Mientras algunos aman u odian a Bolsonaro, suceden otras cosas

El presidente de Brasil Jair Bolsonaro (REUTERS/Adriano Machado)
El presidente de Brasil Jair Bolsonaro (REUTERS/Adriano Machado)

En las últimas semanas, diversos medios de prensa ligados a la izquierda en América Latina convergieron casi textualmente en anunciar la existencia de un nuevo hombre fuerte en Brasilia y que ello representaba el comienzo del fin de Bolsonaro y su gobierno. La figura mencionada era el general retirado Braga Netto, designado pocos meses atrás como jefe de la Casa Civil, un puesto con semejanzas funcionales al jefe de gabinete o ministro coordinador en Argentina. Según estos medios, en su mayoría afines al castrochavismo pero también otros de posturas progresistas y democráticas, Braga Netto pasaba a ser el verdadero poder. Una golpe de Estado blando que los militares, y en especial el Ejército, habían llevado a cabo frente a la crisis política que vivía el país ante el avance del COVID-19 y sus consecuencias económicas y sociales. En parte sustancial de los análisis sobresalía las ganas y satisfacción de que fuese así. Si dudas, hubiese sido un ejercicio de ciencia ficción si poco tiempo atrás imaginábamos a la izquierda de ansiosa y esperanzada en un golpe a cargo de las FFAA brasileñas.

Veamos por lo tanto de manera un poco más fría y detallada lo que pasó y aún sucede. La llegada de este oficial de alto rango se produjo con consejo del general Heleno, el uniformado con el puesto político más importante de Brasil tal como es el GSI o Gabinete de Seguridad Institucional. Una verdadera mano derecha del Presidente, en este caso de Bolsonaro. Junto a él, en el mes de abril ya había 105 militares ocupando puestos de primer, segundo y tercer nivel la estructura de mando del gobierno, comenzado por un hombre clave y un peso pesado del que se habla poco en la Argentina y en la región: el vicepresidente y general Antônio Hamilton Martins Mourão. Asumir que Braga Netto tiene subordinados a su voluntad y mando al mismo Mourão, a Heleno, al Jefe del Ejército, el general Edson Pujol, y a la figura más influyente del sector castrense, tal como es el ex jefe de esta fuerza, el general Villas Boas, es una idea temeraria y poco realista.

La crisis del COVID-19 y otros factores sin duda pusieron en máxima tensión las relaciones entre el Presidente y ministros clave como fueron Moro en Justicia y Seguridad y Mandetta en Salud, y también los vínculos entre el Ejecutivo y los principales gobernadores. Es un país fuertemente federal, en los papeles y en los hechos, a diferencia del nuestro.

Toda esta tormenta, que aun no ha desaparecido, aumentó aún más el ingreso de uniformados. Tal es el caso del general Eduardo Pazuello en el Ministerio de Salud, que convocó a su vez a casi una decena de camaradas de armas para que lo acompañen. En este sentido, las figuras centrales, en actividad o en retiro de Ejército, han puesto en claro su respeto por la Constitución y al mismo tiempo su negativa a ser usados o inducidos a ser propulsores de una crisis política. En su visión de las cosas, el país necesita diálogo y moderación en esta pandemia y para enfrentar las consecuencias sociales y económicas que dejará. El que lo ha puesto de manera más clara y contundente a sido el Vicepresidente. Algunos partidarios, políticos y o intelectuales de izquierda deberían revisar con mayor atención la visión del país y del mundo del Mourão, quien fue pasado a retiro en el 2017 luego de un famoso y duro discurso en donde no dudo en advertirle al poder político que las FFAA no serían simples espectadoras frente a escenarios de caos y corrupción.

Es un implacable crítico de la dirigencia política del PT y de otras agrupaciones que tuvieron decenas de procesamientos en el marco del Lava Jato y otras causas. Hombre de amplia cultura y amante de temas geopolíticos y económicos, fue agregado militar en Venezuela. Tiene una opinión muy negativa y lapidaria de las consecuencia del castrochavismo en ese país y en la región. Es un firme defensor de políticas pro mercados, de privatizaciones, desregulaciones y de fuerte inserción del país en el mundo como las que propone Guedes, el super ministro de Economía de Bolsonaro. Un personaje con una exitosa y larga carrera en el mundo de finanzas, que con su forma activa y avasallante, trae a la memoria a figuras como Domingo Cavallo entre 1991 y 1996.

En materia de política exterior, el Vicepresidente tiende a tener una visión menos ideologizada y más multipolar que Bolsonaro. En sus periódicas conferencias y discursos en diversos ámbitos, Mourão subraya la necesidad de relaciones óptimas tanto con los EEUU como con China así como otros actores de peso como Japón, Alemania, India, Rusia, etcétera. Al momento de hablar de la Argentina, coincide con Bolsonaro en que el giro hacia la izquierda y el estatismo solo traerán problemas macroeconómicos y estancamiento, pero entiende que hay que buscar espacios diálogo sin importar quién gobierne y ni como les vaya.

Asimismo, es firme impulsor de las nuevas tecnologías de las comunicaciones como el 5G y de una mayor digitalización de la burocracia estatal. También un defensor de un proyecto de país basado en el ascenso social y el trabajo formal y no de uno signado por la lógica de asistencialismo y pobrismo propio de sociedades feudales o premodernas. Por más que se escondan bajo lemas de izquierda, progreso y lenguaje pos moderno en materia de género y política. Por lo tanto, un líder militar y ahora político alejado de visiones de ver a las personas como vasallos al cual el Estado todopoderoso decide ayudar o no y si de un país de ciudadanos con derechos y obligaciones.

En otras palabras, si lo de Bolsonaro puede ser visto como un populismo de derecha, con fuerte base religiosa evangélica y caracterizado por un lenguaje de barricas y de golpes de ida y vuelta con sus rivales, en el caso de su Vice es más bien un conservador en lo político, un liberal en lo económico y un realista en materia de Relaciones Internacionales. En diversas ocasiones, especialmente en los primeros meses de gobierno, realizó comentarios y críticas que generaron malestar en el entorno de Bolsonaro. Con el correr de los meses se notó que mejoró sustancialmente la comunicación entre ambos. Como decían nuestros abuelos, los trapos sucios se lavan en casa. A lo que se suma la conciencia que tiene Mourão sobre que, más allá de sus polémicas y formas no convencionales, es Bolsonaro el que ha ganado las elecciones y que pese a todo conserva una dura base electoral en torno al 40 por ciento de los votos. Para alegría de algunos y enojo y furia de otros, es el Presidente el que tiene los votos y el carisma. Ambas cosas no garantizan nada, pero sin ellos todo sería más difícil.


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