El coronavirus y la posición de Estados Unidos en el escenario global

El presidente Donald Trump, aferrado a la bandera de Estados Unidos (REUTERS/Yuri Gripas/File Photo)
El presidente Donald Trump, aferrado a la bandera de Estados Unidos (REUTERS/Yuri Gripas/File Photo)

Ahora que Estados Unidos comienza a salir de su crisis sanitaria, es un buen momento para reflexionar sobre el futuro de la gran potencia. Pero para poder hacerlo, antes debemos comprender el contexto en el que les tocará actuar tanto al país norteamericano como al resto de las naciones.

En las últimas semanas parece haber comenzado a surgir un consenso respecto algunas de las características que tendrá el sistema internacional luego del coronavirus. En un influyente ensayo, el presidente del Consejo de Relaciones Exteriores, Richard Haass, señaló que no viviremos cambios radicales, sino la aceleración de tendencias ya existentes. Por otra parte, el novelista francés Michel Houellebecq predijo que “luego de la cuarentena no se viene un nuevo mundo; será el mismo, pero un poco peor”. Por último, varios economistas de renombre han expresado opiniones similares.

¿Cuáles son algunas de las tendencias que podrían ganar más fuerza? Una de ellas es el incremento del nacionalismo, fenómeno que nos ayuda a entender tanto la llegada al poder de líderes como Donald Trump, Boris Johnson, Vladimir Putin, Jair Bolsonaro y Narendra Modi como la pérdida de influencia que vienen sufriendo instituciones internacionales como la Organización Mundial del Comercio y la Unión Europea. Muchos países simplemente ya no están dispuestos a cederles a estas últimas responsabilidades relacionadas con temas como la seguridad y la inmigración. En el ámbito económico, luego de la crisis del 2008 se observó una baja en el intercambio comercial como en el porcentaje del PBI mundial. Otro fenómeno para destacar es la importancia que las potencias le han dado al dominio de tecnologías con alto valor estratégico, como son la inteligencia artificial y el 5G.

Pero quizás la tendencia más relevante sea la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China. En el caso de Washington, el deseo por contener el ascenso de Beijing como potencia mundial comenzó a notarse durante la presidencia de Barack Obama. Entre otras medidas, la Casa Blanca anunció en aquel entonces el traslado de recursos militares desde Europa y el Medio Oriente hacia Asia y la negociación de un nuevo acuerdo comercial que incluiría a numerosos vecinos de China. Luego de ganar las elecciones, Trump profundizaría el conflicto al adoptar medidas aún más duras.

Es importante señalar que en Estados Unidos existe un amplio consenso respecto a cuál debe ser, a grandes rasgos, su relación con China. Tanto los republicanos como los demócratas y el sector privado parecen haberse resignado a que la potencia asiática no aceptará el sistema internacional promovido por Washington y sus aliados luego de la caída del Muro de Berlín. Hoy, por lo contrario, prevalece una visión más realista que tiende a ver a China más como un competidor que como a un aliado.

¿Esta Estados Unidos preparado para lidiar con este escenario? Por lo pronto, enfrenta una serie de desafíos. El primero tiene que ver con la creciente polarización doméstica. Si bien existen ciertos consensos sobre política exterior, en temas domésticos encontramos una división cada vez más marcada entre conservadores y progresistas, republicanos y demócratas, y nacionalistas y cosmopolitas. Trump es este sentido el producto de estas divisiones y no su causante. Implementar cualquier estrategia de largo plazo en un ambiente tan crispado como el actual resultará sumamente difícil.

E inclusive si Estados Unidos logra desarrollar una estrategia de este tipo, para que esta tenga éxito necesitará, al igual que ocurrió durante la Guerra Fría, destinarle vastos recursos. No sólo en términos militares, sino también mediante la provisión de más fondos para la diplomacia pública y para la implementación de programas de infraestructura que le permitan ganar aliados, como lo viene haciendo China con su iniciativa del Cinturón y la Ruta de la Seda. Lograr esto no va a resultar fácil cuando los demócratas demandan mayor gasto doméstico (brindando cobertura médica a todos los ciudadanos) y los republicanos quieren bajar (o al menos no subir) impuestos.

Pero a pesar de estos desafíos, el poderío de Estados Unidos sigue siendo enorme. A sus fuerzas armadas (las más poderosos del planeta) y su inagotable capacidad para innovar (las empresas como Apple y Google siguen surgiendo allí) debemos sumarle una serie de instrumentos más sutiles pero igualmente importantes.

Entre estos se encuentra el control que Estados Unidos ejerce sobre el sistema financiero internacional, algo que le resulta sumamente útil a la hora de penalizar a individuos y economías. El dólar sigue siendo asimismo la moneda de reserva mundial, lo cual no sólo le permite endeudarse a tasas convenientes sino también brindarle asistencia (o castigar) a otros Estados. Otro de sus activos es la capacidad para influir sobre las poblaciones y las clases dirigentes de otras naciones. Este tipo de poder, al cual el internacionalista Joseph Nye denomina “poder blando”, se explica por el atractivo que las instituciones, la economía y la cultura estadounidense despiertan en gran parte del mundo. Pensemos si no en la capacidad que en su momento tuvieron los grandes estudios de Hollywood y la que ahora tiene Netflix para comunicar una determinada visión del mundo.

No debemos por lo tanto descartar la posibilidad que, al igual que ocurrió durante el siglo XX, el siglo XXI sea definido por la primacía de Estados Unidos.

El autor es secretario general del CARI y global fellow del Wilson Center.


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