El presidente militarizador

¿Qué debilidades institucionales presentan los países para verse obligados o inclinados a delegar en el mundo castrense más y más espacios de la vida pública?

El presidente de México Andrés Manuel López Obrador (REUTERS/Henry Romero/File Photo)
El presidente de México Andrés Manuel López Obrador (REUTERS/Henry Romero/File Photo)

Es un político poco convencional. Las élites políticas suelen verlo como un antisistema. Su relación con la prensa suele ser conflictiva, en sus discursos abundan referencias al nacionalismo y a Dios. Destaca en sus arengas la muy buena relación con Donald Trump y la necesidad de una fuerte relación entre sus dos países. También, desde un primer momento relativizó el peligro de la pandemia del Covid-19 iniciada en China a fines del 2019 pese al fuerte aumento de contagiados y de fallecidos en su país, centrando en cambio su retórica en evitar el colapso económico y el aumento exponencial del desempleo y la pobreza. A diario afirma que una de sus cruzadas es la lucha contra la corrupción y nunca participó de las reuniones del denominado Grupo Puebla. Su gobierno no tiene objeciones publicadas a la decisión Washington de colocar un norteamericano en la presidencia del BID, tiene hijos que generan polémicas y día a día le da más rol a las FFAA en diversas tareas ligadas al manejo del Estado. Sin duda el lector asumirá al llegar a este punto que estamos hablando de Bolsonaro. Pues no, se trata de Andrés Manuel López Obrador, también conocido como AMLO. La razón por lo cual la izquierda latinoamericana y de otras regiones del mundo no miden con la misma vara crítica y hasta fóbica a estos dos líderes políticos supuestamente tan diferentes, pero tan parecidos, queda en consideración de cada lector. Las anteojeras ideológicas y el peso de lo políticamente correcto sin duda cumplen un rol central en ese doble estándar.

Llegado a este punto, nos centraremos en el abrumador nivel de responsabilidades que AMLO les viene imponiendo a los militares en su país, que llevan ya casi dos décadas en la pelea cuerpo a cuerpo con los poderosos carteles de las drogas que operan en el territorio. Son grupos dotados de recursos económicos infinitos, complicidades políticas así como armamentos que no tienen nada que envidiarle a las FARC, ISIS o Al Qaeda. Entre las nuevas responsabilidades que el primer mandatario mexicano les asignó, figura la construcción de tramos del Tren Maya, una de las principales obras de infraestructura y interconexión del país. Un total de 1500 kilómetros de vías e instalaciones. Pero esto dista de ser todo. El pasado 29 de Julio, El Universal de México publicó un detallado listado de misiones en las que están empeñadas las FFAA o más concretamente 62 mil de sus miembros: 1. Aeropuerto de Santa Lucía; 2. Banco del Bienestar; 3. Dos tramos del Tren Maya; 4. Remodelación de hospitales abandonados; 5. Atención en pandemia; 6. Combate al huachicoleo; 7. Vigilancia en fronteras; 8. Apoyo a Guardia Nacional; 9. Distribución de recursos de programas sociales; 10. Jóvenes Construyendo el Futuro; 11. Apoyo en Sembrando Vida; 12. Reparto de fertilizantes; 13. Puertos y aduanas.

El control de los puertos y las aduanas es la más reciente y para muchos la más impactante tarea por su magnitud e implicancias económicas. La explicación dada por AMLO fue poner fin a altos niveles de corrupción y de complicidad con actividades criminales como el narcotráfico y el contrabando. Desde el fin de las guerras civiles y la consolidación política del país en la década del 30, las uniformados habían siempre tenido un rol limitado en la vida política nacional. Sus presupuestos nunca eran abundantes y su relacionamiento con otros países -y en especial con los EEUU- era más que limitado. El avance avasallador del narcotráfico en el territorio nacional a partir del siglo XXI comenzó a cambiar esta situación. La debilidad y corrupción policial no hizo más que llevar a los Presidentes tanto del PRI como del PAN a darle a las FFAA un papel central en esa batalla. Poco tuvieron que ver las preferencias ideológicas de los gobernantes sino más bien el calibre y potencia de las armas y explosivos de los narcotraficantes. Dilema que quizás en no muchos años los dirigentes argentinos enfrentarán, aún hoy arropados cómodamente con la la idea de separación rígida entre defensa y seguridad. Volviendo al caso mexicano, si bien AMLO durante su campaña y primeros meses de gobierno argumentaba que él no seguiría con la militarización del combate a las drogas, con el transcurrir del tiempo no sólo le dio continuidad sino que amplió las áreas de jurisdicción y accionar de los militares a niveles nunca vistos en los últimos 80 o 90 años en ese país. La explicación básica de ese accionar es sin duda el no encontrar la disposición, la voluntad o la capacidad del resto del aparato estatal para llevar a cabo esas funciones. Dato más que preocupante para una Nación que hizo del poder del Estado un culto. Finalmente, cabe reflexionar sobre el ensordecedor silencio de la progresía argentina e internacional sobre este AMLO verde oliva, mientras que, en cambio, día a día se vocifera y se alerta sobre Bolsonaro y los militares brasileños en roles ligados a la salud, la seguridad interior, la política exterior, etcétera. Un abordaje más realista y práctico nos debería llevar a analizar qué debilidades institucionales presentan nuestros países para verse obligados o inclinados a delegar en el mundo castrense más y más espacios de la vida pública. El Covid-19 y sus devastadores efectos económicos y sociales en una Argentina que ya viene de décadas de decadencia y récords de pobreza y marginalidad también muestran a nuestras vapuleadas FFAA actuando día a día repartiendo hasta el momento más de 6 millones de raciones de comida en el
conurbano, así como un uso intensivo de sus medios de transporte, sanitarios y logísticos. Quizás sea el momento para que dirigencia política argentina se reconcilie con sus propias FFAA y con la realidad regional y mundial más que reclamar una supuesta reconciliación de ellas con la sociedad. Las encuestas de opinión de lo largo de las últimas décadas colocan a los militares en un nivel de respeto y valorización social mucho más altos que el que ocupa el mundo de política.


MAS NOTICIAS