La primavera estadounidense

En la imagen, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. EFE/EPA/Stefani Reynolds
En la imagen, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. EFE/EPA/Stefani Reynolds

Protestas en diversas ciudades, estatuas destrozadas, militares contra el gobierno y una profunda recesión económica. Esta vez no fue en el Oriente Medio o en el norte de África, sino en los Estados Unidos que la primavera hizo daño.

Los enemigos de Washington, de los valores progresistas que cierta América del Norte todavía representan, del orden liberal que Estados Unidos todavía lideran, no podrían estar más satisfechos. Ni siquiera en sueños imaginaron que fuera posible esta crisis, acelerada y autofágica, de la superpotencia.

En estos días, esa superpotencia casi parece un país del tercer mundo, incapaz de contener un terrible problema de salud pública y de mantener el orden en las calles.

La inconcebible muerte de George Floyd exacerbó la polarización de la sociedad americana. Las heridas del racismo se infectaron rápidamente ante la ausencia de puentes entre demócratas y republicanos, así como de referencias vivas e incontestables que sean escuchadas tanto por el norte como por el sur.

De hecho, el centro político está en peligro de extinción y eso constituye un primer síntoma del declive americano. Cuando el centro no tiene voz, los extremos toman la palabra. Pero los extremos no toleran la discordia. Son impetuosos, supremacistas y su naturaleza impele a la destrucción de los desalineados.

La fractura americana es tan profunda que motivó incluso una rebelión dentro del The New York Times contra el editor de opinión que había decidido publicar una columna favorable al uso de los militares para detener las protestas.

Ahora bien, si hoy el diálogo no es posible en Estados Unidos, ¿cómo pueden los Estados Unidos abogar por el diálogo en otras partes del mundo? ¿Cómo pueden seguir presentándose como defensores de los derechos humanos y del empoderamiento de los más frágiles?

Entre los diplomáticos norteamericanos que conozco y estimo, el malestar ya no se disfraza y ese incómodo forma, justamente, el segundo síntoma del declive: la pérdida de autoridad moral.

Asimismo, la tormenta estremeció otra de las bases del poder norteamericano en el mundo: los militares. En pocos días, hemos escuchado el general de mayor rango pedir perdón por acompañar al Presidente en una polémica operación de propaganda; hemos escuchado el jefe del Pentágono marcar distancias con Trump al rechazar desplegar al ejercito para frenar la revuelta; y también hemos visto el anterior responsable por la Defensa acusar Trump de crear un falso conflicto entre los militares y la sociedad civil.

El futuro de esta América del Norte irreconocible depende, más que nunca, de sus instituciones no gubernamentales. En la actual coyuntura, solo los reverendos locales podrán tranquilizar las poblaciones, solo las asociaciones de estudiantes podrán calmar los ánimos, solo las estrellas del deporte y de la cultura podrán indicar el camino de la reconciliación.

Pero congregar será una misión muy difícil, quizá imposible, en las vísperas de las elecciones presidenciales de noviembre, en las que el actual mandatario volverá a apostar todo en dividir el país para conquistar cuatro años más en la Casa Blanca.

El autor es politólogo y fue embajador en Portugal


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