Atesorar la democracia

El ex presidente de Estados Unidos Barack Obama (REUTERS/Lim Huey Teng/Archivo)
El ex presidente de Estados Unidos Barack Obama (REUTERS/Lim Huey Teng/Archivo)

Nos azotan tiempos inciertos. Tiempos en los que nadie se salva solo. Tiempos en los que se requiere una guía que oriente nuestro comportamiento y que nos brinde cierta certeza sobre el futuro. Ese faro que debería encender nuestro sistema político está roto.

En momentos donde hay que mirar al otro, entender su situación y hacer el mayor esfuerzo por mejorar la vida de los ciudadanos, muchos políticos prefieren mirarse el ombligo, salvar su pellejo o convertirse en trending topic.

Las redes sociales, de las que hasta hace poco tiempo se esperaba que fueran un canal de transparencia y comunicación no mediada entre los ciudadanos y sus representantes, llevando a la democracia a un estadio superior, fue infectada por el odio y el ataque anónimo de personas con mucho tiempo libre, trolls asalariados y robots que envenenan la red con comentarios destructivos. El sueño de la conexión global que nos acercaba y unía como especie empujándonos a una democracia más directa y participativa se transformó en la pesadilla de la inquina y la repulsión.

Los tiempos de la concordia democrática quedaron en el pasado. El ver al opositor como un enemigo al que hay que destruir y no como un adversario con quien debo debatir y ganar, en base a argumentaciones merecedoras de la confianza de la ciudadanía, es fantasía.

Quizá sea porque en España, la nueva generación de líderes políticos no sufrió en carne propia o no recuerda los peores años de nuestra historia. O peor, quizá si la conoce y cree que puede convertir a la otra mitad de la población que no piensan ni pensarán como ellos. Perder el miedo a perderlo todo es muy peligroso. Perderle el miedo a estas tragedias de nuestra historia y creer que nuestra democracia es indestructible y que puede sobrevivir sin la otra mitad, es una gran equivocación. La mínima chispa en una sociedad convulsionada como la que vivimos puede desencadenar una catástrofe.

El caldo de cultivo lo vemos en cada sesión del Congreso de los Diputados, Senado y posteriores intervenciones en medios. Unos acusando de dictador al presidente electo que más elecciones convocó. Otros llamando golpistas a la oposición. Unos gritan “fascistas”. Otros les responden “comunistas”. Unos se autoproclaman seguidores de Trump y acusan al resto de ser pupilos de Maduro. Unos hablan de privilegios de la aristocracia y otros acusan de terrorista y asesino al padre de un legislador. Horas de discusión inútil, que terminan con unos fingiendo un enojo y retirándose de sala, con acusaciones de denuncias penales o amenazas de no parar hasta verlos en la cárcel. El espectáculo es tan lamentable que deberíamos plantearnos si algunos políticos no tendrían que sesionar fuera del horario de protección al menor.

Mientras tanto, la sociedad de verdad lucha por llegar a fin de mes, por abrir sus comercios, por retomar sus actividades. Hace malabarismos para cuidar a su hijos y a sus mayores, intentando superar esta distopía para volver a soñar con un futuro mejor que el de la generación anterior.

Hoy más que nunca se requieren lideres empáticos. Lideres que sepan y quieran escuchar. Lideres que escapen de la arrogancia y acepten humilde y responsablemente su rol en la sociedad entendiendo que su discurso y comportamiento son una guía para el resto. No hay más que pensar en el liderazgo mundial de los años del presidente Obama y el estilo de política que imponía a los líderes del mundo para compararlo con el liderazgo del presidente Trump que hace crecer siniestros imitadores en cualquier rincón del planeta. Para ponerlo en términos deportivos y más evidentes, una trifulca de los jugadores en el campo de juego despierta el enojo en la tribuna y activa una especie de “violencia permitida” y justificada que fue incentivada por los propios deportistas. Lo mismo sucede entre la política y la sociedad pero muchos líderes no son conscientes de eso o prefieren hacerse los ignorantes.

Obama dijo recientemente: “Si tienes que ganar una campaña dividiendo a la gente, no podrás gobernarlos. No podrás unirlos más tarde”. Si no sirve para unirnos, la democracia no sirve para nada. Atesorar la democracia implica escuchar al otro en todo momento sin dejar el lugar vacío. Atesorar la democracia es evitar esa discusión fútil que relega el debate real que hoy debemos tener acerca de la economía, el sistema sanitario, la innovación, la ciencia, la sostenibilidad, la soberanía alimentaria. Es crear nuevos derechos que intenten acomodar las desigualdades heredadas como la renta básica universal. Atesorar la democracia es contagiar al colectivo el espíritu de cambio y desarrollo. Es combatir el pesimismo y brindar la esperanza en un mañana mejor.

El autor es consultor y analista político

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