Política exterior y relato: ¿Cuál es el público receptor?

Buenos Aires, 17 de octubre.
Buenos Aires, 17 de octubre.

El reciente informe de las Naciones Unidas sobre la espeluznante situación de los DDHH en Venezuela, derivó en un conjunto de cruces, advertencias, críticas y chicanas dentro de la coalición gobernante en la Argentina. El hecho de que una persona indiscutida en estos temas como es Michelle Bachelet haya sido la encargada de llevarlo adelante hace que sea difícil entender descalificaciones al mismo y más aún en un gobierno compuesto por referentes políticos que desde el 2003 han puesto el tema de los DDHH como una bandera política fundamental. Ni que decir del purismo de estos mismos vis a vis temas como el uso o no de pistolas taser en la Argentina así como tener una mirada desconfiada sobre lo que hacen y piensan los uniformados, sean policías, FFSS y o militares.

Ir de esa estética política y comunicacional a relativizar más de 8000 mil asesinatos por parte de fuerzas estatales en ese país caribeño en los últimos años es de por sí todo un desafío. Asimismo, al momento de pensar en profundas razones ideológicas como un motivador central, nos encontramos con decenas para no decir centenas de dirigentes del oficialismo fueron disciplinados diputados, senadores, gobernadores, secretarios de estado, embajadores de gobiernos pro occidentales como los dos mandatos de Menem y el breve periodo de De La Rúa y aún en el gobierno de transición del Duhalde. Por tanto, esa variable no parece ser el mejor camino para comprender las contradicciones. En este contexto surge, la cuestión del relato. En otras palabras, la necesidad estratégica electoral del sector mayoritario y más influyente de la coalición gobernante de cuidar, alimentar y potenciar la épica militante y movilizadora. Supuestamente todo justificado por cuestiones ligadas a lo más importante para un político, tal como es mantener e incrementar el caudal electoral.

De la mano de la búsqueda de una empatía simbólica con otros dirigentes (Lula, Evo o Correa) supuestamente perseguidos por la Justicia (según esa línea discursiva, manejada por el Imperio Americano y las grandes corporaciones empresarias). Lo cual ayuda a entender la fría o mala relación de Argentina con todos sus vecinos así como como con EEUU. En este último caso, se esperaría la llegada milagrosa y progresista de Biden. Quizás olvidando la compleja y disfuncional vinculación entre la Casa Rosada y la Casa Blanca de Obama y Biden entre el 2009 y 2016. Periodo durante el cual ningún Presidente argentino fue invitado a realizar una visita oficial a los EEUU. Sin olvidar el famoso caso del alicate contra las valijas militares americanas en el aeropuerto de Ezeiza 2011 y la advertencia en 2014 de la entonces primer mandataria argentina sobre la necesidad de mirar hacia el Norte en el caso que le pasara algo malo.

Pero volvamos al tema relato y su supuesto rol clave en la acumulación política y electoral. Comencemos por los sectores que le dieron al Frente de Todos la primera minoría con el 48 por ciento de los votos el año pasado. Desde ya al votante promedio de Frente Renovador seguramente le importa poco o nada cuidar al régimen venezolano. Lo mismo se podría decir de aquel grupo quizás reducido pero decisivo de voto independiente y pendular que vio en Alberto Fernández una eventual respuesta a mejorar las condiciones económicas del país y propias. Sacando a estos dos sectores, la diferencia de 7 puntos entre las dos coaliciones de Octubre 2019 se reducirían al mínimo o a la nada misma. Por ende, vayamos a los que los encuestadores ven como el núcleo duro del voto K; o sea, un 20 a un 25 por ciento que se concentra en los sectores más humildes del conurbano bonaerense y en otras zonas periféricas de grandes ciudades del interior, con fuerte presencia de desocupados y ocupados informales que basan su subsistencia en el entramado de subsidios estatales de diverso tipo. Todo ello acompañado por niveles de baja escolaridad: primaria y secundaria incompletas.

Una mirada a las encuestas donde éste electorado expresa sus prioridades y preocupaciones, nos mostraría un total desinterés por cuestiones ideológicas internacionales y pujas geopolíticas. Por lo tanto, ¿a quién está destinado el relato? Ahí llegamos a un público llamativamente no aluvional como el anterior. En gran medida pequeños burgueses urbanos, con educación secundaria, terciaria y o universitaria. Con una marcada tendencia al consumo de información, redes sociales y proviniendo en gran medida de la izquierda y o de vertientes peronistas para las cuales Perón no es el referente indiscutido. En todo caso prefieren focalizar en un peronismo sin Perón. Con más referencias al Che, Fidel, Chávez, Evo, Allende, Lula y Kirchner, que al tres veces Presidente de la Nación y fundador del movimiento que desde el regreso de la democracia en 1983 gobernó 25 de los 37 años que nos separan de ese momento. Con pisos electorales por arriba del 30 por ciento para no decir cercanos al 40. Muy probablemente en éste peronismo sin Perón se combina un remanente de aquellos que sintieron expulsados de la Plaza de Mayo por durante el famoso discurso en la Playa de Mayo en 1974 y el archifamoso imberbes y estúpidos. En el caso de los más jóvenes, son muchos de aquellos que nacieron a la vida política entre el 2003 y el 2015 en un contexto de gobiernos con retórica de izquierda en la región y dotados de excepcionales precios de las materias primas exportables y un EEUU focalizado y obsesionado con el terrorismo internacional y en el Medio Oriente. Sin duda y tal como vimos en las diversos actos del pasado 17 de Octubre, el mundo K tiene como uno de sus objetivos potenciar el desplazamiento de Perón para crear un nuevo imaginario simbólico. En los próximos años se verá si ello se logra y es digerido sin mayores inconvenientes electorales y discursivos. En otras palabras, el relato en gran medida está destinado a estas minorías intensas las cuales distan de ser la masa crítica de los votos de la coalición gobernante.