Sin margen para desatender la defensa nacional

Dado que el ciudadano promedio muestra poco interés por una política pública que en tiempos de paz no afecta su vida diaria, es responsabilidad de las clases dirigentes pensar y actuar sobre esta temática

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Nuestro país enfrenta un sinnúmero de desafíos, entre los cuales se encuentran una pandemia y una crisis económica. Sería sin embargo un error dejar de lado ciertos temas que, si bien poco visibles, resultan vitales para el bienestar de nuestra sociedad. Uno de esos temas es la defensa nacional.

En las últimas décadas la Argentina ha logrado subordinar a las fuerzas armadas a sus autoridades civiles. Hoy enfrentamos un nuevo reto: modernizar a las instituciones militares para que estas puedan cumplir con su misión. Efectivamente, nuestros militares no están capacitados para hacerlo porque la dirigencia argentina (política, empresarial, intelectual, etc.) ha tendido a obviar la que sin lugar a duda es una de las funciones más importantes para cualquier Estado: defender el territorio, la seguridad y los intereses vitales de sus habitantes.

No sólo destinamos pocos recursos a nuestra defensa (el 0,9% del PBI, comparado con el 1,5% de Brasil, el 1,9% de Chile y el 2,2 % del promedio mundial, de los miembros del G20 somos el que menos gasta en defensa) sino que los invertimos de manera ineficiente. Aproximadamente el 90% del presupuesto para la defensa se destina a gastos corrientes y no a inversiones en sistemas de armas. Esto en parte explica por qué la Argentina cuenta con pocos aviones, buques de guerra y submarinos en condiciones operativas, pero también por qué nuestros militares no pueden entrenar el mínimo de horas que resulta indispensable para mantener sus capacidades de combate. La consecuencia natural de esto, sumado a los reiterados accidentes, es la pérdida de motivación.

Existen varios motivos por los cuales los países necesitan fuerzas armadas. La dirigencia política no tiene certezas acerca de lo que puede ocurrir en el futuro. Las circunstancias pueden en efecto cambiar y, con ellas, los amigos de hoy pueden convertirse en los enemigos de mañana. Las sorpresas estratégicas, como el atentado del 11 de septiembre del 2001, pueden asimismo modificar rápida y profundamente el escenario internacional. Este nivel de incertidumbre, sumado al hecho de que los otros Estados mantienen capacidades ofensivas, requiere que los países cuenten con los medios necesarios para disuadir posibles rivales y enfrentar futuros adversarios.

Dado que poseer fuerzas armadas preparadas eleva los costos que un eventual agresor debería enfrentar en caso de atacar al país, las instituciones militares nos permite evitar que las disputas tengan lugar en primer lugar. Lo contrario también es cierto: la falta o debilidad de estas instituciones estimula las agresiones externas.

Las alternativas no son mejores. Delegar la defensa en otro país no es una estrategia recomendable porque el otro Estado proveerá seguridad en la medida en que le sea conveniente. Cuando las circunstancias cambien, este puede optar por no hacerlo. Tampoco resulta recomendable dejar las inversiones para más adelante. Una vez que un país enfrenta una amenaza a su seguridad no puede generar un sistema de defensa de un día para el otro. Por tomar un caso, preparar y entrenar un grupo profesional de oficiales lleva generaciones.

Dado que el ciudadano promedio muestra poco interés por una política pública que en tiempos de paz no afecta su vida diaria, es responsabilidad de las clases dirigentes pensar y actuar sobre esta temática. Pero pocos políticos e intelectuales argentinos le prestan atención al pensamiento estratégico.

No se dialoga suficiente sobre la necesidad de fortalecer la presencia de nuestra armada en el Atlántico Sur. Este espacio conforma un eje de suma importancia estratégica en donde además de encontrarse las Malvinas y la Antártida todos los años perdemos bastos recursos debido a la pesca ilegal. ¿Cómo debemos organizar a nuestras fuerzas armadas ante una nueva generación de amenazas como son los ataques informáticos? ¿De qué manera nos afectará el conflicto estratégico entre China y Estados Unidos? ¿Qué modelo de industria para la defensa debemos adoptar? ¿Debe por ejemplo la Argentina comprar sistemas de armas en el exterior, asociarse con potencias extranjeras para producir sus diseños en el país o, por el contrario, buscar maximizar la autonomía que brinda la producción nacional?

Hasta ahora los costos que ha tenido carecer de un sistema de defensa que esté a la altura de nuestras necesidades no han sido catastróficos. Esto en parte se debió a que el escenario internacional fue relativamente benévolo para un país como la Argentina. Pero el contexto de creciente competencia estratégica entre dos grandes potencias, que puede terminar trasladándose a nuestra región, no nos deja margen para seguir ignorando los temas estratégicos.

El autor es secretario general del CARI y global fellow del Wilson Center



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