embargo, los costos políticos y económicos del fracaso serían considerables: tras 20 años de negociaciones, se ha convertido en una cuestión de credibilidad para Europa en la región. Este acuerdo debe considerarse como una palanca para un cambio en los modelos de producción y consumo. Deberíamos utilizarlo para fomentar el diálogo sobre políticas y la convergencia normativa para la transición “verde” de ambos grupos regionales. Si no tenemos este acuerdo, perdemos mucha influencia para debatir estos temas con los países de LAC.

El acuerdo ya proporciona herramientas útiles para abordar este problema, y debería ser posible reforzarlas con instrumentos adicionales sobre el clima y el medio ambiente, sin reabrir lo ya negociado. Como UE, estaríamos mejor con un acuerdo reforzado que sin él.

La pregunta que surge hoy sobre cuestiones ambientales, se planteó en su día sobre la protección de los estándares democráticos. En la actualidad, todos los acuerdos de asociación de la UE incluyen una cláusula democrática. Este tipo de cláusula se creó en 1991, cuando Argentina, saliendo de una dictadura militar y temiendo su regreso, solicitó su inclusión en su acuerdo de asociación. En 1995, el Consejo Europeo decidió ampliarlo a todos los acuerdos de asociación con terceros países. Del mismo modo que ya innovamos con un país latinoamericano en la cuestión esencial del respeto al sistema político democrático, ahora podríamos hacer algo similar con la cuestión igualmente importante de la sostenibilidad ambiental y climática.

En cualquier caso, deberíamos ser más proactivos para trabajar juntos a nivel multilateral, identificando los temas concretos en los que dicha cooperación podría ser más fructífera. A principios del año que viene presentaremos una hoja de ruta más detallada al respecto.

Una oportunidad única

Ahora tenemos una oportunidad única, que no podemos desperdiciar. Personalmente, me siento muy cercano y muy unido a América Latina. Sin embargo, estoy convencido de que toda la Unión Europea saldrá beneficiada si logramos elevar nuestras relaciones bilaterales al nivel que les corresponde.

El autor es Canciller de la Unión Europea