Es la incertidumbre, estúpido

La Argentina superó los 100 días de aislamiento obligatorio (REUTERS/Agustin Marcarian)
La Argentina superó los 100 días de aislamiento obligatorio (REUTERS/Agustin Marcarian)

La doctora Naomi Eisenberger investigó qué pasaba en el cerebro cuando la gente se sentía rechazada. Utilizó voluntarios que jugaban en una computadora a un juego, Cyberball, mientras se les examinaba el cerebro con un equipo de resonancia magnética nuclear. En el experimento, los participantes pensaban que estaban jugando a la pelota con otras dos personas, veían un avatar que los representaba a ellos y otros dos que personificaban a sus compañeros. Luego de jugar un rato a atrapar la pelota, dejaban de recibirla y los otros dos supuestos jugadores solo se la arrojaban entre ellos. Aun después de enterarse de que no participaba ningún otro humano, los participantes dijeron haberse sentido enojados, humillados o juzgados. Además de estas declaraciones, lo más interesante es que las reacciones por ser excluidos se reflejaban en una mayor actividad en la porción dorsal del cingulado anterior: esta región del cerebro está involucrada en el componente de sufrimiento. Es decir, la sensación de exclusión o dolor emocional provoca el mismo tipo de actividad en el cerebro que la que causa un dolor físico. La hipótesis es que al evolucionar, el humano fue creando un vínculo en el cerebro entre la conexión social y el malestar físico ya que estar socialmente conectado con quienes lo cuidaban era necesario para una mejor supervivencia.

Este es un hallazgo con gran impacto en tu vida cotidiana o en cualquier sistema social, y mucho más si estás en el día ciento y algo de cuarentena lejos de tus afectos y con distanciamiento social. Si te sentís, por ejemplo, aislado, traicionado o poco reconocido en tu trabajo, familia, pareja, o incluso por los que gobiernan tu país, ciudad o distrito, experimentás esa situación como un doloroso golpe en la cabeza. La mayoría de la gente aprende a racionalizar o a moderar estas reacciones sociales: “Me lo aguanto”. Pero ojo, porque “aguantársela” limita tu participación y tu compromiso con ese trabajo, familia, pareja o país.

Hay también otros factores sociales que pueden causarte dolor emocional. Por ejemplo, cuando encontrás algo inesperado como una sombra que aparece al mirar de reojo, un nuevo compañero que se muda a la oficina de al lado o una pandemia, se activa tu sistema de emociones. Mientras tratás de averiguar, casi siempre de manera inconsciente, si esa nueva entidad representa una oportunidad de recompensa -sentir placer- o un potencial peligro -sentir amenaza-, se activan diferentes neuronas y se liberan hormonas. Hoy las amenazas de esta cuarentena/pandemia ya las conocemos todas, pero también se han conocido casos de personas que durante estos días se han reinventado para mejor, han identificado una oportunidad de recompensa. Entonces, si tu percepción de lo que está pasando transmite peligro, tu respuesta será evadirla o huir. Además, dada nuestra tendencia a estar más atentos a lo negativo en situaciones sociales, cuando se te activa la respuesta a una amenaza ésta tiende a ser más intensa y duradera que la sensación de oportunidad de recompensa. Por eso, 15 días en la playa parecen 2, y 15 días encerrado sin poder ir a trabajar, estudiar, etc. parecen 45.

Por otra parte, la información recolectada a través de mediciones de la actividad cerebral sugiere que las mismas respuestas neuronales que te guían hacia la comida o te alejan de depredadores se activan por tu percepción de la manera en que considerás que sos tratado por los demás. Es decir que la sensación de exclusión, aislamiento obligado, traición o el poco reconocimiento de la pareja, familia, colegas, gobierno puede ser considerado para vos literalmente como la falta de comida o la presencia de un leopardo en frente tuyo. En definitiva, muchos estudios recientes muestran que el cerebro equipara las necesidades sociales con la supervivencia. Tener hambre o sentirte aislado activa una respuesta neuronal similar. ¡Imaginate entonces las dos cosas al mismo tiempo! Claro está que una respuesta de amenaza es mentalmente exigente y fatal para la productividad, ya que esta respuesta, como toda área del cerebro, consume oxígeno y glucosa que extrae de otras partes del cerebro. O sea, en estas situaciones como la actual pensás peor. Otra área perjudicada es la de tu memoria funcional, que es la que procesa la información nueva y las ideas. Esto disminuye tu pensamiento analítico, tu creatividad y la capacidad de resolución de problemas. O sea, de tu poder de distinguir que noticia es falsa y cuál verdadera. Si esta pandemia/cuarentena activó tu respuesta de amenaza, es muy probable que tu cerebro se vuelva mucho menos eficiente.

Hoy sabemos que hay, al menos, cinco cualidades sociales o emocionales que te permiten minimizar esa respuesta de amenaza que estás sintiendo y habilitan tu respuesta de recompensa. La que más hemos aprendido en carne propia durante estos días y afecta a la mayoría de las personas es la certeza. La habilidad para predecir lo que va a pasar de un momento a otro, incluso a largo plazo. Cuando te encontrás ante una situación rutinaria, tu cerebro conserva la energía y se mantiene en una suerte de piloto automático: conexiones neuronales largamente establecidas operan como circuitos fijos y estables. Te limitás a actuar como ya lo hiciste otras veces: en el trabajo, en la universidad, en el deporte, en el modo de relacionarte. Pero en el momento en que tu cerebro registra una ambigüedad o una confusión (o una pandemia) emite una señal de error en el cingulado anterior. Esto activa la respuesta de amenaza. Esto puede ser profundamente debilitante, porque requiere una energía neuronal suplementaria, lo cual disminuye aún más tu memoria, perjudica tu rendimiento y te distrae del presente. Sin embargo, es también verdad que una muy leve incertidumbre puede atraer tu interés y tu atención. Las situaciones nuevas y desafiantes crean una ligera respuesta de amenaza que aumentan tus niveles de adrenalina y dopamina apenas lo suficiente para despertar la curiosidad e infundir la energía necesaria para resolver problemas. Pero las situaciones extraordinariamente nuevas e inciertas como la que estamos atravesando crean una respuesta enorme en el sistema de amenaza y provocan, entre otras cosas, una serie de emociones poco placenteras como angustia, miedo, ansiedad, evitación, distracción, ira. La incertidumbre empeora, es decir te sentís más amenazado, cuando no sos o no son claros con las expectativas, sentís que la gente no comparte información con vos, te cambian de plan a último minuto o no cumplen con los acuerdos.

Sin que te des cuenta, vivís evaluando el modo en que tus encuentros sociales mejoran o empeoran tu estatus. El estatus tiene que ver con sentirte menos o mejor que otros. Se relaciona con compararte con los demás y lo determina aquella cosa que para vos tiene valor: ser respetado en el trabajo, ser un referente de tu disciplina, jugar en un equipo de primera, tener acceso a información privilegiada, etcétera. El doctor Hidehiko Takahashi demostró que cuando creés que la comparación con otro no te favorece aparece tu respuesta de amenaza, liberás cortisol y otras hormonas relacionadas con el estrés; lo mismo pasa cuando te privás de dormir bien o cuando sufrís de ansiedad crónica. El investigador Michael Marmot mostró la correlación que existe entre el estatus alto, la longevidad y la salud humana: estás biológicamente programado para preocuparte por tu estatus porque favorece tu supervivencia. La percepción de estatus aumenta -es decir baja tu sensación de amenaza- sintiendo placer y pensando mejor, cuando, por ejemplo, recibís un elogio, te reconocen y cuando acentúas lo positivo de lo que sos y hacés.

Otra cualidad social o emocional muy útil es la autonomía. La sensación de tener control sobre tus propias acciones y pensamientos. Está relacionada con la habilidad de elegir y la de tener opciones. Mientras sientas que podés tomar tus propias decisiones sin demasiada supervisión o control de otros, tu estrés estará mejor controlado. Permitirte organizar libremente tu propio tiempo y trabajo provoca una respuesta con menor estrés que si te imponen instrucciones y comportamientos rígidos, como así también estar abierto a las ideas de los demás.

Cooperar con los demás para que existan relaciones saludables, basadas en la confianza y la empatía, también disminuye tu dolor emocional y tu respuesta a la amenaza. Colaboración. La capacidad de sentir tales cosas frente a otro está moldeada en el cerebro por la percepción de que uno es parte del mismo grupo social. La famosa grieta es el enemigo de esto último. Podés observar este patrón en los deportes, por ejemplo, cuando odiás al equipo adversario. Cuando conocés a alguien, tu cerebro determina muy rápido si es amigo o adversario. Si lo percibe como alguien diferente, la información recorre caminos neuronales que se asocian con sensaciones de incomodidad, a diferencia de las vías neuronales que se activan por personas percibidas como semejantes a vos. La confianza y la empatía se desarrollan cuando tu cerebro empieza a reconocer a alguien como amigo. Una vez que establecés una conexión social más fuerte, cada vez que te encontrás con ese otro sus cerebros segregan oxitocina, una hormona vinculada con el afecto, la conducta maternal, la excitación sexual y la generosidad. Por el contrario, cuando te sentís excluido de una interacción social se activa la respuesta de amenaza. La soledad y el aislamiento causan un estrés profundo. Compartir objetivos y experiencias aumenta la colaboración y baja el estrés.

Por último, otro factor de dolor emocional es la percepción de inequidad o falta de respeto. Justicia. Situaciones que vos considerás injustas generan una fuerte respuesta de tu sistema emocional, promueve tu hostilidad y disminuye la confianza. Un estudio mostró que experimentar la equidad produce respuestas de recompensa similares a las que se producen cuando se come chocolate. Además, la sensación de ser tratado de manera justa es intrínsecamente positivo y motivador. Algo que nos está haciendo mucha falta.

En definitiva, los nuevos hallazgos sobre tu cerebro emocional muestran que si sufrís un dolor emocional o social, como pelearte con un amigo, estar distanciado de algún familiar o tener problemas en el trabajo – o simplemente no tenerlo-, se activan las mismas áreas cerebrales que cuando estás con dolor físico, como un dolor de panza, de cabeza o un esguince de tobillo. Es decir, para tu cerebro el dolor social es lo mismo que el dolor físico. Es la explicación de por qué lo que sucede hoy “te duele”. Ese dolor es tan real como una fractura de tibia y peroné.

Ahora bien, si en una situación particular como la que estamos viviendo no sólo se dispara la respuesta de amenaza originada por la incertidumbre de la pandemia sino que además se ven amenazadas las otras áreas mencionadas y en simultáneo –sensación de baja de tu estatus, menos autonomía, poca colaboración, sensación de injusticia- tu realidad puede convertirse en una experiencia muy sobrecargante.

La buena noticia es que si te ofrecés o te ofrecen -tu familia, tu pareja, tu trabajo, tu gobierno- mayores recompensas en tu estatus y/o te dan mas autonomía y/o nos habilitan a colaborar y/o nos tratan con más justicia, la amenaza por la incertidumbre que estamos viviendo baja. Es decir, si alguien -o incluso vos mismo- a) procura que te sientas bien, b) comunica con claridad sus expectativas, c) te brinda libertad de acción y d) te trata de forma justa, se te activa una respuesta de recompensa, te tornás más eficaz, más abierto a las ideas y más creativo. Empezás a percibir información que no advertís cuando tu miedo o tu resentimiento te dificultaban la tarea de concentrar la atención. Quizás acá esta la clave de lo que padres, madres, líderes de opinión y gobernantes podríamos mejorar. Yo empezaría por casa.

El autor es doctor en Biología Molecular y profesor en la Universidad Torcuato Di Tella

MAS NOTICIAS