Inferencia lógica, mímesis y grieta


El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. EFE/Chema Moya/Archivo
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. EFE/Chema Moya/Archivo

“Si habla como Vox, actúa como Vox y vota lo que Vox, podemos inferir que si no es lo mismo, empieza a parecer lo mismo que la ultra derecha y eso es un problema para la democracia española”. Con este argumento respondió el presidente del gobierno Pedro Sánchez al líder de la oposición Pablo Casado tras valorar la actitud del Partido Popular (PP) en las semanas de pandemia. Es una inferencia lógica en apariencia simple pero que hiere por el valor y peso de su verosimilitud.

La mimetización con Vox debería ser algo que Casado evite para no perder identidad propia, pero no puede o no quiere. Su discurso, el argumentario, ideas, tonos y denuncias -que se endurece aún más en boca de sus portavoces Alvarez de Toledo y García Egea- le hace sonar idéntico al del líder de la extrema derecha, Santiago Abascal.

No es fortuito, Casado está en una cruzada personal por recuperar los votos “populares” que se fugaron a Vox en la última elección pero se enfrenta a que, con el fin del bipartidismo en 2016 y la irrupción de la extrema derecha en 2019, los márgenes ideológicos del discurso político se convirtieron en una manta corta. Si el PP tira para la derecha se le quedan al aire los votos del centro a mano de Ciudadanos y viceversa con Vox.

La encrucijada se salvaría descubriendo dónde tiene más para ganar con menor esfuerzo y sin convertirse en la versión descafeinada o la marca blanca de la extrema derecha. Casado deberá entender que los votantes que deseen apoyar el estilo agresivo e irreverente no dudarán en volcarse con la versión original antes que con la copia del Partido Popular. Por eso su estrategia necesariamente debe replantearse. Hacer oposición sin imitar a la extrema derecha, aparte de ser la única vía que le queda, es sano para la convivencia en democracia.

Sobre ese riesgo a la democracia se refiere Sánchez al final de su intervención ya que Pablo Casado fue quien promovió los pactos con Vox en varias comunidades autónomas con el objetivo de gobernar (entre ellas Madrid y Andalucía). Esos mismos pactos de gobierno fueron los que impidieron el llamado “cordón sanitario” a la extrema derecha a nivel nacional. Cordón que sí pusieron en práctica países como Francia y Alemania donde entienden que aislar a los partidos extremistas de las decisiones públicas es lo mejor para la democracia. Según esta tesis, continuar por este derrotero sería colaborar directa o indirectamente al crecimiento de Vox al punto de que llegue a ocupar lugares relevantes de poder.

En definitiva, la inferencia del presidente manifiesta la existencia de una grieta que se agranda en la sociedad española. Una grieta que comenzó en los balcones y en las calles y que poco a poco se traslada al seno de las relaciones familiares y filiales. Las banderas de España con un lazo negro en señal de luto y los pancartas blancos con letras negras exigiendo la dimisión del gobierno señalan las posturas de cada hogar. Los aplausos de las 20 horas dedicados a los trabajadores sanitarios se politizaron y vecinos que al principio y sin conocerse se saludaban desde las ventanas, ya no lo hacen.

La escena se complementa con las protestas de los vecinos del lujoso barrio de Salamanca en Madrid que, con cacerola y palo de golf en mano, vociferan contra la “dictadura del gobierno social-comunista” de Sánchez e Iglesias. Abascal remata la jugada, aprovechando la oportunidad para convocar una “caravana por España y la libertad” ganando en las calles, lo que no hizo en las urnas: el rol de opositor al gobierno.

Quienes vivimos en sociedades con grandes divisiones sabemos que, en política, la grieta es un valor en sí mismo. Los políticos suelen adorarlas porque son un ordenador de los escenarios: los que están conmigo y los que están en mi contra. Las grietas cohesionan a las bases electorales, reafirman posturas y solidifican a cada bando. Sin embargo también generan un gran mal: fanatizan a sus seguidores destruyéndose toda posibilidad de debate.

Las culpas son casi siempre compartidas pero Pablo Casado sigue sin entender que perdió las elecciones ignorando el problema de que es el líder del mayor partido opositor y no es tomado en cuenta para ninguna votación (al igual que Vox).

La pésima elección de “Ciudadanos” le había dado la oportunidad de capturar el centro. No lo hizo. La pandemia le dio una excusa para reinventarse en un gran pacto. Tampoco lo aprovechó. Los trenes pasan y el futuro de Casado empieza a hacerse cada vez más negro. Las derrotas seguras en las próximas elecciones en el país vasco y Cataluña así como la victoria de su principal adversario interno en Galicia, le auguran meses turbulentos. La irrelevancia legislativa le hace perder poder. Su mensaje lo aísla y sus votos valen cada vez menos. El peor augurio sería que el gobierno lo dejara de preferir como interlocutor opositor. Si ese día llega, el líder del PP pasará al olvido.

El autor es consultor y analista político

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